Tanta potentia formae est (La Grande Bellezza, de Sorrentino)

Nunca he escrito sobre cine, esta es la primera vez. Quizá por eso he titulado el texto en latín, por mera inexperiencia. Suena The beatitudes, que Kronos Quartet toca en La Grande Bellezza, de P Sorrentino, una melodía que me provoca un largo escalofrío, uno de esos que parece que no se van a terminar nunca. La preocupación por mi inexperiencia se calma con la certeza de que todos los seres humanos somos sensibles y sabemos emocionarnos, y que maloserá que no salga algo de aquí. Porque el cine es una artistada hecha, como todas las creaciones del ser humano, para maravillar, para emocionar, para asombrarnos, y a mí, La Grande Bellezza, me ha conmovido. Y aunque vaya a ciegas, voy.

Emocionarse.

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He visto la película dos veces y en dos momentos muy diferentes de mi vida, entre ambos casi un año de separación. La primera en Islandia, viviendo en medio del asombro constante de una tierra negra pero de luz, siguiendo recomendaciones ajenas, y recuerdo que la empecé con cierta sensación de tedio pero que terminó dejándome el poso de una gran obra, y el arrepentimiento de no haberle prestado toda la atención que se merecía. La segunda fue hace unos días en la oscura y tristona Galicia, muy muy lejos de los fiordos y del musgo, después de que mi espíritu me hubiese estado empujando hacia la película durante unas semanas, como si su belleza fuese un imán y yo una esquirla de hierro perdida. Y la disfruté más, mucho más. Creo que me ha pasado como a Boyero, al que daré la razón por una vez, y el cual en su crítica dice que su opinión cambió entre la primera y la segunda vez, y que las películas cambian dependiendo de nuestro estado. Quizá, pienso yo, es porque nosotros cambiamos el arte que recibimos al hacerlo nuestro. Cortázar pensaba parecido.

Como ya he dicho, no suelo estar de acuerdo con Boyero, no le considero crítico de cine, me parece demasiado creativo para serlo, cuando le leo siempre me parece que no habla más que de sí mismo usando cualquier película como excusa. A mí me gustan más Javier Ocaña o Jorde Costa, me fío de ellos, son como un par de amigos que sé que no me traicionarán. Este es un detalle intrascendente, porque en el caso de La Grande Bellezza, la inmensa mayoría de las críticas van en la misma dirección, la de una obra maestra.

Todas las películas tienen un protagonista, y en este caso cualquiera diría que es Gambardella, disputándole el puesto, eso sí, a una Roma en perpetua autodestrucción. Quizá Gambardella no sea más que una extremidad móvil de la urbe milenaria. De lo que estoy seguro es de que ese noctámbulo vividor y cínico encarna algo. Fumador y alcohólico, y no sabría explicar por qué, entrañable y conmovedor. Me pregunto qué se sentirá al crear un personaje así de complejo, seguramente pura maravilla. Un ser caprichoso pero coherente consigo mismo, decadente y de una transparencia que huye de esta tendencia moderna a quedar bien siempre con todo el mundo, a lo políticamente correcto, a la insustancia. Un snob, un creído, pero también un melancólico de esa perla que todos perdemos al abandonar la infancia, el tipo de melancolía de la que nadie se recupera nunca.

Roma no ayuda, ¿cómo va ayudar? Roma surgiendo en una hipnótica sucesión de escenas, algunas silenciosas, otras acompañadas únicamente por melodías inextricablemente unidas a su escena (¡qué banda sonora!): calles adoquinadas vacías y recubiertas de una pátina de rocío; siglos de historia en estatuas incompletas, cuadros de viejos monarcas olvidados, ruinas por todas partes, todas mirando la nueva vida romana con gastado asombro; canales y riadas de turistas, locales de striptease y bacanales increíbles. Me sale decir que creo que Gambardella y Roma son la misma cosa expresada de dos formas diferentes.

Una de las grandes virtudes de la película de Sorrentino es que seduce. El director italiano te seduce, te gana, te lleva a su terreno, y en él te folla vivo para luego, por cierto, quedarse un ratito contigo en la cama, compartiendo un pitillo.

Un servidor, negacionista de las grandes ciudades, y especialmente de París y de Roma, ha de retractarse en público. Siempre he odiado su grandilocuencia, su fasto, la primera por ser altar al romanticismo más patriarcal y tedioso, a la segunda por estar repleta de iglesias y de curas y de italianos y de turistas. Lo sé, la ignorancia todo lo puede. Con la capital de Francia, me pasó que Cortázar y su Rayuela me enseñaron una ciudad diferente que ahora ansío visitar, persiguiendo su espíritu y sus seseos. Y ha sido Sorrentino, con su creación, quien me ha hecho enamorarme de una Roma que me atrae, decadente y sucia, visceral y humana, estéril tras el paso de tantos siglos, una ciudad a la que me gustaría entrar con una copa de Martini y tratando de sentirme Gambardella por un segundo.

En algún sitio leí que todas las películas tienen un héroe y un enemigo. El bueno y el malo. Menuda tontería. En La Grande Bellezza, mi glorificado Gambardella encarnaría ambos papeles, el de víctima y verdugo, igual que Roma, que mata pero también da vida. Intento, vanamente, averiguar qué es exactamente lo que esconde el protagonista para atraerme tanto, yo que tiendo a lo políticamente correcto, a pacificar los espacios y no generar tensiones, y que desprecio a los snobs y a la jet set, no por envidia sino por coraje. Quizá es precisamente esa habilidad de mostrar lo indigno lo que tanto me gusta. La habilidad de machacar los aires pretenciosos de una progre, el descarado desprecio a una artista conceptual e impostora, esa máxima no escondida de que ya no quiere hacer cosas que no quiera hacer, su risa de honestidad hiriente. Porque Gambardella es un cínico y se ríe de todo, pero detrás del sonido estentóreo de su risa, hay una pena insuperada que le arrasa.

Quizá me repita al decir que algunas escenas son inabarcables e indescriptibles, sublimes, y que en muchas de ellas se huele Roma, se huele lo aparente y lo sincero, el recuerdo y la tragedia, la bipolaridad humana, la fascinación por los espacios de demolición interna, mi Santa Entropía, se huele también el destino que siempre es el mismo, el poder y una sociedad descompuesta ya no sólo en Roma o en Italia, sino en todo el Sur de Europa. Las dos caras de la vida se reflejan en todas y cada una de las escenas, pero queda perfectamente irradiada en la contraposición entre un cardenal decrépito y vividor, que no puede hablar de otra cosa más que de comida, y una santateresa que es el vivo reflejo del ascetismo y lo espiritual, que come raíces y apenas habla, y que en un amanecer glorioso despide a una bandada de flamencos que convierten a Roma y su Coliseo en la capital del realismo mágico.

Leo “Ridiculiza o denuncia los aspectos más hipócritas de la sociedad en la que viven a la par que lucha por revitalizar y no perder los logros que tantos siglos han aportado”. Desde luego, la película ha generado enfervorizadas y casi sangrientas discusiones en los foros de alto cine, entre críticos de postín y en los festivales de medio mundo. ¿Obra genial? ¿Obra insoportable? ¿Qué importa? Todas las genialidades son insoportables en cierta medida, que se lo digan a los valientes lectores de En busca del tiempo perdido o del Ulises. ¿Obra maestra, o sopor? ¿Acaso hay diferencia?

No, yo no puedo ir por esos derroteros, no soy crítico y no entiendo de posmodernismos, de planos o de fotografía de cine, jamás he visto La Dolce Vita para compararla con La Grande Bellezza, y sinceramente, Fellini me suena a un tipo de tagliatella (ya he dicho que la ignorancia es valiente). Lo mío es otra cosa. Lo mío es Gambardella. Sobre todo porque Gambardella, aunque no lo parezca, es humano, y el momento en que se demuestra su humanidad es, precisamente, cuando se derrumba sobre sí mismo. No con la muerte de su amante, vital y africana en sus rasgos, ni tampoco ante la perspectiva de su propia muerte o de la figurada muerte de Roma, encarnada en la forma de amigos que se van. No, se derrumba cuando un joven perturbado y amante de Proust (casualidad, ¡lo juro!), termina matándose por ser incapaz de soportar la realidad, es en ese momento en el que Gambardella se derrumba, y sus lágrimas fluyen por todas las calles de Roma, que desfilan por sus ojos siempre igual de ruinosas pero invariablemente más eternas que su miserable vida de escritor ya no fracasado, sino de potencial truncado.

Trabajar cansa, es mejor recorrer las calles, beber y gritar y follar. ¿Qué se esconde detrás de la película?

Obvio que la belleza, pero, ¿realmente es la belleza? Que la película es bella nadie lo puede dudar. Pero, ¿va de lo bello, de lo bestia? ¿O no tratará del paso del tiempo y de la muerte, como todas las creaciones humanas? ¿O no tratará de que nada existe y de que todo es un pálido reflejo sobre el escenario de nuestras vidas? ¿Es todo una ilusión asombrosa, como la de esos flamencos acampados en una terraza humana justo antes de emprender su migración? ¿O como la de ese par de enamorados bajo la luz de la Luna en algún momento de la historia? ¿O no tratará, quizá, de que todos ansiamos un amanecer más, siempre uno más? ¿Cuánto de real puede haber en nuestra realidad?

***

Conste en acta que avisé que no soy crítico de cine y que no había escrito antes sobre ninguna película. Probablemente esta sea la crítica más catastrófica que haya sido escrita, pero de falta de honestidad (e intensidad) no se la puede acusar.

La vida siempre es bella, y La Grande Bellezza es una lección que todos deberíamos aceptar aunque no la entendamos del todo.

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2 comentarios en “Tanta potentia formae est (La Grande Bellezza, de Sorrentino)

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