La araña

Perspectiva, etimológicamente, relativo a lo que se mira.

Estoy tirado en cama tras un viaje gozoso y agotador, A un lado, India, de Patrick French, un libro que ha estado en mi lista de pendientes durante años, y al otro, un recién llegado a mis manos, Fariña, de Nacho Carretero. El de India, que he pedido prestado en la biblioteca del pueblo, tiene una prosa aburrida por la que me muevo lentamente. El de Fariña, del que solamente he leído unas hojas, es entretenido y las hojas vuelan.

Ya pasa la medianoche, y debo reconocer cierto sentido del deber del lector ordenado que me empuja a continuar con India, que empecé en primer lugar. Aunque lo que realmente quiero es meterme más dentro de las páginas de Fariña, y ver qué hay.

Hay que ver qué pensamientos estúpidos tenemos a veces.

Escucho moverse a una de esas moscas gordas y grandes, moscas a destiempo a finales de noviembre, y al alzar la cabeza, descubro tras el moscón una araña agazapada en la esquina del armario, solamente unos centímetros por encima de mí. La mosca torpe se aleja hacia la bombilla, mientras yo me quedo mirando a esa araña, que afianzada en su tela con seis de sus patas, da vueltas a una mosquita minúscula, devorándola, con las dos restantes, como si se comiese una mazorca. Es hipnótico mirarla, y sus movimientos resultan mucho más interesantes que India o Fariña. Es una cualidad de lo real, supongo.

WP_20151116_00_17_17_Pro (2)

La mosca grande y torpe se agita por el techo de la habitación, poniendo banda sonora. Mientras tanto, la araña sigue con su almuerzo, mientras aparece un nuevo actor en la escena: una mosca diminuta como la que la araña devora, que va orbitando cada vez más cerca de la telaraña. La araña lo sabe. No me preguntéis por qué, pero lo sabe, y se queda quieta como si la hubiesen disecado. Las dos patas que sostenían su alimento, las otras seis, incluso el aire a su alrededor. Soy capaz, incluso, de distinguir un reflejo pillo en todos sus ojos, mientras la mosquita está cada vez más cerca. Conexión mental inmediata, le leo la mente: Ven, vamos, déjate caer aquí.

La mosquita tiene suerte, y sus movimientos aparentemente azarosos terminan por alejarla de la telaraña (¿o quizá desprecio la inteligencia de la mosquita, que lo sabía todo el tiempo y se burlaba de la depredadora?). La araña no pierde la paciencia, a pesar de todo, y sigue fosilizada en la mitad de su almuerzo. Me dan ganas de decirle, Vamos, déjalo ya, se ha ido, y pierdo la paciencia y bajo la mirada, volviendo a mi diatriba sobre qué libro leer antes de dormirme.

India, suspiro abriendo el grueso volumen.

Anuncios

3 comentarios en “La araña

  1. Pingback: Everest (Baltasar Kormákur) vs Mal de altura (Jon Krakauer) | aullando

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s