enfermera, enfermera

Miro a los eucaliptos moverse a través de la ventana. El viento va y viene y juega con ellos igual que los hermanos mayores juegan con los pequeños, rozando la frontera entre la diversión y el daño. En el pasillo las enfermeras también van y vienen, como el viento. Es media mañana y el doctor ya ha pasado consulta, dejándoles un montón de tareas que han de cumplir para perpetuar la eterna e inútil batalla contra la muerte. Mi padre las llamaba, a las enfermeras, obreras de la sanidad.

Enfermera, enfermera, le dijo a una que acaba de pasar por delante de mi puerta, pero no me ha escuchado y pasa de largo.

Me aburro mucho en el hospital. Morirse, si no es de una forma súbita, resulta atroz y tedioso. Una vez aceptado el sufrimiento, el dolor, el resto es puro aburrimiento, una larga espera o una larga marcha, dependiendo desde qué lado se mire. El rectángulo de la ventana muestra un cuadro invariable: copas de eucaliptos rompiendo el cielo que a veces es azul prístino y a veces un cúmulo de capas de nubes superpuestas unas sobre otras como si hubiese alguien tras ellas pasando frío. Excluyendo la ventana, en mi habitación no hay más que monitores y aparatos que no comprendo, sondas que entran y salen de mi cuerpo, pitidos y zumbidos, y mi propio cuerpo espatarrado sobre la cama. No hay nada que hacer más que esperar y mirar, en críticos no hay televisión ni te dejan tener el móvil. Si al menos estuviese en planta… pero estoy en las últimas (más bien en las penúltimas), y no hay más distracciones que el ir y venir de personal médico, repentinas urgencias que animan ligeramente la atmósfera, alguna que otra defunción, los siempre excitantes ingresos, sonidos incomprensibles.

Hay una enfermera de la que estoy enamorado como si fuera un adolescente. Ya sé que cuando uno se muere se supone que no piensa en estas cosas, en el amor (más que de un modo abstracto y trascendente) o en el sexo. Se suponen muchas cosas, pero ante la certeza de la muerte, al contrario de lo esperado, pienso más en el amor y en el sexo que antes. Me gustaría echar un buen polvo antes de que sobre mi cuerpo crezca la hierba, pero es poco probable que esa enfermera, Lila, o cualquier otra, responda a mi llamada secreta. No es que Lila sea especial per se, el motivo de mi tonto enamoramiento es que me recuerda a otra enfermera que conocí muchos años atrás, cuando era mi padre y no yo el que se moría. Eran otros tiempos, aunque los tiempos siempre sean los mismos y morirse también. Esa muerte a la que veo observar el paso de las estaciones humanas con indiferencia cósmica.

De aquella enfermera nunca llegué a saber el nombre. Por entonces, tenía poco más de treinta años y acababa de entrar en contacto con el mundo de los hospitales y esa parte de la vida humana que consiste en ver morir a tus parientes de generaciones anteriores. Sucesos traumáticos pero que, siendo sincero, no tenían más efecto en mí que el de un desasosiego. Creo que soy bastante flemático para todo lo que no me atañe a mí mismo y a mi propio sufrimiento, así que siempre me he tomado las grandes tragedias de la vida con una calma algo insensible. Y observando mucho, pues observar cuidadosamente, con curiosidad, me ha ayudado a sublimar la realidad a medida que iba llegando a mí. De modo que mientras mi padre se moría, lo que yo hacía era observar sin siquiera tratar de consolar lo inconsolable. Observaba, y fue así como me fijé en aquella enfermera, a la que por un brillo nostálgico de la infancia llamé Marta.

La primera vez que vi a Marta fue en las horas posteriores a una de las numerosas operaciones que sufrió mi padre. Creo que la habían derivado de otra sección del hospital, no sé, en todo caso parecía algo perdida cuando llegó, y le adjudicaron a mi padre y otros dos críticos como única tarea. Lo recuerdo como si fuese hoy. Marta. Entró en la habitación mientras yo me apoyaba en un panel de cristal, estirándome tras un par de horas sentado en el sillón, y empezó a controlar el estado de las sondas, de los vendajes, las constantes vitales en los monitores, goteros, toda esa maquinaria médica que convertía a mi padre en una entidad biónica que luchaba contra la entropía. Ella se movía y yo la miraba. Su pelo era color caoba, o ébano, no sé, un delicioso tono amarronado que destellaba bajo la luz blanca y que llevaba recogido con dos palillos de sushi, algún mechón liso pero rebelde que caía hacia su rostro. Detecté de inmediato su sensualidad pura, no sabría definirla, pero lo supe. Marta llevaba las gafas medio caídas, como si estuviese observando algo muy lejano, y su rostro despedía, no sé por qué, un aire entre irónico y secreto, como si ella supiese algo que los demás desconocíamos y éramos incapaces de descubrir. Al mostrar su media sonrisa, se dibujaban en su cara dos finas arrugas que caían desde las aletas de su nariz hacia la comisura de los labios. No llevaba pendientes ni collares ni anillos ni pulseras, sólo un hortera reloj rosa al final de unos brazos fuertes. Se movía con una cualidad plástica, calmada sobre sus crocs verdes, y daba una impresión de robustez, de tener la espalda de un nadador, aunque su cuerpo fuese escuálido. Mi mirada se deslizó descarada por su cuerpo como la luz de un faro. Ser un hijo doliente te da derecho a muchas cosas, arguyendo siempre la excusa de la pena por delante de tus acciones. Estoy seguro de que ella sabía que la miraba. El pijama que llevaba era viejo y su blanco había perdido opacidad, regalaba transparencias medio veladas y que se transformaban con sus movimientos y el impacto de la luz. Su sujetador era negro, sus pechos pequeños, lo podía ver a través de las mangas de su pijama cuando se estiraba para colocar bien la bolsa de suero. Los anchos pantalones ocultaban una braga brasileña, también negra. Creo que fue con las transparencias cuando empecé a transpirar. Recuerdo que me senté, pero seguí mirándola. En una de las perneras de su pantalón, la derecha creo recordar, asomaba una chapa cutre en la que se leía I ♥ UCI. Sobre su pecho, en un bolsillito, un bolígrafo y una nota doblada e ilegible. Era de una belleza peculiar, la forma de moverse, de medio sonreír, el poso de la madurez que le daban sus cuarenta y muchos. Nunca le pregunté su edad, pero supongo que tendría entre cuarenta y cinco y cincuenta. Digamos cuarenta y siete, por poner un punto medio.

Me gustaría decir que ese día, mientras mi padre yacía aturdido por la sedación, Marta y yo empezamos un sutil cortejo que terminó con nosotros dos echando un polvo asombroso en el cuarto de las mantas, pero estaría dejándome llevar por la fantasía. Yo tenía apenas treinta años, y las mujeres que tenían la edad de Marta me resultaban turbadoras. Inseguro de mí mismo, siempre había sido incapaz de aprovecharme de las canas que punteaban mi barba rala o de mis ojos achinados y simpáticos o de mis movimientos calmados pero enérgicos. Marta y yo solamente intercambiábamos holas y brevísimos comentarios acerca de la salud de mi padre, pero con el paso de los días, se generó entre nosotros una suerte de confianza silenciosa que se materializaba en forma de sonrisas, efímeras caricias en un hombro, en un brazo, palabras un poco más amables cuando la situación de mi padre se volvía crítica. Su voz era arrastrada y calmada, como la voz que tendría una escena invernal en la que alguien paladea un té y unas galletas mientras observa el paisaje nevado. Los días en los hospitales siempre siempre son eternos, pero las noches son otra tela mucho más difícil de cortar. Llegó un momento en que mi padre estaba tan grave que yo permanecía las veinticuatro horas del día a su lado esperando el momento de su muerte, lo cual era una idiotez pues mi padre hacía años que había muerto de facto, y ahora era poco más que un cuerpo sedado e inerte que ni conocía ni interaccionaba ni nada. Como he dicho, era simplemente una espera cansada y larga.

Una de esas noches eternas, me levanté de madrugada para ir a buscar un café a la máquina, incapaz de concentrarme en la lectura, que ahora lo recuerdo, era el volumen III de En busca del tiempo perdido (los dos primeros los había leído durante las eternas sesiones de quimioterapia). Marta estaba en el mostrador de esa sección de críticos, dibujando espirales sobre una libretita de notas, algo tan infantil que a mí me hizo sonreír, y fue precisamente con mi sonrisa que ella alzó la mirada y me sonrió también, bajándose ligeramente las gafas como para verme bien. Me ofrecí a traerle un café, y ella me respondió un Espera, te acompaño. En realidad, casi no hablamos de nada. Rodeando la máquina de café, nos agarramos a los vasos de plástico tan caliente y soplamos sobre ellos, intercambiando suspiros y alguna que otra frase insustancial, casi una típica conversación de ascensor. Yo me movía con torpeza y ella parecía disfrutar de esa torpeza, alargaba los silencios para seducirme, esperando mi gesto definitivo, el que yo no sabía hacer por imbécil. Era un impasse absurdo entre dos incapacidades, la de Marta para percibir que yo ya estaba seducido, y la mía para dar un paso al frente diciendo, Aquí estoy. Marta, Marta. A medida que el café se enfriaba, su intento de seducción dio paso a un vago interrogatorio sobre a qué me dedicaba, qué hacía en mi vida, cuáles eran mis gustos, al que yo respondí con frases cortas e inconexas, casi avergonzadas. No devolví su curiosidad, en el fondo no quería averiguar que estaba casada o que tenía algún hijo de mi edad o que su vida era menos interesante de lo que yo era capaz de imaginarme. Cuando terminamos el café, regresamos a la sala de críticos, ella a su mostrador y yo a mi butaca, separados por un espacio minúsculo que se había convertido en desierto. Me quedé dormido en algún momento, rozando el amanecer, y para cuando desperté ya era por la mañana y Marta no estaba, había sido sustituida por una compañera a la que odié por el único motivo de que no era Marta. En el bolsillo de mi camisa encontré una notita en la que figuraba un número de teléfono, y que no podía haber escrito nadie más que Marta. Aunque no hubiera firmado.

Esa misma mañana, mi padre murió a causa de la consabida parada cardiorrespiratoria. Fue un alivio para él, no hay duda al respecto, pero mucho más para mí, aunque después del deceso hube de lidiar con los eternos trámites de defunción: papeleo, bancos, tanatorio, cementerio, mil llamadas. Resulta que aunque morirse es un hecho crucial de la vida de una persona, para los que la rodean, esa misma muerte representa un trámite agotador. Mientras yo cumplía con esa miseria burocrática, la notita que Marta adoleció en esa camisa sucia que terminó por irse a la lavadora sin que pudiese hacer nada para evitarlo. El número desapareció para siempre. Es muy cierto que podría haberla buscado, forzar un encuentro, quizá mantener un fugaz romance con ella o, quién sabe, enamorarme locamente y acunarme en su pecho de madre sustituta durante el resto de nuestras vidas. Pero no hice nada de eso, el aturdimiento por la muerte de mi padre se sumó a mi torpeza, y aquel número perdido fue el fin de aquella historia. Jamás volví al hospital porque ya no tenía más parientes que necesitasen de mi presencia allí. Fin.

La oportunidad surgió y se fue, y por mucho que pula la fantasía para que se genere una perla de placer, esa fantasía siempre adolecerá de lo mismo, de la intuición de que la realidad habría sido mucho mejor, mucho más extraordinaria.

Afuera se agitan los eucaliptos, y Lila pasa por delante de la puerta otra vez.

Enfermera, enfermera, le digo con mi voz débil, y ella me sonríe y se para. Sí que se parecen. De hecho, Lila podría ser su hija, ahora ella tiene la misma edad que tendría su supuesta madre por entonces, las mismas gafas medio caídas, la misma forma de moverse.

Dígame, Enrique, me responde ella, apoyándose en el marco de la puerta.

Siéntese un rato conmigo, le digo. Me gustaría contarle una historia.

Lo que no se intenta, desaparece. Y lo que no se cuenta también, y dado que estoy a punto de morirme, no tengo mucho tiempo que perder.

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