Cuando lees a un desconocido y es una pasada (Perder ciudades, de Hilario J. Rodríguez)

Esta misma semana hablaba de un clásico que me había decepcionado (El guardián entre el centeno, de J. D. Sallinger). Como aprendiz de escritor, mi dieta literaria suele estar compuesta de grandes clásicos, estén sus autores muertos o no, pero también de esporádicas y sorprendentes apariciones. Así me ha pasado, por poner tres ejemplos, con La velocidad de la luz, de J. Cercas, Dejad de lloriquear, de M. Haaf, o con La mujer es una isla, de A. A. Olafsdottir. Interrupciones inesperadas y deliciosas, que me demuestran que hay vida más allá de los clásicos y que, y que nadie se rasgue las vestiduras, hoy se escribe tan bien como ayer, y que autores medianamente conocidos pueden tener tanta magia en sus dedos como Proust, Flaubert o García Márquez (ya lo he dicho).

En esta ocasión, me ha pasado con un librito que llegó a mis manos de forma casual, comprado en un impulso: Perder ciudades. Dos viajes en el Siglo XXI, de Hilario J. Rodríguez (Newcastle Ediciones). Fue ver su cuidada edición en un enlace de facebook, y lanzarme a por él.

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En sus apenas ochenta hojas, se destila con soberbia un aroma a viaje y también a melancolía, esa perra que nos ataca cuando menos lo esperamos, o que, directamente, convive con nosotros como si fuésemos pareja de hecho. Hojas pobladas de imágenes y de relatos a veces tan escasos que incitan preguntas, o más bien, la gran pregunta: ¿y qué más hay? Yendo del pasado al presente sin florituras de prosa, Hilario J. Rodríguez nos lleva por África (llegando a conclusiones similares a las que yo mismo tuve cuando pisé Marruecos) y por Rusia, explorando el Exterior pero también el Interior. Los viajes siempre tienen dos caras, que al fin y al cabo, son la misma.

“Allí donde usted nada, su hija se ahoga”, dice que le contó Jung a Joyce acerca de su hija. Tirando de citas, también hay un Wittgenstein que susurra aquello de que “Los límites del mundo son los límites de mi lenguaje”. Quizá por eso me gusta la literatura de viajes, y me identifico tan rápidamente con ella.

Si de algo te quedan ganas al consumir las hojas del libro es de que el autor se materialice ante ti para seguir explicando, para seguir contando, y cuando eso ocurre, significa que indefectiblemente ha conseguido que piques su anzuelo, ese que, según decía Cortázar, une a creador y a lector y que es, en última instancia, lo único para lo que existen las historias. Para unir.

Aunque viajar sea algo atroz, como decía Pavese.

Por cierto, no hay erratas. La edición es cuidada y bonita, como las cosas hechas con esmero y dedicación.

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