Cosificaciones

El hombre tiene mil planes para sí mismo; el azar, sólo uno para cada uno. Lo dijo algún filósofo. No vengo a hablar de destino, sino de cómo conversaciones cotidianas acaban por llevarnos a reflexiones insospechadas. Empiezas insultando a los que queman los montes, y terminas pensando en el desprecio continuo de la cultura capitalista hacia la naturaleza.

Aquí en Galicia padecemos de cierto síndrome del perdedor. Se han perdido tantas batallas, hemos estado tantas veces del lado de los derrotados, de los que ven su cultura pisoteada, fijaos que hasta el clima nos machaca cada invierno con cielos impasiblemente grises, la lluvia fina pegada al suelo, que parece que vivimos instalados en un perpetuo estado de resignación, jugando a la defensiva y con miedo ya no sólo a ganar, sino incluso a participar.

Abro paréntesis.

(Una de las definiciones de cosa es ser inanimado, en contraposición con los seres animados. Desde cosa no es tan fácil llegar a su derivada cosificación, habitual en algunos círculos, y que significa consideración de una persona como una cosa)

Cierro paréntesis.

Lo triste de esta sociedad en la que vivimos es que no sólo cosificamos personas, sino que cosificamos a todo lo que se mueva. Como los yanquis: primero disparas, luego preguntas. Los estadounidenses (el gentilicio más correcto, sobre todo si hablas con otros americanos) tienen una grandilocuencia que llama a falsas e innecesarias heroicidades. Pero, refranero mediante, Dime de qué presumes y te diré lo que no eres. Como el misterioso, espectral y arquetípico gordo capitalista nos trata como cosas, mero números de una estadística, la reacción de la sociedad suele ser cruel pero de dirección equivocada. En lugar de rebelarnos ante la opresión injusta, de decir, Eh, ese es mi culo, solemos tirar hacia lo fácil y canalizar nuestra frustración hacia lo que nos rodea. En Galicia, como dije antes, pecamos de derrotados, y por tanto de cierta capacidad para actuar cruelmente con los débiles. Tampoco es cosa de quedarse mucho mérito, digamos que somos imbéciles en una medida similar a la de cualquier otra parte, pero es la propia imbecilidad de mi patria chica la que me compete.

La conversación que sirvió de acicate o catalizador para este texto transcurrió durante una comida familiar en la que yo me lamentaba amargamente (la forma correcta de lamentarse, supongo) del modo en que en Galicia se trata a lo que llamamos monte (para el foráneo, bosque), convertido en poco más que enormes y dantescas explotaciones de eucaliptos. La historia es sencilla. Galicia siempre ha sido un lugar clave para obtener madera, durante muchos años bastión maderero en la construcción de las naves que luego irían a América a arrasarla, de modo que fue una de las primeras regiones de Europa en ser deforestadas. Cuando los gobernantes se percataron del problema, decidieron sustituir la primitiva fraga gallega, con el carballo (roble) como protagonista indiscutible de un bosque atlántico vivo, denso y húmedo, por pinos. Los pinos crecen sustancialmente más rápido que los carballos, de modo que además de solucionar un problema de deforestación, aceleraban el regreso de los beneficios. Más tarde llegaría una segunda deforestación, y la sustitución de los pinos por eucaliptos, que crecen aún más rápido gracias a nuestros suelos ricos en agua y nutrientes. Era un negocio caralludo, como diríamos por aquí. Especie invasora, extraña para la flora y fauna autóctonas, desastrosa para la gestión de los recursos hídricos, ocurre además que el eucalipto no está adaptado a los empinados montes gallegos, de modo que las plantaciones no tardan en volverse improductivas, y los suelos brutalmente sometidos a la erosión.

A lo que iba, más allá de las ventajas o desventajas del eucalipto, es que en Galicia no se plantarían eucaliptos, o cualquier otra especie, si no fuese rentable. El gallego medio contempla el monte, su medio natural más inmediato, como un medio del que obtener beneficios, y no como un valor en sí mismo, tanto por ser fuente de recursos naturales como por sus características socioculturales. Para un gallego que tiene una parcela en el monte, lo importante es llenar esa tierra de eucaliptos, que crezcan vigorosamente, y a los pocos años, poder cortarlos y vender la madera, y vuelta a empezar. Por el camino, le importa muy poco que la erosión arruine los suelos milenarios, y mucho menos que se pierda la riqueza de la diversidad, los bosques autóctonos, etc. Eso carece de valor, y así es como las carballeiras se han ido volviendo más y más escasas. Lo que un día fue común en todo el territorio, no pervive ahora más que en solitarias feiras en los jardines de algunos pueblos o bosques milagrosamente conservados en algunos enclaves. Lo que uno se encuentra con mayor frecuencia son eriales erosionados y recubiertos de eucaliptos, extensos terrenos sin más vegetación que matorral. Una mediterranización en toda regla.

Como para ejemplificar lo sostenido, mi abuela se queja airada de que la cooperativa de montes de su aldea (un sistema comunal de gestión) ha vendido toda la madera y se ha quedado con los beneficios, sin reparto alguno entre sus socios. Más allá de las flautadas típicas de una jubilada de más de ochenta años, que después de pasarlas canutas durante tantos años lo que realmente valora es dinero contante y sonante, y a la que toda referencia a naturaleza o valores le suena a paparruchas, veo que mi padre reacciona de un modo más bien similar, afirmando que El monte está para eso. Intento argumentar, con poco éxito, que otras regiones de España (más ricas que la nuestra, por cierto) presentan modelos de gestión de montes más que envidiables, y lo que es más importante, sostenibles. Después de frecuentar algunos montes vascos, y observar el cuidado con que los tratan, bosques limpios de maleza para evitar los incendios, caminos cuidados, reforestaciones con árboles autóctonos, casi podría decirse que se trata de un monte al servicio del ganadero, del agricultor y del caminante. Existen otros modelos (lo triste de nuestro mundo, es que hay alternativas posibles pero no voluntad de acometerlas). Termino por quedarme callado, para el resto de mi familia todo eso suena a parida, nadie los moverá de que el monte es un recurso a explotar. Y es generalizable, tal como pasa con los montes, ocurre con las rías, esquilmadas y repletas de contaminantes (metales pesados, restos de petróleo, aceites, plástico, con los ríos y las miles de represas que los pueblan modificando su curso natural y arrasando la fauna esclavizada.

Ya es bastante horrible que el capitalismo nos cosifique, pero que nosotros, como vasallos lamentables, también cosifiquemos a la naturaleza, en una cadena de tristes eslabones, resulta paradójico y absurdo. No seré ni el primero ni el último que reniegue del capitalismo, pero es lógico pensar que seguiremos viviendo en ese sistema durante un tiempo indeterminado. La actitud más inteligente, en mi opinión, sería tratar de mejorar en lo posible todo lo que podamos mientras no llega un sistema mejor (en parte, porque la población está suficientemente manipulada y sumisa como para que ni siquiera pretenda algo mejor). El resultado de modificar nuestras actitudes será la de vivir ligeramente mejor. ¿Menos da una piedra? El modelo de producción no ha de ser necesariamente incompatible con otros modelos en los que podamos disfrutar y conservar la naturaleza simultáneamente. Vivimos en un régimen que nos convierte en esclavos, pero incluso en ese escenario tan triste, tenemos margen de mejora, de protesta, de movimiento dentro de esa jaula que nos han construido y de la que a veces ni siquiera somos conscientes.

Miro el monte más allá de mi ventana, sus laderas, los molinos eólicos en sus crestas, las antenas de radio y televisión, la cubierta de pinos y eucaliptos. Forma parte de mi paisaje emocional y vital, lo he visto arder y ser maltratado cada pocos años, y aunque ahora han pasado tres veranos desde el último incendio, mi madre siempre dice Me parece que este año le toca arder. Madera quemada, ventaja industrial.

Si cosificamos a lo que nos rodea, aceptamos la moralidad de que nos cosifiquen a nosotros mismos. Convertimos nuestra queja en una broma. Si tratamos a la naturaleza como una puta, asumimos también la venta de nuestro propio cuerpo.

Cuando todo se haya convertido en un erial, en un desierto tóxico y seco, nuestras lágrimas no valdrán de nada. De momento, hay margen para que las flores broten. Algún día, no. Al tiempo.

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