12 de noviembre; BARCELONA – IRÚN

Senda Estelar 007

La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco. Platón.

 

Llegamos a Sants-Estació con nocturnidad y sudor, desacostumbrados al calor del Sur. Pronto, sumidos en el traqueteo inasible y cambiante de los vagones. Amanece mientras llegamos a Tarragona, es allí cuando entran en el cielo los dioses en procesión cósmica, arbolitos punteando las colinas rojas, como de sangre. Voy leyendo las últimas hojas de los héroes caídos de Bioy Casares, mientras María duerme. Me recuerda el Woman driving, man sleeping de Eels, que me inspiró el principio de una novela inconclusa. Noto en mi pecho la llamada de Euskal Herria, esa tierra que un día se convirtió en hogar postizo y que en cierto modo sigue siéndolo. Deja ir, deja ir, me repito. No haré esa llamada, ya no me parece tan buena idea como cuando se me ocurrió. Abro la moleskine y escribo El genio Gauss, el genio argentino, sin saber por qué. En el cielo arden las torres inflamadas de las refinerías, y recuerdo Portugal en un destello, la Bifurcaçao de Lares, un lugar anodino en donde fotografié panorámicas aburridas de nubes que buscaban un destino. Me como un kiwi, decido llevar una vida más sana por enésima vez.

En Lleida el Sol se escapa, y la niebla poblada de cigüeñas me entra por los ojos, desierto de tierras aradas donde crecen hierbas miserables, los vagones del tren internándose en pueblos fantasma mientras dentro del nuestro, amanecen acentos extraños. La niebla es impasible y nos acompaña como una marea ceñuda. El tren corre, y en Tudela me arrasa un acceso de nostalgia. Me pongo a escuchar Samaris, y esa eléctrica calma islandesa puebla mis oídos. Me aísla, me acuna, es atmosférica y escalofriante. En las pantallas luce una película inútil que María mira sin interés. Voy al baño un momento, y siento el impulso de masturbarme, pero no lo hago.

Siempre me ha hecho mucha gracia la cafetería del Talgo, y no sé bien porqué. Creo que se trata de algo en las actitudes de la gente que la habita, apoyados y mirando el mundo pasar. Se toman un té, un café. Leen un periódico. Nosotros no somos menos, pedimos un té y un café. El camarero me pone a mí el café, a María el té, y aunque no le decimos nada, empezamos a hablar de micromachismos, ese término algo idiota que no significa nada y al que bien podrían sacarle el micro-. Afuera sigue la niebla, y la niebla es Islandia, pegajosa en mi espalda. En mi mente aletean los héroes tristes de Bioy, mientras el tren atraviesa un lugar llamado Océano. Acabamos por volver al sol, que alumbra los momentos en que termino la obra misteriosa de un argentino. Al norte luce una media luna, y sobre ella la V de pájaros que emigran.

Rozamos Urbasa, veo sus impresionantes paredes alzadas, pero no hay rostros en ellas, como sí los hay en los fiordos nevados del norte. Recuerdo historias que me contaron acerca del luminoso Urederra, sobre los asesinatos de los franquistas, misteriosos tesoros. Por un momento, me da la impresión de que nada de eso existió. Al pasar Altsasua, veo caminar sobre un puente a dos musulmanes con las manos en los bolsillos y el gesto tranquilo. Todo se va rápido, nos internamos en un bosque. Mi mente es un aquelarre de recuerdos, y me siento dentro de ellos aunque percibo una distancia que me separa. Como si perteneciesen a otra persona. Viene a mi cabeza el título de una novela que aún no escribí: El anacoreta. Siempre se me ha dado mucho mejor poner títulos que escribir.

En Zumárraga, veo la silueta del Txindoki a lo lejos y le reto mentalmente: seguimos teniendo algo pendiente. Sé que algún día estaré allí arriba, sobre su cima, y que me sentiré realmente vivo. Siempre me siento bien en las montañas. Todo se está volviendo extraño, familiar pero distante. Pasamos por Beasain, en lugar donde aprendí que en Euskadi, caña se dice zurito, y pandilla, cuadrilla, y pronto aparecemos en Donostia. Finalmente, Irún, en donde el sol ya brilla sin aspavientos, duro y luminoso, crudo.

Senda Estelar 001

Me parece que ninguno de los dos sabe en dónde se mete. Galicia parece condenadamente lejos desde esta esquina de la Península.

 

El Sol era un espejismo, todo se ennegrece mientras caminamos hacia Hendaya, observando al otro lado Hondarribia y su aeropuerto. El paseo se vuelve inmenso, notamos las piernas cansadas, mientras María cae en una eufórica tragicomedia, jamás reprimida. Habla en falso francés, y mientras la miro me pregunto cómo logra ese impulso alegre y fugaz. Hay personas diseñadas de forma exquisita.

Nos comemos unos churros en la playa, mientras surfistas con neopreno se zambullen en las olas, montándolas como si quisiesen dominarlas, aunque lo cierto es que son ellas las que los dominan siempre, rompiéndose y haciéndoles caer. Más al norte, se entrevén los aburguesados pueblos costeros de Iparralde: Saint-Jean-de-Luz, Guèthary, Bidart, Biarritz. Hacia las Landas, el cielo es muy gris, casi negro. Noto el palpitar de algo que no soy capaz de caracterizar ni definir. No es nostalgia, es otra cosa. Embadurnado por esa sensación imprecisa, el regreso se vuelve cansado, eterno.

Destemplado, salgo a pasear por Irún, un pueblo que no llegué a conocer en el pasado. Veo jugar a los niños en el anfiteatro hundido, y en un bar me tomo una cerveza solitaria mientras ojeo El Correo. Luego regreso.

Hacer el amor entre espejos.

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3 comentarios en “12 de noviembre; BARCELONA – IRÚN

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