Cien mil (o la nostalgia)

Te acabas de despertar, y abres los ojos, quizá un par de veces hasta enfocar bien, un escalofrío, la ventana está abierta, amanece. Acaba de empezar la cuenta (que en realidad, nunca terminó), es una cuenta atrás o adelante, tú eliges. La cuestión es que a partir de este momento, tú corazón latirá cien mil veces en veinticuatro horas. Impresiona, ¿eh? Al menos a mí sí, y lo que más, que esos cien mil latidos sean diferentes. Es asombroso: efímeros, cambiantes, únicos.

¿Estás listo para asumir que no volverás a sentir jamás ninguno de esos cien mil? No me refiero a que tu corazón pueda pararse y que un latido determinado sea el último, eso es de una obviedad aplastante, sino a que cada uno de esos quizá ahora ya noventa y nueve mil novecientos latidos son absolutamente únicos, y una vez pasan, jamás vuelven.

Asumo que quizá no seas de los que se dejan impresionar por cifras así. En ese caso, quizá materializarlas sirva de algo. Si hablo de cien mil euros, y lo que tardas en ahorrarlos, o siquiera en ganarlos, te dé una dimensión de la magnitud de la cifra. O quizá, con colores. ¿Cuántos conoces? Las pantallas usan millones de ellos, pero tú, ¿a cuántos puedes nombrar? ¿Veinte, cien? Quizá trabajes en una tienda de bricolaje, o seas pintor, y conozcas alguno más. ¿Doscientos, mil? Estoy seguro de que ahora cien mil parece una cifra mucho más asombrosa.

Mientras he escrito estos tres párrafos de nada, han transcurrido muchos latidos por mi pecho. Me gusta la idea de que cada palabra se lleve uno. O que cada segundo de la música que escucho se los lleve, como el viento arrastrando hojas, llámame romántico. Se trata de una sucesión tan implacable y única que no deja de impresionarme.

Todo esto acerca de los latidos viene a cuento de la cifra en sí, que leí en alguna parte, pero también de su cualidad efímera, y de que en estos tiempos el ser humano viva en una vorágine inconsciente y creadora de nostalgia. Quizá no podemos enfrentar realmente ese estrés incesante, el modo autómata con el que nos conducimos por la vida, y la nostalgia que nos ataca a cualquier hora y en cualquier sitio y nos hace sentir melancólicos de algo que no tenemos, pero que algún día tuvimos. En cualquier caso, yo soy piscis, un melancólico empedernido, así que sé de lo que hablo. En Occidente, miramos el mundo desde la nostalgia. Incluso usamos filtros para que nuestras fotos luzcan inmediatamente antiguas, inmediatamente lejanas.

La nostalgia no es precisamente una de esas palabras que han ido rodando por la historia de la Humanidad desde que alumbramos sobre la Tierra. Muy al contrario, el término fue acuñado por un tal Johannes Hofer en el S. XVIII, me imagino que sin que pudiese suponer que inventaba la palabra perfecta para algo que todos sentimos y que resulta complicado de definir con palabras:

 

Nostos, regreso; algos, dolor. Anhelo por un momento pasado

Algo que te arrasa y te deja hecho polvo: olvidas el presente, olvidas esos cien mil latidos de los que hablaba, y muchos millones más, cambiándolos por el recuerdo de otros, como una ola de mar que rompe sobre la orilla y jamás se repite, caes en la nostalgia sin importar si habitas un día gris plomizo o si contemplas el atardecer más increíble de la historia. Porque la nostalgia no entiende de atardeceres, escapa a la racionalidad (en el fondo, todo lo que merece la pena escapa al raciocinio). ¿Existe la huida? Hay quien dice que disfrutarla es la única manera de erosionarla, como quien mueve una onza de chocolate en la boca hasta disolverla, incluso si se trata del más negro y amargo de los chocolates. En mi experiencia personal, he de aportar que también escribirla ayuda, acariciar las viejas ideas, las historias, la memoria, moldearlo todo y volcarlo en una página en blanco. Sea o no una obra maestra, ¿qué más da?, ahí se queda. Por cierto que es mejor que te guardes de la compañía, la nostalgia es contagiosa, una pura infección que traspasa obras de arte, cuerpos e incluso al mismo plomo, disparándose en las habitaciones de una casa abandonada hace años, ante fotos cuarteadas por el paso de las estaciones, con las canciones tocadas con unos acordes particulares, libros de hojas amarilleadas, incluso con falsas ideas que inundan tu cerebro, como rías apagándose, papeles de caramelo que cobran vida y te miran desde la papelera donde los has abandonado, implorando una segunda oportunidad.

Me parece insólito que pasasen tantos siglos sin que nadie acuñase una palabra tan perfecta para algo que el corazón humano lleva sintiendo desde incluso antes de ser conscientes de nosotros mismos. Hum, otra vez el corazón y sus latidos, y la nostalgia prendida en ellos. Llegó Hofer y encontró la forma exacta, perfecta, del mismo modo que alguien, un día, decidió qué era un segundo y cuánto duraba, y que, de hecho, los segundos existían. A veces, las cosas pasan a existir solamente cuando son nombradas. El albor del lenguaje.

Nostalgia, cien mil latidos. ¿Cuántos han pasado mientras leías este texto, cuántos mientras yo lo escribía? ¿Te dejarás ahora a la nostalgia? ¿O te centrarás en vivir cada latido como el episodio único y fenomenal que es? Mi consejo es: olvídate de mí y de la nostalgia, sal y da un gran salto, por ridículo que resulte, funde tus latidos y esfuérzate en vivir las experiencias que te están esperando, ten en cuenta que cuando estés de vuelta la nostalgia estará ahí si la necesitas. Esperándote.

Anuncios

Un comentario en “Cien mil (o la nostalgia)

  1. Pingback: Resiliencia | aullando

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s