ÁFRICA

El tren nocturno a Madrid sale aún a las 10. Antes, por pasar el tiempo, subo al parque del Pedroso, aún en Compostela, aún con luz, y allí me encuentro con Estrella Campos, que mira desde la distancia como Cesárea Tinajero, tirada entre los carballos, se folla sin dulzura (pero no sin amor) a la Maga de Cortázar. Yo me quedo con Estrella, obnubilado por el acto: somos dos figuras con sombra y que observan aquel monumento al surrealismo y a la fantasía.

Esto no tiene nada que ver con África, pero, ¿os pensabais que los escritores están a lo que están? De eso nada, nuestra mente corre y baila y jamás se queda quieta. Algún día escribiré la fantabulosa Historia de Estrella Campos, y no puedo evitar que cualquier otra cosa que escriba se impregne de la tinta de esa historia, que es más grande que yo. Cosas de musas, si es que Estrella es una musa, y no ella la escritora y yo el personaje.

En fin, los dos vemos a la Maga mirando hacia París con los ojos llenos de lágrimas, y también vemos que Cesárea no mira nada. En un momento dado, me doy cuenta que Estrella se mira solamente a sí misma, y yo, con el rabillo del ojo, intento mirar hacia el Sur y creo ver ya las llanuras desérticas de África, Marruecos.

Pero aún faltan más de veinticuatro horas para estar allí.

Marrakech 025

Al volar con los restos de la última cerveza corriéndome por las venas, pienso poco en el miedo de alzarme sobre la tierra, como hago de costumbre cada vez que vuelo. Todo lo contrario, pienso en África o, más bien, en ÁFRICA. Porque ÁFRICA se escribe con mayúsculas. Es la primera vez en mi vida que, provinciano de mí, salgo de Europa, y digo yo que en algo ha de notarse. Lo hace en forma de inquietud disimulada, una inquietud que coloniza los rostros de todas las personas con las que nos cruzamos, ya en Marrakech y rozada la medianoche. La primera es la del taxista, un avispado con djellaba que sin asomo de regateo nos ve cara de primos y nos sube a su taxi. Quizá nos cobre seis o siete veces el precio normal del viaje. No nos importa mucho porque todo acaba de empezar, los dírham están bien frescos. En el centro de la ciudad, los olores nos encharcan. Emanan de las calles humeantes. De la basura acumulada en las esquinas. De los rostros. De la tierra. Me siento abrumado por la cantidad de rostros árabes, que en el fondo no son tan diferentes de los que uno puede encontrarse en España. Pero es que son muchos, muchos juntos. Un cosmos de sonidos, la mierda de los caballos de las calesas cayendo a los pies de la Koutubia, ese gran pene árabe alzado hacia la noche estrellada igual que la Catedral de Compostela hacia el muro de nubes y gaviotas. Con la salvedad de que a la Koutubia yo la veo muy pene, mientras que la Catedral tiene ciertamente más de vagina, de punto telúrico, de magia encerrada en piedra, y nada de fálica veleidad. Todos los días que pasaré en AFRICA y en Marruecos, observaré a los caballos de las calesas y me darán tanta pena, con sus vidas siempre en pie, y al mismo tiempo siempre de rodillas, y sus hormas de cuero negro sometiéndolos a una ceguera casi completa. Como caballos de Platón (Averroes/أبو الوليد محمد بن أحمد بن محمد بن رشد mediante). No sé si debería sentirlo, pero lo siento, ni siquiera las sonrisas significadas de los árabes que me ofrecen marihuana y hachís pueden aplacar esa pena. Aunque luego caiga necesariamente y de bruces en la conclusión, verbalizada y penalizada por mis compañeros de viaje, de que nosotros estamos igual de ciegos e igual de sometidos. Aunque las apariencias sólo condenen a los caballos.

Marrakech 053

No digo que no haya sonrisas sinceras en Marruecos, porque creo que casi todas lo son, pero hay que saber mirar entre líneas. Ver cuál lo es y cuál no. Esto te lo dice la intuición, o la clarividencia, llamadle como queráis. El afilado recepcionista del Hotel Aday, o del Marmar, allá al sur en Ouarzazate, tienen el sibilino brillo de los que te quieren más por tu dinero que por tu complicidad. Por no hablar de ese bereber innombrable que nos roba, fielmente ayudado por nuestra tierna inocencia. C´est la vie. No se puede negar su habilidad: el que pelea por el pan es más sagaz que el acomodado que camina con aires de que puede comprarse medio país y aún le sobrará para pipas. Regatear no es sencillo aunque lo parezca. Así que hay muchas sonrisas mentirosas en Marruecos, aunque por fortuna, llegamos a encontrar a las amables en donde menos lo esperamos: el dueño de un bar sin occidentales ofreciéndonos una esplendorosa cena y obligándonos a decidir cuál era el precio de la misma; esa era una sonrisa sincera. Lo sé porque al día siguiente nos lo cruzamos y nos saludó desde su flamante furgoneta nueva, todo emoción en la mirada. No todo es polvo; también en Mahmoud, que me pide que le transcriba una carta en español a un amigo oftalmólogo de Madrid, miembro de Médicos Sin Fronteras y que al parecer viaja de año en año a esas tierras para mirar dentro de los ojos de estas gentes. Su historia me hace pensar en qué coño estoy haciendo con mi vida, como siempre me pasa. Pero aquí sigo: entre palabras en lugar de ayudar y conocer y ayudar a dar a conocer.

Es que AFRICA es otro rollo, por decirlo rápido.

Marrakech 083

Recuerdo que los fiordos oscuros y de nieve pálida, y los pueblos abandonados en el crepuscular fin del mundo, las gargantas salpicadas de gigantescos guijarros que inspiraron El Señor de los Anillos, la noche sin Sol y el día sin luz, en fin, toda Islandia, me atraparon como embriagado por el conjuro de un druida que canta en lo más tenebroso del solsticio de invierno. Pero había algo de normalidad civilizada en aquellas carreteras vacías, y nadie en aquella tierra de fuego y hielo, ni siquiera en las más recónditas granjas, tenía una sola necesidad material. Sin embargo, atravesando el Atlas, con el ocaso (ay, y aquello sí que era un ocaso), atisbé lo verdaderamente salvaje, rural, atisbé la necesidad en los pueblos inventados de la nada y en los no inventados también, vi el rastro de los torrentes del deshielo de la primavera en puentes destrozados y en las curvas incesantes, las propias curvas de la vida de aquella gente, de ojos muy grandes y manos cruzadas de arrugas. Surcos del polvo. Es verdad, mis botas se abrasaron con el polvo del Sahara, lo mismo que mi garganta y mi forma de contemplar algunas cosas. Creo que ÁFRICA hace eso. No sé si a todo el mundo, pero desde luego a cualquiera que mire con cierto detenimiento. Es curioso que mientras escribo estas chorradas me venga a la cabeza Vila-Matas y su Dublinesca, y a ese Riba que habla del salto inglés y del salto francés. En el fondo, creo que me gustaría leer a alguien que haya dado el salto africano, para de veras leer sobre un cambio realmente SUSTANCIAL.

Geodas brillantes y mandarinas deliciosas; el recuerdo del vértigo; las hojas desgranadas al calor del día y agrietadas en lo más frío de la noche del desierto. Los viajes son intraducibles. Imposible escribir sobre ellos. Son siempre estrictamente personales y cargados de nuestra sustancia, como la luz de una mañana, que al atravesar cada mirada adquiere un significado conveniente sólo a su dueño y a nadie más. Quizá el zoco de Marrakech, o cualquier zoco en realidad, tienen mucho de esa Casa de hojas de Danielewski: multilaminaridad e infinitud. Bajo esas cubiertas imperfectas por donde la luz se filtra, se suceden avisos y regateos y cobras y monos con pañales, y de nuevo un universo de olores, que me hace pensar en cuando el niño de El perfume abre las aletas de su nariz por primera vez. Olores primarios, olores de vida. Estratos de personas apiñadas, casi todos hombres sentados en taburetes minúsculos, con sus rostros oscuros y un vasito de té con menta alzado. Muchos tienen los dientes amarillos y algo podridos. Estoy por decir que se trata de todo ese azúcar blanco que añaden al té. Quizá para endulzar sus vidas. Quizá como adicción. O ambas cosas a la vez. Qué diferencia hay entre el subidón eufórico del alcohol y el pico de azúcar en la sangre mezclado con la cafeína. Las endorfinas son las mismas.

Marrakech no es el lugar más adecuado para conocer Marruecos, si es que ese lugar existe (¿existe en España, en Islandia, en cualquier parte?). Es más bien un lugar para conocer cómo los seres humanos se pervierten en cuervos al acecho de cadáveres occidentales. De nuestros cadáveres se aprovecha todo. Es más bien en los pueblos perdidos, y en los no tan perdidos, donde uno es capaz de ver lo que la vida significa para ellos. En esos lugares, fuera de Marrakech, me sorprende ver que los niños aún juegan en las calles hechas de piedras, como cuando yo era pequeño, construyen columpios con una lata y un palo, y juegan a perseguirse y al fútbol, y son, lo sé porque lo vi, felices. Felices a un nivel del que probablemente ni siquiera sean conscientes. Tan felices, digo, que seguro que alguno comete la acrobacia mental de llamarme romántico. Estoy vivo y soy, parecen decir. No como en Occidente, en donde tanto tengo tanto soy. Como un poco más arriba, no me canso de decirlo, AFRICA es otro rollo. Es en los pueblos en donde descubres su renombrada hospitalidad, las sonrisas auténticas, el desvivirse por complacerte. Lo ves entre ellos, aprovechando cualquier ocasión para reunirse. Da igual que sea un coche estropeado, un móvil nuevo, o un occidental en una terraza a la sombra, mientras ellos pasan frío a veinticinco grados. Incluso los gatos son más gatos en el Sur, todos escuálidos y alerta, corriendo para protegerse unos de otros, follando entre maullidos que nadie más parece escuchar, mendigándote con una mirada de cine, y aun así, capaces de relajarse al sol en un suelo cualquiera, inafectados por el caos revolucionado que los rodea. Los camareros los apartan de ti mientras comes, pero no les llegan a tocar nunca, es como un juego que se tienen entre ellos, y los gatos lo saben, llegué a ver la sonrisa pícara y orgullosa en sus ojos.

Hariras densas y tanjines de verduras casi evaporadas y cous-cous aromáticos y pastelitos de té tan cargados de azúcar y miel y almendra y garrapiñadas que me hicieron recordar a Hammid y a todas las cosas que me contaba de Marruecos y que ahora sé que son mentira o al menos, no del todo ciertas. Es parecido a lo que ocurre cuando lees sobre un lugar, después nunca es lo mismo: la previsión es una imbecilidad, ÁFRICA no es para planificar. En el Sur, agarran tus planes y los hacen pedazos, porque la vida no se planifica. ÁFRICA está hecha para experimentar el caos y la paciencia y para olvidarte de los horarios exactos y de la vida a toda prisa que es la peor enfermedad de todos los europeos, incluso en los del sur más al sur, rozando ya los pezones de ÁFRICA.

En Jeema al Fna, a los españoles nos llaman de todo para que compremos y comamos y dejemos allí todos nuestros euros, alhajas de un mundo podrido: Paquirrín, Javier Bardem, Isabel Pantoja, Arda Turam, Antonio Recio, Pipi, Juan, Fátima Cous-cous, y sobre todo si te haces duro de roer en el regateo (especialmente cuando ya han pasado varios días), bereber, que en Marruecos adquiere el sentido de catalán. Es lo dicho, se les va el pan, y su fama de comerciantes es merecida.

Marrakech 057

Escribí una carta en mi moleskine, diciendo que me quería ir de Marruecos. Fue al segundo día, después de que aquel bereber nos engañase e hiciese el agosto a nuestra costa; después del timo del taxista; y después de que el empleado de Hertz me dijese que no tenía un problema con él, sino con Hertz, y que no me iba a dar el coche por cuyo alquiler ya había pagado. Cero planes, insisto, la cosa funciona así. Quizá era que no entendía, o que entendía demasiado bien, lo que significaba todo eso. El hola hola hola de los zumeros y la tinta roja goteando, anillos y palacios y recuerdos de palacios, deformes y tullidos e inválidos por todas partes, como una coreografía grupal y demente. Escribí toda la carta lamentándome de nuestra suerte, sin haber conocido aún su verdadera naturaleza, la gentileza con la que se tratan entre ellos, dobles y cuádruples besos. Racatá. No escribí todo eso desde los prejuicios occidentales (que si no me conociera, sería la primera autocrítica), y que traía bien enterrados en el cementerio de lo inservible; sino desde el viajero europeo y acomodado en que me había convertido. Londres. Berlín. Barcelona. Acostumbrado a poder quejarme y exigir lo que me corresponde. Dublín. Lisboa. Acostumbrado a que el engaño sea infrecuente o al menos, encubierto. París. Copenhague. Reykjavík. Acostumbrado a las miradas indiferentes pero no a las curiosas, turista convertido en mono de feria. Cuesta perder las costumbres, sobre todo las malas. Es como quitarse capas de ropa cuando hace mucho frío. No apetece. Inconscientemente, algo dentro de nosotros se rebela. Lo bueno es que a base de timos y de motos rozándote por delante y por detrás en las calles angustiosamente estrechas, las capas se te caen muy rápido, necesariamente muy rápido, y acabas por distinguir las semejanzas y olvidándote de las divisiones, como si de un juego budista se tratara. Unidad.

Los atardeceres son infinitos en ÁFRICA. Al viajar por el Atlas, con el cielo tiñéndose de estrellas, en los pueblos se iban alumbrando poco a poco las farolas, igual que en casa, y su reflejo en el cristal del autobús, y en el propio cielo, me hicieron creer que había una flotilla de naves espaciales cayendo hacia nosotros. En el cielo ardía la media luna, por cierto, alineada con el pene de las mezquitas, y aunque no llegué a sentirme perdido del todo, es bueno saber que en todas partes asoma la Luna y las estrellas son parecidas. Todo es una ilusión.

Por cierto, no vi a Estrella Campos en Marruecos. Supongo que le quedaba a desmano, o que sí estuvo conmigo pero no dijo nada porque se sentía algo fuera de lugar. Lo puedo entender. A pesar de que habría estado bien que el negro de su pelo se cubriese de una pátina de ese polvo naranja oro que todo lo llena allí, en el Sur.

Del texto que escribí maldiciéndolos, supongo que dejaré que se pudra a sí mismo en el interior de mi diario, al tiempo que las páginas pálidas se tornan amarillas.

ÁFRICA es otra cosa. Diferente y singular.

* Más fotos de Marrakech y el sur de Marruecos, aquí.

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Un comentario en “ÁFRICA

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