aquella industria…

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… expulsaba sus gases tóxicos los domingos al caer la luz del día, aprovechando que el paseo se deshabitaba y que gran parte de los caminantes huían buscando el refugio de sus hogares. El río siempre lo depuraba todo. Eterno fluir. Quizá por eso también yo acudía allí los domingos, caminando sobre la gravilla casi a tientas, dejando salir mis propios gases tóxicos: emociones emponzoñadas, pensamientos reincidentes, vibraciones infectadas. Confiaba, siempre, en que el río se las llevase, como hacía con los gases tóxicos. Pero, desde las aguas, las miradas de las nutrias y los patos y las garzas me revelaban que no, que el río no lo podía todo. Y, ya de noche, volvía a casa sin haber resuelto nada y con la mochila bien cargada.

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