Cuando lees un clásico (Libra, de Don DeLillo)

9788432222986

En The End of Tour, se ve a un David Foster Wallace que no resulta ser lo que David Lipsky esperaba. En la vida suele pasar, pero se nos olvida fácilmente. Me ha pasado con Libra, de Don DeLillo, que es de lo que quiero hablar, y no de David Foster Wallace. En mi reciente tour de forcé de clásicos norteamericanos del siglo XX, suponía que un libro sobre Lee Oswald, el presunto asesino de Kennedy, respondería más bien a un mamotreto patriótico e inflado, conspiracionista, y no tanto a una obra maestra. Prejuicios. Me equivoqué en casi todo. Especialmente, en lo de esperarme algo. Uno debe enfrentarse a los libros con los menores prejuicios posibles. Obvio que en este caso era complicado. El asesinato de Kennedy es uno de los grandes hechos históricos del siglo pasado, y aunque ocurrió mucho antes de que yo naciese, pervive en el imaginario colectivo como ese mágico momento en el que los norteamericanos sintieron que no eran invulnerables a sí mismos, y que su patria no era concebida del mismo modo por todos sus habitantes. Estoy convencido, después de leer Libra, de que Lee Oswald era un patriota, a su manera. Aparte de esos convencimientos del conspiranoico convencido que soy, me resultó difícil enfrentarme al libro borrando lo que ya sabía, y sobre todo, lo que no sabía e imaginaba. Las conspiraciones, sean o no ciertas, aportan un poquito de sal y pimienta a los períodos históricos, los convierten en algo más reluciente.

“Es uno de esos momentos en que no sé si lo estoy viviendo o lo estoy recordando”

¿Ocurrió el asesinato de Kennedy? ¿Fue Lee Oswald en completa soledad, o había más personas disparando alrededor de aquel coche iluminado por la luz del Sol? Me gusta la forma en la que la realidad se contornea y se difumina, ese existir en ‘un mundo dentro del mundo’. Libra cuenta una historia oscura, y esa oscuridad ‘tenía poder’. DeLillo lo cuenta con una prosa que cuesta (o que me costó), y que se agita entre diferentes lugares, delineándonos la compleja personalidad inventada de Lee Oswald, un retrato psicológico vital profundo y escalofriante. Por momentos, parece que DeLillo hubiese sido amigo íntimo del asesino, o quizá que incluso hubiese sido el mismísimo asesino. El perfil se elabora con maestría pero con un punto de lirismo confuso que te arranca fuera de la historia. También con maestría delinea la orquesta que rodea a Oswald, las diferentes capas y niveles de actores participando en uno de los hechos más simbólicos del S. XX: un trío de traidores desquiciados tras la catástrofe de Cochinos, el misterioso Ferrie, que con su tupé dantesco y un corolario de cualidades rocambolescas guía a Oswald hacia el final, la críptica esposa soviética de Oswald, la madre oscilando por toda la obra como buscando qué se torció y en qué momento, el propio asesino de Oswald (matrioshka de sangre), el ermitaño dedicado a recopilar y comprender toda la información que existe acerca del caso. Y la tendencia astrológica impregnándolo todo. Libra.

Pero Oswald es el actor central, un ser débil, pura realidad y fantasía de unos Estados Unidos siempre acostumbrados a la fortaleza y al todo lo puedo. Oswald resulta contradictorio, confuso, a veces un conspirador, a veces un niño, es endeble: “Lo que te mata es aquello en lo que fijas tu mente, tu obsesión personal y absoluta. Si eres poeta, la poesía te mata, y así sucesivamente. Se sepa o no, cada uno elige su propia muerte”. La debilidad y su necesidad de algo más es lo que termina empujándole hacia un destino prefijado. Es la forma en que, además, DeLillo se mofa de los poderes fácticos y la jerarquía incapaz de las agencias, renegando de la superioridad de las operaciones secretas, de las dobles caras, de la desconfianza de una burocracia inasumible. Incluso Fidel Castro acaba convertido en caricatura de comedia, cuya existencia solamente merece la pena como contrapunto a la sonrisa de Kennedy. La conspiración, convertida en una concatenación absurda de azares patéticos que finalizan en una muerte accidental.

Hasta aquí la maestría. Pero también hay una cara oscura. Libra me ha parecido un poco pesado, con exceso de páginas. Mucha de su prosa es, además, vaga e imprecisa, o al menos demasiado privada. Cuesta identificar a algunos personajes, como si todos fuesen la emanación del mismo, y muchos comportamientos resultan forzados o excesivamente ambivalentes. Quizá eso responda a una intención, porque “Llevamos vidas más interesantes de lo que creemos. Somos personajes de las tramas, sin comprensión ni visos sobrenaturales. Atentamente analizadas en todas sus afinidades y vínculos, nuestras vidas abundan en significados sugerentes, en temas y giros enrevesados que no nos hemos permitido ver en su totalidad”. Es esa indefinición espiritual la que, quizá, me ha impedido conectar con la novela y paladearla con el gusto de las cosas que no quieres dejar ir. Quizá en esa falta de conexión haya también algo de europeidad o de desprecio ante el tedioso ombliguismo de los norteamericanos. También, quizá, que el asesinato de Kennedy signifique poca cosa para mi generación, poco más que otro símbolo pop como Marilyn o la música country o las palmeras de Beverly Hills (o un comentario en una canción de Manos de Topo).

Y a pesar de las luces y las sombras, reconozco la maestría de un autor al que solamente digo Hasta luego, pero no adiós.

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Un comentario en “Cuando lees un clásico (Libra, de Don DeLillo)

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