e n c u e n t r o

El hombre está sentado en la boca de una galería limpia pero miserable, una de esas que se construían a finales de los ochenta como artificio de la modernidad. Lo veo desde la otra acera, apoyado en un canalón y jugando a mover mis dedos sobre un volumen gastado y sucio, medio roto, de Crimen y castigo, y entre los coches, vislumbro sus movimientos, la gente que pasa y no le mira. Tiene el rostro vagamente cetrino, gris, las mejillas caídas como si no hubiese nada que las sostuviese. Lleva puesta una chaqueta granate, muy vieja, y por debajo un jersey azul marino, unos pantalones gruesos y de color verde, está acariciándose las manos mirando las baldosas gastadas de la acera y los pies que pasan. A veces, se pasa la lengua por los labios y alza la mirada con sus ojos transparentes, mirando el aire sin verlo. Cruzo entre dos coches y le miro desde más cerca, como atraído por un imán. Hay un cartel a sus pies, donde una letra trémula escribió: Soy ciego. Necesito ayuda, de verdad. Gracias. Me recorre un escalofrío de compasión estéril, y miro el cielo. Está empezando a llover tras varias semanas de sequía. Es una tormenta. A mis espaldas, los coches ronronean y la gente abre sus paraguas y los que no tienen, la mayoría, echan a correr tapándose con las manos o simplemente se dejan empapar. Me arrimo a la boca de la galería, y el ciego gira la cabeza cuando paso por delante, como si hubiese visto mi sombra. Me quedo apoyado a su lado, escuchando el tamborileo de la lluvia inundando el aire, cada vez más intenso.

Ya sabía yo que iba a llover, dice el ciego con una voz sorprendentemente suave, como de terciopelo. Se olía en el aire.

Ya, respondo yo, por no quedarme callado e incómodo por la ceguera del hombre. Como si fuese culpa mía, una sensación absurda.

Si llueve, ni una moneda, dice pasándose las manos por la amplia frente carcomida por una calvicie galopante.

No llevo nada suelto, pienso, pero no digo nada.

No lo decía para que me echases nada, que conste, dice él.

Reprimo una disculpa inútil. Su mirada transparente, dirigida hacia mí, es inquietante. Siempre me he preguntado cómo es no ver, cómo es perder la vista. Qué se siente.

Suspiro. Está lloviendo cada vez más fuerte, las gotas de agua salpican los escaparates y la gente se mete en las cafeterías de la calle principal. Incluso los captadores de las ONG escapan y se protegen bajo las cornisas. La luz del sol está atrapada en el aire, entre la lluvia, y resplandece en plata. Es una tormenta de verano, y sigue haciendo calor. Soy capaz de ver la polución del aire cayendo al suelo y formando una espuma gris tóxica. No amaina, sino todo lo contrario, así que acabo por sentarme al lado del ciego, dejando un espacio para que pase la gente, pero nadie pasa, la galería está abso-lutamente muerta. Está empezando a oler de esa forma tan particular, un aroma extraño que emana de la tierra después de semanas sin que llueva. Leí una vez que lo que huele son unas partículas llamadas geosminas.

Lo que más echo de menos es leer, dice el hombre. Es otro soñador decepcionado de la vida, pienso. Y con razón. Otro ser al que la vida moderna ha convertido en una pieza inservible dentro de un sistema infecto, un mecanismo podrido que aún a pesar de todo sigue moviéndose.

Yo te leo, digo, aunque no me gusta leer ni que me lean y creo que mi voz es demasiado grave y fea, y que leo demasiado rápido.

¿Llevas un libro encima?, pregunta el ciego. Como si le resultase sorprendente.

Sí, respondo. Voy a decir que es Crimen y castigo, pero él se me adelanta.

No me digas que es la Biblia, y tras hacer una pausa, añade: Yo no creo en dios, no creía antes y no creo ahora.

Me quedo callado un momento, asiento sin darme cuenta que no puede verme. Es Crimen y castigo, le digo.

La verdad es que la literatura rusa nunca me ha gustado mucho, dice, pero esta tarde está finiquitada, y no me esperan a cenar en ninguna parte. Se queda callado un momento, medio sonríe como recordando algo. Léeme un fragmento, venga.

¿Empiezo por el principio?, pregunto.

No, no. La leí dos veces, así que puedes seguir por donde vayas.

Vale, respondo. La tormenta va amainando pero no deja de llover sobre la ciudad, en donde nada para y todo siempre está sumido en un movimiento improductivo.

¿Donde he leído -pensó Raskólnikov prosiguiendo su camino-, dónde he leído lo que decía o pensaba un condenado a muerte una hora antes de que lo ejecutaran? Que si debiera vivir en algún sitio elevado, encima de una roca, en una superficie tan pequeña que sólo ofreciera espacio para colocar los pies, y en torno se abrieran el abismo, el océano, tinieblas eternas, eterna soledad y tormenta; si debiera permanecer en el espacio de una vara durante toda la vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir así que morir. ¡Vivir, como quiera que fuese, pero vivir!

El ciego se echa a reír, grandes carcajadas mientras la lluvia para.

Muy adecuado, dice.

Yo cierro el libro y miro el nuevo aire que se mueve delante de mí.

Ernesto Diéguez Casal

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