Idaho

23 de febrero (I)

Marcel escribe la última frase de algo que viene a ser como unas memorias. Una caída introspectiva al fondo de sí mismo sin más pretensiones que el alivio. A veces sale el Sol tan de repente que destruye los copos de nieve, escribe, y luego pulsa ENTER y escribe FIN. Ya está, piensa.

Se saca la pitillera del bolsillo y enciende un Winston. La impresora escupe las apenas cincuenta hojas siseando como una cafetera. La visión descarnada de su vida. Afuera del ventanal, la ciudad entera a sus pies, Madrid, aunque podría ser cualquier otra: el rastro luminoso de los coches en una mañana gris y poluta, humo en los tejados, aviones en el cielo, la exhalación invisible de millones de bocas, yendo y viniendo en las calles y en el metro. El ritmo de bestia agonizante de la urbe, siempre muriendo, nunca enterrada.

Cuando la impresora se para gira la cabeza, el pitillo desaparecido. Símil de mi vida, piensa. Recoge las hojas, las mete en un sobre, escribe sobre él Para Leire, y luego camina por el apartamento, lujo comprimido en una torre miserable. El diseño minimalista, mucho negro, línea suaves. Ni gato ni perro. En la cocina, se da cuenta de que no es más que un cascarón vacío: era su exmujer la que cocinaba, pero hace diez años que no está, como sus hijos ya adultos y que sólo le buscan si necesitan dinero. No está tan mal, piensa.

Su vida solía ser ese apartamento vacío, pero ya no. Enciende otro pitillo.

18 de enero

Más tarde se preguntará cuántos finales se escriben después de llamadas de teléfono intempestivas. Acaba enero, suena el teléfono, y la voz habla con un acento raro.

¿Marcel Reboreda?

Soy yo.

No me conoces –dice la voz-, pero mi madre te conoce a ti.

¿Quién es tu madre? –pregunta impaciente. Tiene prisa, ya debería estar duchado, otro traje, una nueva reunión que finalizaría invariablemente en un bar.

Me ha dicho que te pregunte si recuerdas Idaho.

Está a punto de colgar. Una zumbada, piensa, pero luego se acuerda, aunque llevase décadas en un rincón olvidado de su memoria. Idaho. Coeur D´Alene. Al otro lado, la voz interpreta su silencio.

Mi madre se está muriendo. Le gustaría verte –la voz parece a punto de derrumbarse.

Cecilia –murmura Marcel-. ¿Muriéndose?

¿Vendrás?

Tarda lo que parece una eternidad en responder. Siempre controlando, ponderando, se recrimina, tienes la vida ordenada y de pronto, todo lo que la vuelve estable se va a la mierda. Eso lo piensa en menos de un segundo. Un segundo largo.

Iré –dice. Luego anota la dirección que la mujer le dicta, y cuelga.

Se conocieron a los veintiocho, en una reunión de trabajo. Marcel ya colaboraba para periódicos y empezaba a hacerse un nombre en el mundillo, pequeño pero bien valorado. Se había casado y tenía dos hijos. Cecilia era maquetadora en una editorial, y su marido era político. Ninguno estaba especialmente decepcionado por la vida, era sólo el tedio. Así es como lo recuerda, al menos. En la distancia, tiene la impresión de que se enamoraron como mecanismo para romper el aburrimiento, probar algo nuevo. Un soplo de aire fresco en un cubículo putrefacto.

Está en Barajas y una chiquilla le mira de reojo mientras teclea buscando la combinación correcta de vuelos. Le cuesta, Marcel la mira.

Resultará caro –dice.

Me da lo mismo –dice Marcel-, usted busque y encuentre.

Recuerda que a cada rato que podían quedaban para hacer el amor, o pasear, o simplemente hacerse compañía sin decir nada, y sus respectivas parejas jamás se enteraron. Demasiado ocupadas, supone. La horca de las relaciones modernas. De todos modos, a estas alturas, Marcel no cree que a su mujer le hubiese importado. El affaire con Cecilia había sido una estrategia de supervivencia mental.

Casi dos mil euros, sólo ida –dice la mujer con cara de que Marcel no puede pagar. Pero puede.

Jugaban a imposibles, y así fue como se hicieron daño. Marcel puede ver ahora que las consecuencias fueron dramáticas. Vio en su memoria esa librería donde jugaron a poner el dedo sobre un globo terráqueo que giraba, prometiéndose ir y escapar de la vida, fundar una existencia nueva. Marcel recordaba el brillo de sus ojos almendra. Eras tan divertida, piensa. Habla como si ya estuviese muerta. Se reía todo el tiempo, como si tuviese dentro tantas risas acumuladas que no pudiese impedirles salir. Un azote para su melancolía. El dedo había caído sobre Idaho, y ella puso una fecha y Marcel aceptó porque pensaba que se trataba de una broma. ¿Cómo iban a dejarlo todo? Eso era cosa de películas. Marcel no creía en utopías. ¿Idaho? ¿Y hacer qué? Marcel había creído saber algo crucial sobre relaciones, básico, fundamental, y era que todas corrían hasta llegar al mismo punto. ¿Idaho? ¿Para alcanzar un lugar en el que ya estaba? ¿Se merecían eso? Los dos aceptaron, ella sintiendo y él jugando, pero los siguientes siete días, Marcel pudo comprobar que Cecilia iba en serio. Compró los billetes, arregló papeles, y no fue hasta dos días antes que, en la habitación de un hotel, Marcel le confesó que había pensado que todo era una farsa. Que cómo iba a dejar el periódico, ahora que empezaba a coger nombre. Que cómo iba a dejar a sus hijos y a su mujer, si necesitaban su sueldo para vivir. Que era imposible, en resumidas cuentas. Porque lo era, y Marcel lo sabía. Cecilia dijo que si había sentimiento, no había imposibles, y que si la quería, iría con ella.

Su vuelo sale en cincuenta minutos.

Marcel despierta un segundo y asiente. Luego de aquella tarde de hotel, Cecilia se esfumó de su vida. Jamás la había creído capaz, había pensado que simplemente cancelaría los vuelos y que seguirían con el juego de amantes, que era muy divertido y no dañaba a nadie, pero con el paso de los días la creyó despechada y se fue olvidando de ella.

MAD – LND. Una manada de adolescentes excitados por viajar a un parque temático: Londres.

Con el tiempo la olvidó, porque el tiempo tiene esa extraña capacidad de adormecer con su velocidad supuestamente constante. Algún momento de felicidad aislado y aderezado de alcohol en mitad de un enorme océano de indiferencia, un polvo aquí, otro allá, varias amantes. Marcel siguió publicando en los periódicos más importantes del país, alguna novelilla intrascendente, e hizo la jugada de su vida al comprar una revista literaria independiente por una miseria y re-venderla años más tarde por una suma mucho mayor. Eso le quitó de problemas económicos para el resto de su vida. Sus hijos, mientras tanto, se habían hecho mayores sin contar mucho con la figura difusa de su padre, y fue ese el momento en que su exmujer le echó en cara los años de desinterés y amantes y se fue su parte del botín. La vida se resume tan rápido, piensa mientras cae sobre Inglaterra.

LND – JFK. Ejecutivos en primera clase, nada de adolescentes. Saltar el charco como mis antepasados, piensa. La historia de la Humanidad es un viaje.

Llegaron a tener una canción. Volando sobre el Atlántico, Marcel recuerda el nombre del cantautor, un tal Gregory Alan Isakov, y de la canción, precisamente Idaho. Cecilia la había usado para tratar de convencerle. Suspira mientras alrededor todos duermen, drogados para evitar el jet lag. La canción era desgarradora, piensa. Y preciosa, aunque Marcel nunca había sido de sentimentalismos baratos, quizá como una protección ante la lágrima.

Ya está saliendo del avión. Siempre fui un aburrido compulsivo, piensa. Adicto a lo nuevo, cuando su mente colocaba algo en el estante de lo habitual, y finalmente en el de rutina, ya necesitaba otra cosa. Adoración de la novedad y de la adrenalina derramada. Todo lo que huele a tedio le hace bostezar. ¿Debería sentirme mal por ello?, piensa.

JFK – STL. Las ciudades paisajes comunes consumiéndose unos a otros sin diferencias apreciables, panorámica eterna de rascacielos y suburbios y autopistas y mendigos y parabólicas.

Intenta recordar todo lo que se dijo y todo lo que se sintió, pero han pasado muchos años. No es inmune a la impresión de que fue un hipócrita mentiroso, lo carga a sus espaldas. Todas las emociones aplacadas, el desprecio constante a los convencionalismos. Engreído, se acusa mentalmente, mientras recoge la mochila de la cinta de un aeropuerto cualquiera. Recuerda la cara de Cecilia, diáfana de pronto en su cabeza, extasiada tras el sexo, mejillas enrojecidas, el olor vetusto de su vagina inundando la habitación. Su cara era la de quien siempre amaba, y Marcel siempre la miraba con admiración y sorpresa. ¿Cómo podías estar tan viva?, se pregunta. Y yo tan muerto, reconoce. Doscientas mil facetas embarradas.

STL – BOI. El avión pequeño y casi vacío, afuera anochece, o quizá amanece. No está seguro tras tantas horas.

El poso de la nostalgia en su cuerpo, abriéndose paso, comiéndoselo por dentro. ¿Será la nostalgia por una vida no vivida?, se pregunta. Idaho sonando en su cabeza. Equivocaciones castradoras, el insoportable limbo de los indecisos, un campo lleno de cadáveres caídos, y Marcel convertido en otro muerto más. Sin embargo, se dice, tú saliste, viviste la vida real. ¿Puedo recordar todos los amaneceres de mi vida?, se pregunta.

Vivir de noche. La carne trémula de aquellas escenas de hotel había dado paso al vacío y de nuevo a su vida filtrada por el cinismo, la supremacía, la necesidad de escepticismo para no zozobrar. Creo que no ha merecido la pena, piensa mientras se baja de otro avión más.

BOI – GEG. Ya es de noche, sus hombros están tan caídos que no tiene fuerzas para recoger su mochila. La catarsis de decenas de horas de vuelo. No sabe bien dónde está ni qué hace allí. A pesar de Cecilia.

No pasa nada, ya está, se dice mientras sale del aeropuerto de un lugar llamado Spokane, en donde nieva y aún es de noche. No sabe si la noche aún acaba de empezar o va camino del amanecer. Aeropuertos, aviones, pasajeros, los cielos. Se sube a un taxi y el conductor, un hindú somnoliento y poco hablador arranca hacia Coer D´Alene, la dirección que ha anotado en un papel y que ha permanecido en su bolsillo tantas horas. El taxi vuela por el vacío de un bosque de polígonos industriales, pick-ups de hombres con visera, niñatos con móviles de última generación en paradas de bus, asiáticos cuchicheando.

Se ha dormido, y al despertar ya amanece. Parpadea recuperando sus ojos. Brillo. Ya está ante la puerta de una casa pequeña, embutida entre abetos y al borde de un lago de aguas color cobre, e Isakov sigue su letanía en la cabeza. Timbra. Y entonces la puerta se abre y ella aparece y la oscuridad invade su visión y cae mientras Cecilia le mira desde hace cuarenta años, las mejillas ligeramente sonrosadas, la media melena deshecha y unos ojos escondidos en profundas ojeras, sus caderas.

Al despertar, Marcel no sabe dónde está. Una mujer da golpecitos en su pecho y en la cara. Lo recuerda todo. No han pasado ni tres segundos. O varias horas, no lo sabe.

Marcel, Marcel, ¿estás bien? –pregunta ella asustada. Al mirarla vuelve a sentir el mareo-. Soy Marián –dice ella-. La hija de Cecilia.

Se incorpora y la mira bien y la mujer que ve es tan parecida a la Cecilia que recuerda que le recorre un escalofrío. Se ve reflejado en sus ojos grandes: gordo, viejo y con el pelo blanco y cara de no haber sonreído en décadas.

Ya está muerta –dice mientras le ayuda a levantarse y a entrar en la casa.

Sobre una mesita en el salón, florece un té caliente. La sala es acogedora, pequeña, madera y ladrillo. Hay portadas de libros colgadas en las paredes: Lolita, La carretera, Ensayo sobre la ceguera, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, La colmena. No hay televisión. Dos largas estanterías cubren las paredes embadurnadas de libros.

Idaho –murmura. Marián está callada y se mira silenciosa las manos. La mira. Hasta sus tics son los mismos, piensa.

Murió ayer –dice-. Yo dormía y se fue así, sin molestarme. Le había dicho que ibas a venir y creo que fue suficiente para ella.

Marcel la mira y se siente pequeño y miserable y desgraciado y asqueroso, como un vómito en el suelo de la mañana que todo el mundo evita mirar.

Gracias –dice Marián.

Debí venir entonces, piensa, pero no dice nada.

De pronto, quiere saberlo todo pero no quiere saber nada. No quiere saber qué se ha perdido, y nota el llanto en la boca del estómago. Es una canción creciente que su corazón ha compuesto de avión en avión, volando. Se echa a llorar y mientras se desmorona sobre sí mismo, la mano de Marián aparece en su espalda, y llora un rato tan largo que cree que no va a poder parar. Es el llanto de una vida. Cuando se le pasa, Marián le pone delante un poco de pan y queso, y le dice que su madre nunca se casó, que nunca lo había necesitado. Que había llegado casi sin dinero a Coeur D´Alene. Dependiente de una tienda de ropa, luego secretaria en un periódico local, y finalmente en una editorial, maquetando textos y portadas, la pasión de su vida.

Un día se emborrachó e hizo el amor con un desconocido. No llevaba mucho aquí. Nueve meses más tarde, nací yo –Marcel la mira profundamente-. No me agobia, tranquilo –dice, echándose a reír. La misma risa, piensa Marcel. Las mismas arrugas en la comisura de los labios, el mismo hoyuelo en la barbilla, las patas de gallo intuidas en los ojos-. Fue madre y feliz, muy feliz.

¿Por qué?, se pregunta Marcel.

Se aproxima el atardecer y caminan al cementerio, un rectángulo pequeño y rodeado de cipreses con una mínima vista al lago y al Sol que rueda dentro de él, camino del inframundo donde habita por las noches. La lápida es pequeña, hay unas pocas flores. Fecha de nacimiento. Fecha de muerte. Y su nombre, sin siquiera apellidos. Como si todo fuese tan fácil, piensa. Marián le deja solo y pasea entre las lápidas. Marcel se queda mirando la lápida y le pide perdón. De memoria, lee un poema que como un mantra, Cecilia le había enseñado en las tardes de sexo y paseos por parques desiertos donde algún sabio mendigo impartía lecciones al vacío. Las nubes cubren el cielo y sus palabras caen al suelo. Hace frío. Se adivinan los copos cayendo hacia la tierra.

A veces sale el Sol tan de repente que destruye los copos de nieve, dice Marián, tras él.

Marcel asiente y los dos vuelven como dentro de una fotografía vieja. No duerme, solamente habla con la noche y ve cómo cambian de color las aguas del lago, y habla con Cecilia y consigo mismo. Al amanecer, el cielo se vuelve azul muy oscuro, y para entonces Marcel ya lo sabe. Se despide de Marián con una sonrisa triste y una promesa de buena suerte.

A veces sale el Sol tan de repente que destruye los copos de nieve, murmura sin cesar durante el interminable viaje de vuelta a ninguna parte.

23 de febrero (II)

Afuera hace un frío seco de invierno. Del suelo emana el llanto apocado de la ciudad. Alguien toca un piano en algún lugar dentro de todo ese amasijo amalgamado de impurezas.

Marcel se alza en la barandilla y salta. Vuela en el aire denso de la ciudad, cayendo como un satélite sin dueño. Tras pasarse toda una vida sin decidir realmente sobre nada, al menos puede jactarse de una decisión final.

Como un copo de nieve.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s