14 de noviembre; DONOSTIA – ZARAUZ

Senda Estelar 029

La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy. Séneca

 

Al despertar, me siento mucho mejor de lo que hubiera esperado. Las agujetas me suben por las piernas, pero son viejas amigas. Evidencian que mis músculos aceptan el reto y piden más oxígeno. También María se siente mejor. La erupción de su espalda casi ha desaparecido, y con buen humor, nos metemos entre pecho y espalda un desayuno contundente en el comedor del albergue (que resultó no estar tan vacío, todo lo contrario, bulle de actividad). Saco los papeles de la guía fragmentada, y ojeamos los albergues de las próximas etapas. Euskadi es un caos en ese sentido: a mediados de noviembre, muchos albergues oficiales están cerrados, y solamente nos quedan los albergues privados (sensiblemente más caros) o, mucho peor, pensiones u hoteles. A excepción de Gernika, encontramos alguna solución en casi todos los fines de etapa.

Abandonamos el albergue al fresco de la mañana, y empezamos a re-andar el camino cubierto de hojas húmedas que ayer caminamos por error. El municipio de Donostia queda a nuestras espaldas mientras entramos en el de Igueldo, un sendero de pistas vecinales que avanzan paralelas al mar.

Senda Estelar 030

Sobre nuestras cabezas, un cielo gris grano y la amenaza constante de la lluvia. El mundo es bosque, decía Ursula K. Le Guin en la novela homónima, parches de árboles que recubren el asfalto mojado, túneles y terraplenes cortados por donde la carretera surge, regatos entre la hierba. Los faros de los coches de trabajadores que van a la capital a trabajar iluminan la carretera, tornándose dobles, pero con el paso de los minutos el tráfico se reduce. No acabamos de ver el mar, que estará a nuestra derecha de aquí casi al final del Camino. Oculto por los árboles, se escucha su rumor constante amasando la costa.

En una docena de casas arremolinadas en torno a la carretera vieja, nos encontramos con el puesto que un amigo del Camino ha montado para los peregrinos: hay agua, información plastificada en varios idiomas, y media docena de vieiras.

Senda Estelar 031

Cojo una y me la ato en la mochila, María me imita, mientras en la pared de cemento leemos en pintura amarillo chillón que faltan solamente 795 km para llegar a Compostela. El número me resulta extraño, algo indiferente también, como el recorrido del Camino dibujado en un mapa. Los mapas geográficos rara vez encuentran sincronía con los mentales. Al reanudar la marcha, miro hacia la casa en donde quizá el amigo del Camino nos observa, satisfecho por la ayuda prestada y por el mero hecho de contemplar a dos peregrinos avanzando.

La carretera se vuelve sinuosa, caminamos en el silencio de nuestros pasos. Los caseríos enfrentan el mar, rodeados de luminosos prados en donde las vacas pacen sin mayor interés en los asuntos humanos. ¿Carecen de memoria?, me pregunto, recordando las Memorias de una vaca de Bernardo Atxaga. ¿Solamente mascan, sin cesar? ¿Son alfa, son omega? ¿Comprenden su propia historia, tienen anhelos, frustraciones? El cielo y el sol juegan al escondite con nosotros, amenazando lluvia y luego recortando, en un amago que me irrita. Cada vez que chispea, saco mi poncho morado y lo coloco, y para cuando estoy listo para la lluvia, las nubes deciden esperar a un momento mejor. En el lateral de un camión aparcado, leemos Viviendo aquí no se puede estar de mala leche, y tras él, una larga sucesión costera de caseríos, espacio de bosque y mar, como una imagen polidimensional que cerciorase la afirmación.

Senda Estelar 033

Otro cartel: 787 km a Compostela. Juego a comérmelo. María desafía la cámara, bajo su poncho lila semitransparente que ha traído desde Islandia.

El asfalto queda atrás mientras nos internamos en un largo sendero de rocas lisas, un túnel bajo la cubierta del bosque. Aquí dentro, la luz se vuelve plateada. Llegamos a Orio y sus calles empedradas, la enorme iglesia que lo domina todo. El supermercado del pueblo me recuerda instantáneamente al de mi barrio, a mi infancia, a esa época en la que devoraba una tableta de chocolate cada día, y en la que me enamoré perdidamente del chocolate negro. Compro algo de fruta y nueces, mientras María me espera fuera. Al salir, un hombre de aspecto bonachón y aire perturbado nos habla de la visualización creativa, del modo de visualizar el objeto o el sentido de la vida, y de cómo hacerlo ayuda a que el universo conspire para que finalmente ocurra. Resulta convincente a pesar de su tufo a Osho o Deepak Choopra, y quizá tocados por la magia de ese hombre, por la magia que aún se desprende de nuestras mentes tras la experiencia en Islandia, buscamos un callejón perdido y, con la ría a nuestros pies, comemos algo viendo pasar las aguas azul turquesa. En la otra orilla hay amarradas una docena de barquitas viejas, recortadas sobre el agua y con una vieja industria abandonada por detrás, los ventanucos de cristal hechos trizas como si las palomas se hubiesen vuelto kamikazes. María se lamenta del peso de su mochila, que descansa hombro con hombro con la mía, ambas inertes y apoyadas en una verja oxidada que impide el acceso a un edificio en ruinas. Todo nuestros lastres. ¿Cuántos kilos?

El gris se ha ido escurriendo al inframundo invisible que nos subyace, y el cielo se abre en claros por donde el Sol y su luz van cambiando la percepción de las cosas, los colores, las texturas, los movimientos. Todo me parece diferente mientras dejamos el pueblo, cambiando de orilla. Desde allí, el puente sobre la autovía se muestra como lo que es: un pegote asqueroso; y en sus pilares vemos cañas de pescar y pescadores que esperan con la calma del que no tiene nada mejor que hacer. Leo un siniestro TE AMO grabado en una pared de cemento. El camino se está volviendo solitario, símbolos comunistas en contenedores de la luz, orines junto a colegios, Orio desvanecido a nuestras espaldas, convirtiéndose al instante en un recuerdo ¿imborrable?

Senda Estelar 045

En una larga pendiente me vuelve el cansancio a las piernas, rodeados de los espaldares de txakolí ya vendimiados y esqueléticos, impasibles esperando el invierno. La subida no dura, en el fondo Nada dura para siempre, pienso melancólico y sorprendido por el aire caliente que inflama el aire. Los kilómetros silencian cualquier conversación, el traqueteo de nuestras mochilas, los dos perdidos en el continuo eterno de nuestros pensamientos y la percepción atenuada del mundo. Desde arriba, nos paramos un momento para ver la silueta de Getaria y el ratón. Familiaridad. Mi mente vaga entre los recuerdos de una borrachera insospechada, de una pendiente junto a los colegios en donde se podía aparcar gratis, del Elcano, de un puente de piedra sobre las calles adoquinadas, de aires medievales, del aroma afrutado del txakolí. De la mano de la nostalgia, me doy cuenta de que incluso los recuerdos más afianzados se van sumiendo en una niebla densa, en la que solamente una mano certera es capaz de sumergirse, y rescatarlos. No sé por qué, pero eso me hace pensar en la vejez, en cómo se sentirá tener el cerebro repleto de imágenes disociadas, distorsionadas, quien sabe si reales o no, los recuerdos vagamente palpados pero quizá falsos. Una interpretación imposible. El crepúsculo definitivo.

 

El descenso por la carretera asfaltada nos regala la imagen de Zarauz y su lengua de arena, las olas rompiendo con la violencia acostumbrada. Esas motitas oscuras son surfistas, también parejas que caminan por la playa dejando atrás sus huellas, grupos de personas en petit comité, perros disparados en una carrera crucial contra las olas y el mar. Nos internamos entre los edificios en busca del hotel que me he visto obligado a reservar unas horas antes, ante la falta de alojamiento en el pueblo. La habitación es muy barata, pero aun así demasiado cara para nosotros. Encontramos el hotel, un edificio burgués y con pinta de haber vivido épocas definitivamente mejores. Cubrimos el registro, mientras la encargada, una rubia de unos cuarenta, envarada y mal encarada, nos mira sin disimular su desagrado por acoger peregrinos. Pordioseros, leo en sus ojos.

La ducha nos repara, y hacemos el amor entre sábanas blancas. Después pensamos un rato en las siguientes etapas y en el dinero.

 

Aún queda día por delante, y salimos a las calles solitarias que conectan la carretera nacional con el paseo marítimo, en donde se concentra la gente a media tarde. Caminamos un rato por la playa, pero estamos cansados y acabamos volviendo. En el restaurante de Karlos Arguiñano, nos tomamos un té observando cómo el crepúsculo se empeña en transformar el horizonte en una paleta de colores. Le cuento a María que se me ha aparecido en la cabeza la imagen de una niña y un acantilado inmenso, su pared lisa y cortada, muchas cuerdas y escaleras. Gente que vive ahí. No tengo la menor idea de dónde viene esa imagen. Jamás he llegado a comprender la naturaleza exacta de ese dónde.

Antes de dejar el restaurante, logramos que nos sellen la credencial, y luego buscamos un Eroski mientras le cuento a María lo que ya le he contado a mucha gente antes: que Euskadi es un lugar para vivir. Luego la conversación deriva caóticamente entre los espárragos de Navarra y la revolución verde, el asma y las alergias, el cáncer. Compramos algo para cenar, también sidra, y el recepcionista nos mira con cara de sorpresa al ver las bolsas hinchadas. Con la cama como mantel improvisado, armamos unos bocadillos de pimientos del piquillo y espárragos, y la sidra que he logrado abrir con el cuchillo a falta de abridor, y que vierto en dos vasos de plástico. María luce muy cansada, y tras su bocadillo y un sorbo de sidra, la veo dormirse mientras la televisión está en MUTE y yo avanzo con Colin Thubron en su viaje por el Tíbet, hacia la montaña sagrada.

Al final, casi desdoblado de mí mismo, contemplo como me duermo.

 

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3 comentarios en “14 de noviembre; DONOSTIA – ZARAUZ

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