Sin azúcar añadido, gracias

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Ilustración de Mery Mountain K.

Morirse.

¿Cómo te gustaría morir? ¿Te han hecho esa pregunta alguna vez? ¿Te la has hecho a ti mismo? ¿Sabes qué responder? ¿Qué te desearías a ti mismo, o a la gente que te rodea, a tus padres, a tu novia, a tu amigo de la infancia?

Supongo que la gran mayoría de nosotros ha pensado alguna vez en el tema, y respondería sin dudar que preferiría una muerte sin dolor. Alguno puntualizaría que mejor rápida que larga, mejor con la familia que sin ella, etc. Es posible que, puestos a concretar, muchos reconociesen con cierta timidez que les gustaría un atardecer bonito, una canción que le recuerde la juventud. Primero lo práctico, luego el romanticismo con el que nos bombardean constantemente, una visión de la vida inocente y edulcorada.

Hay textos jodidos de escribir, y que solamente terminas por tesón y no por habilidad ni intuición.

En la Galicia atlántica, Amalia, de 82 años, está sufriendo. La han sometido a un innecesario tratamiento médico, quizá forzado por el propio funcionamiento del sistema en que vivimos, y su cuerpo ya bastante deteriorado apenas puede enfrentarse al veneno. No pensemos que Amalia no es una mujer dura. Ha vivido de la tierra toda su vida, sobrevivido a una guerra civil y su consecuente dictadura, la muerte de padres, hermanos y hermanas, marido, hijas, sobrinos. Las ha pasado canutas y ha sobrevivido. ¿Una vida dura? Bueno, sí, no, lo cierto es que muy parecida a la de sus vecinos. Todo depende de la perspectiva. Corren malos tiempos para la lírica, y aunque Amalia está rodeada de su familia, se enfrenta al resultado de decisiones poco hipocráticas con un pesimismo depresivo y poca voluntad. No en vano, según lo ve ella, ya ha pagado mucho en esta vida y no se merece lo que le está pasando. En Galicia, he de añadir, la careta de cristiano se cae rápido, y a pesar del supuesto consuelo de la vida eterna, a la muerte se la enfrenta con miedo y desconsuelo. Es más que seguro que ella hubiera escogido una forma diferente de acercarse al final, o directamente, dar media vuelta y huir. Sin azúcar añadido, gracias.

A casi tres mil kilómetros, cerca de la vallada frontera de Croacia con Hungría, Bibihal espera a que la dejen atravesar un espacio que llaman frontera pero que nadie entiende realmente (¿acaso alguien entiende la naturaleza exacta de las fronteras?). Tiene la increíble edad de 105 años, y acompaña a su familia desde el punto de partida de su particular periplo: Kunduz, en Afganistán. Seis mil kilómetros de viaje, la mayoría a hombros de uno de sus nietos. Han dejado atrás un desierto formado por la dupla invencible del hambre y la guerra, e intentan llegar a Alemania en calidad de refugiados políticos. Y allí empezar de cero, Bibihal incluida. Cuesta imaginarse qué significa para ella empezar de cero. Afirma estar algo cansada, pero sigue soñando con un mundo más justo y en paz, y sus achaques, si los tuviera, los lleva en silencio. Hundida en la camilla y atendida por voluntarios de la Cruz Roja, su mirada se pierde en alguna parte de su memoria, y tiene las manos unidas, como en oración. Quizá se pregunta por qué, pero no creo, más bien soy yo el que se hace esa pregunta. El que más arriba opinó que la vida de Amalia sonaba dura, seguramente ahora puntualicen presurosos que la de Bibihal parece aún más dura. ¿Sí? ¿No? Quizá. De nuevo, todo depende de la perspectiva.

Expresaré un pensamiento: hablar de más duro o menos duro es una idiotez, un sinsentido, igual que hablar de justicia o injusticia. Las cosas, simplemente, son. ¿Lección aprendida?

Con este texto, tan caótico, pretendía encontrar algún nexo entre Amalia y Bibihal, más allá de lo aparente: su vejez y la relativa cercanía de la muerte. Algo que las uniese o las confrontase. Una reflexión perdida sobre la injustica, una crítica más o menos velada sobre el primer mundo y el capitalismo, la religión, quién sabe. Pero ese nexo oculto se me ha escapado, quizá porque no existe, y mientras escribía se me ha ido el espíritu al pecado de la parcialidad y el ombliguismo. Me  disperso, y vuelvo a pensar en el modo en que nos hemos insensibilizado ante lo grotesco, la sangre y el drama. Es cierto que si lo crudo y cruel del mundo moderno no se nos presenta en vivo y en directo, sin el tamiz de los medios, no nos lo creemos, no nos duele. Finalmente, claudico en encontrar ese nexo oculto, y procedo a terminar con este texto.

Vivimos un mundo real aunque a veces nos olvidemos de ello, y en este mundo real los finales de vía se alejan del romanticismo. No hay grandes ventanas en la UCI, en donde los atardeceres restallen para darnos un soplo de belleza final; ni tampoco hay portales de oro en las fronteras; ni puertas por las que podamos escapar al último tránsito, un salto justo el segundo antes. Por mucho que nos atraiga la idea de una vejez venerable y sabia, tranquila, la realidad nos devuelve una imagen diferente: ancianos masacrados y amargados ante la inminencia de un final que no acaban de entender, personas solas o abandonadas en los caminos, cuerpos bombardeados, ancianas arrastradas por la vorágine de la guerra a un éxodo dantesco. La realidad es otra. Mientras nos hacemos pajas mentales, cerca, muy cerca de nosotros, la gente sufre por inacción, y los cuerpos de ancianas como Amalia o Bibihal se van marchitando, aplastados por el puño implacable de una realidad cruda.

Sin azúcar añadido, gracias.

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