13 de noviembre; IRÚN – DONOSTIA

Senda Estelar 013

El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma. Epicuro

Arde la luz en un cielo blanquecino (Está o día amerado, se dice en las Rías Baixas). Estamos en un lánguido despacho adyacente a la iglesia de Irún, y un cura algo taciturno y cínico nos da las credenciales, escribiendo en la de María, como lugar de origen, SANJENJO. Aún estoy pensando que se merecería una buena hostia cuando nos desea un Buen Camino con hálito burocrático. Salimos de allí. Empieza a hacer calor mientras seguimos las confusas flechas amarillas en las calles de Irún. Llevo en la mano el conjunto de papeles que serán nuestra guía a lo largo de más de treinta días de viaje, las sucesivas etapas extraídas de la página del Consumer Eroski que imprimí en la Háskoli Ísland. Las mochilas tintinean a nuestras espaldas, como si mantuviesen una conversación privada e incomprensible. Los edificios van perdiendo altura y ganando huerta, hasta que de pronto estamos lejos de Irún, rodeados de marismas entre cuyos juncos juegan los cisnes sucios, y frente a nosotros, hacia arriba, la muralla costera del Jaizkibel, que baila en mi cabeza como si fuera un dios antediluviano y pretérito.

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Se nos escapa el mar y su aroma mientras atravesamos un barrio tranquilo. Siento que todo está lleno de referencias. Vi muchas veces al Jaizkibel en los mapas y en fotos, paralelo a la costa entre Francia y Donostia, y para mí ya casi tiene un matiz legendario. Etapa clásica de la Vuelta a País Vasco, hasta me suena bien al pronunciarlo: jais-ki-bel. Atravesamos parroquias silenciosas y cercados tras los cuales pastan con gracia intrínseca caballos enanos, una raza vasca llamada pottoka. Son una caricatura en sí mismos, e incluso las ovejas, a su lado, les miran con cierta indiferencia y media sonrisa en sus bocas. Nuestros pasos sobre el asfalto liso, el sonido de mi bastón que acompaña el runrún del camino, también el de un pedazo de junco que María pretende usar como bastón y que resulta endeble y hasta ridículo.

La subida a Jaizkibel es extenuante, y aderezamos los pasos con selfies ridículos, instantes que nos sirven para recuperar el aliento. Irún y Hondarribia han desaparecido, ocultas tras los pinos y la pendiente, y en el cielo azul se han ido aglomerando nubes que convierten la luz en una pátina blanca y dolorosa. Todo deslumbra y pierde color. A nuestra derecha, la loma empinada del monte sube, a la izquierda, se desploma hacia el valle, más allá se distingue su otra pared, ya casi en Francia. El camino está hecho de tierra arenosa y grandes bloques de piedras laminadas. Nos encontramos con una serpiente oscura y adormilada.

Me ha empezado a doler la cabeza, y el sudor se acumula en mi espalda, pero la pendiente acaba cediendo y pasamos unos kilómetros bordeando la cara interior del monte, hasta iniciar el descenso hacia Pasaia San Juan. Encontramos un Gora ETA destemplado y hortera.

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El descenso también resulta cansado, por vertical, y al terminar, siento un hambre que hasta atenúa el dolor de cabeza. Entrando en las calles de Pasaia, recuerdo la primera y única vez que estuve allí, en ese paseo-calle estrecho y pegado al mar. Todos aquellos carteles a favor del acercamiento de los presos, de la lucha armada, de la anarquía, de la independentzia, todas las miradas que a un foráneo le parecían amenazadoras, y el aviso previo de que Mejor no hagas fotos, algo que me dijeron como broma para asustarme, pero que yo me creí. El mismo lugar luce diferente ahora, más apagado, más tranquilo (y menos divertido). Más normal. Han pasado años por medio, me digo. Entramos en un bar pequeño y pedimos un bocadillo de tortilla. Hay un par de jubilados discutiendo airadamente medio en euskera medio en castellano, una de esas conversaciones cotidianas que una vida rutinaria convierte en debates de trascendencia. Siempre me ha hecho gracia el acento de los vascos cuando hablan castellano. Es un acento bruto y honesto, puro.

Después de comer, salimos afuera y buscamos la barquita que nos cruzará a Pasaia San Pedro. Es una txalupa ridícula por pequeña que salva un salto de poco más de cien metros. Al otro lado, luce una pequeña línea de casas, y los viejos astilleros y factorías abandonados.

En otros tiempos pura actividad, hoy ya no son más que chatarra vieja y óxido y salitre, el recuerdo de una Euskadi de fundiciones e industrias. Estamos cansados y a mí la cerveza me aviva el dolor de cabeza. Dejamos atrás Pasaia San Pedro, bordeando industrias que o están abandonadas o lo parecen, recuerdos de una Euskadi industrializada y contaminada, hasta encontrarnos con una larga ristra de escaleras que ascienden el monte que separa Pasaia de Donostia. Frente a nosotros, la abertura de esta ría minúscula, el mar bravo al otro lado, rompiendo contra el espigón y transformándose en espuma. María insiste en lo precioso que le pareció el perfil de las casitas apiñadas, como hombro con hombro, y yo me sonrío. Encontrarse las cosas por primera vez siempre es una sensación grandiosa, incomparable.

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La subida por las escaleras es agotadora, escalones de piedra desiguales, inclinados, girados, curvas para salvar la pendiente, y a todo esto le sigue una sucesión de subidas y bajadas por el terreno costero, ondulado como el mantel de una mesa tras una comilona. Viejos puentes derruidos, casas abandonadas comidas por la maleza, faros y una selva de helechos, pinos y zarzas, y la bruma. Noto las piernas cansadas, cargándose poco a poco, y el peso de la mochila en los hombros, tirando de mí hacia abajo. Llevo el aliento perdido. Está siendo más duro de lo que hubiera esperado para una primera etapa. La mirada de María me devuelve las mismas sensaciones.

Lo salvaje da paso a lo civilizado unos kilómetros más tarde, en forma de sucesión de chalets de gente con cuentas corrientes grandes y que jamás harían el Camino de Santiago, o al menos, eso pienso yo, frustrado y cansado mientras se me atasca el bastón y descendemos abruptamente por unas escaleras que atraviesan la carretera, que serpentea para llegar a Donostia. El día sigue gris, cayendo, pero a lo lejos ya se distingue la ciudad, la Zurriola con sus surfistas que no son más que puntitos oscuros entre la espuma, el Kursaal recortado tras la lengua de arena, la entrada de la ría. Mis piernas están rotas, y María afirma estar destrozada, y la creo.

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Protagonizamos, quizá, la entrada menos triunfal que se recuerde en Donostia. Cansados y arrastrando los pies, María con su junco medio doblado, yo con los hombros doloridos. Joder con el primer día, digo mientras avanzamos por las aceras sintiendo las miradas despistadas de la gente. Atravesamos el puente de la ría, el casco viejo y el ayuntamiento, para luego emerger a la Concha, que caminamos con desidia mientras anochece, a la sombra de la isla de Santa Clara y con el aristocrático perfil del Igueldo en lo alto. El albergue está a sus pies. Nuestro paseo se convierte en una travesía penosa. Aunque estamos en noviembre, hace calor y la playa el paseo está atestado de gente, se nota una algarabía veraniega en el aire que contrasta con nuestro gesto agotado. Las flechas amarillas, tan útiles durante el día, se vuelven confusas y acaban por confundirnos. Así, avanzamos más de un cuarto de hora subiendo una larga cuesta, hasta que nos damos cuenta de que estábamos caminando la primera parte de la etapa siguiente. Frustrados, damos media vuelta y deshacemos el camino.

 

Resulta no haber casi nadie en el albergue, y estamos solos en la habitación. La ducha es larga y apenas reparadora. María me enseña una roncha descomunal en la zona lumbar de su espalda. Es tan grande como un folio, y cuando lo acaricio, la piel está alzada y punteada. Salimos del albergue. En mi mente me había dibujado un paisaje espectacular en el que disfrutábamos unos pinchos y unos zuritos, pero estamos demasiados cansados, y el paseo por el casco viejo me resulta apagado. Además, no es como lo recordaba, y ya sé que los recuerdos son imágenes inexactas. Me doy cuenta de que Donostia no ha cambiado (excepto los precios, siempre a más), sino que he sido yo quien lo ha hecho. Nos comemos un par de pinchos extraordinariamente caros, y luego unos bocatas. Apagados por el cansancio, hablamos poco. Mientras comemos el bocadillo, famélicos y en silencio, pienso en esas mismas calles repletas en las fiestas de verano, la batalla de fuegos artificiales que nunca llegué a ver más que por la ETB, juergas de cuadrillas mezcladas con hordas de turistas sorprendidos, locales a reventar.

Volvemos andando para no gastar más, y el camino se hace increíblemente largo. En el albergue, ya no tenemos más fuerzas que para dormir, aunque con el último hálito del día, intento leer un poco.

Hasta apagar la luz.

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