15 de noviembre; ZARAUZ – DEBA

Senda Estelar 057

La medida del amor es amar sin medida. San Agustín

 

Es sábado, y nos despertarnos de un sueño profundísimo, de esos que tardan un buen rato que abandonar tu cuerpo. Decidimos no desayunar con tanta contundencia como los días anteriores, pero sin té ni café, empieza a dolernos la cabeza casi al salir del hotel. El camino oficial abandona la costa durante unos kilómetros para subir un monte y así salvar la distancia entre Zarauz y Getaria, pero lo ignoramos. El paseo marítimo entre estos dos pueblos capitales de la costa guipuzcoana es precioso, y hace un día lleno de luz. Paralela a la nacional, la senda de madera está colgada sobre el mar, que rompe bajo nuestros pies con violencia, llenando de espuma el aire fresco. Nos cruzamos con muchos que aprovechan la mañana para ir a correr un poco, embutidos en sus mallas de Decathlon y mezclados con mareas de jubilados, manos a la espalda, que les miran como sin comprender que no aprovechen su tiempo libre para descansar. Apoyados en la baranda, cuelgan los sedales de pescadores que con optimismo pretenden pescar en las aguas revueltas. Las cañas apuntan al cielo. Hay bandadas de ciclistas que silban por la carretera, al unísono como si fuesen un único organismo. Me duele un poco la rodilla derecha, y a mi lado, María se lamenta de las agujetas, y del peso de su mochila. Ese peso extra que creyó que podría acarrear a lo largo de más de ochocientos kilómetros ha resultado ser inasumible, así que se decide a enviar un paquete a casa de sus padres y así caminar más liviana. Mientras hablamos del peso, y de mi dolor en la rodilla, nos cruzamos con un patinador al que le falta media pierna, y nos quedamos callados. A veces, el cosmos decide hacerte un ‘zas en toda la boca’.

Senda Estelar 052

Enfrente al frontón de Getaria, María entra la oficina de Correos, mientras yo miro el ayuntamiento y esa cancha de pelota. No hay nadie jugando, pero me imagino el sonido de la dura pelota contra la pared, las manos hinchadas y anudadas de esparadrapo, los huesos machacados. Siempre me ha parecido un deporte masoquista y terco. La pesa de la oficina resulta estar estropeada, de modo que la empleada le recomienda a María que pruebe suerte en Zumaia, siguiente pueblo de la etapa, que de nuevo sigue la costa de Guipuzkoa. Mientras caminamos hacia él, intento rascar en mi memoria y recordar las calles de Zumaia. No estoy muy seguro de que haya estado allí, y en mi cabeza se agitan calles de diferentes pueblos de la costa superpuestas unas a otras: Bermeo, Deba, Mutriku, Ondarroa, Lekeitio. Todo es un batiburrillo casi indiferenciado. No, creo que no he estado, me digo. Pero al llegar y observar la forma de la ría, lo recuerdo de pronto. El recuerdo estaba en mi cabeza, inaccesible a la espera de que algo lo disparase. De nuevo siento esa fragilidad de la memoria que en cierto modo me obsesiona. Entramos en la oficina de Correos, mientras afuera, en la ría, las traineras entrenan deslizándose a toda velocidad sobre las aguas oscuras. En la otra orilla, un astillero desierto. Suenan bombas de palenque en el aire, es día de fiesta. Algún santo.

Senda Estelar 055

Un reino de polvo, eso es la vida, pienso. De nuevo, no recuerdo dónde he leído la frase. Quizá fue hace años. Quizá en otra vida.

Redesayunamos en una cafetería del centro, yo un té con tartaleta de manzana, María café y cruasán. Fracasó nuestra tentativa de ahorro y dieta. Al salir, resignados y satisfechos, buscamos las flechas amarillas y empezamos el ascenso que nos llevará fuera de Zumaia. A medio ascenso, entro en una frutería y me dejo llevar por la nostalgia: compro medio kilo de alubias de Tolosa. La frutera es una mujer risueña y simpática, con la que bromeo mientras recuerdo el sabor de esas babarrunas en mi paladar, y en mis intestinos, horas más tarde, el fragor de una batalla sulfurosa. Quizá no es más que nostalgia, o no más que un homenaje a aquella anciana del Goierri que las cocinaba con tanto amor y que ahora está en otro lugar, tan lejano. Harina de otra costal es el medio kilo de peso que he sumado a mi mochila lo que resta de Camino.

La pendiente es agotadora, pero al menos nos regala una soberbia panorámica de Zumaia y su ría. El cielo antes limpio de nubes está empezando a nublarse. En los prados, las vacas ni siquiera se inmutan, circulan entre viñedos de txakolí con calma y con las montañas dibujando en el horizonte un muro que corre hacia el este, como nuestros pasos. A la derecha, el mar es pura luz, centellea. Nos invade la monotonía del caminar. En una cuneta, dos bidones de leche ruegan silencio: La calidad de la leche de estas vacas depende de su tranquilidad. La de las vacas sí que es vida, pienso, aunque sé que no es más que una idiotez. Alfa y omega. Ya se palpa la lluvia en el aire, y un viento atroz, que nos recuerda al que asola las calles de Reykjavík, empieza a soplar desde el mar como si quisiese arrancar la tierra.

 

Estamos sentados al borde de una casa abandonada, tras un largo tramo de ascenso entre terrazas habitadas por cabras. Mis animales favoritos, mirándome y mascando el aire con actitud de suficiencia.

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Estamos comiéndonos una reineta, pero yo termino primero y mis piernas no me aguantan sentado, así que me levanto y vago alrededor de las ruinas de la casa, mirando los rincones, imaginándome sus habitantes, y los espectros invisibles que han dejado atrás. Lo peor de parar, me dice María, cuando vuelvo a aparecer a su lado, es volverse a poner luego la mochila.

Nos enfrentamos a un fuerte repecho de asfalto, luego otro de tierra y bosque, en completa ausencia de coches, y al terminar la subida, leo con una sonrisa un Free your mind pintado sobre un depósito de gas abandonado y oxidado y medio devorado por la maleza.

Senda Estelar 061

Aún sigo pensando en lo mucho que me gustan las cabras, cuando se termina la última pendiente del día. Hemos dejado atrás la subida a Itziar, que según dice la guía es una de las cuestas más duras de todo el camino en Euskadi. Las nubes de lluvia nos están rodeando como un ejército que se prepara para el sitio de una gran ciudad, pero logramos llegar a Deba antes de que rompa a llover. Enclaustrado y oscurecido entre colinas y acantilados, Deba es una auténtica oda al vértigo. Estamos a sábado y es la hora de comer, así que las calles están desiertas y la atmósfera oscura resulta deprimente y opresiva. Edificios de ladrillo oscuro habitados por familias de clase obrera, y apiñados y elevados para salvar el desnivel. Rodamos por las calles y entre los ascensores construidos para descanso de las piernas de los habitantes del pueblo, hasta llegar a la plaza mayor. La oficina de turismo en donde hemos de recoger la llave del albergue está cerrada, así que nos metemos en un bar de la plaza con una atmósfera de sobremesa y fiesta. Mis ojos se iluminan al ver la tortilla en la barra. Una cerveza, un café, un pintxo. Vamos entrando en calor mientras observamos a las familias jóvenes con sus hijos aburridos de las conversaciones de los mayores. El suelo está lleno de servilletas y cáscaras de cacahuetes.

Hoy río por no llorar, decía Delafé y las Flores Azules en una canción.

Cuando la oficina abre al fin, recogemos la llave y la mujer nos explica que la etapa siguiente es especial, y no sólo por su dureza, que también, sino porque el dueño de las tierras por donde pasa parte del camino es un imbécil paranoico que cubre con pintura negra las flechas amarillas. Así que nos entrega un folio fotocopiado con un mapa dibujado a mano, antes de desearnos buena suerte y buen camino.

El albergue, recién reformado, ocupa la parte superior a la estación del Euskotren, y no hay nadie más: ventajas de hacer el camino en otoño-invierno.

 

Después de ducharnos y descansar, y de que yo lea con cierta indiferencia sobre la filosofía de San Agustín, salimos a hacer la compra a un Eroski, en donde nos vemos rodeados de adolescentes que preparan concienzudamente y entre risas la jornada nocturna de botellón. A mí ya se me había olvidado que era sábado, en las calles hay mucho ambiente aunque terminamos metiéndonos precisamente en el bar menos auténtico del pueblo, un garito regentado por sudamericanos en donde, a pesar de todo, los pintxos son más que aceptables. Charlamos un rato sobre la etapa del día siguiente, la más terrible de todo el Camino del Norte, según dicen, y que discurre entre Deba y un lugar llamado Markina-Xemein que ni siquiera a mí me suena. El camino, tras transitar por la costa durante unas etapas,  se interna y esconde entre montañas hasta emerger en Bilbao. El albergue de Markina está cerrado en invierno, así que a la etapa, ya de por sí dura, habremos de sumarle otros siete kilómetros hasta llegar a lo alto de un monte, en donde el monasterio de Zenorrutza ofrece hospedaje a peregrinos.

Bufo pero la aventura me estremece, y por la noche, una vez apagada la luz de la habitación, como en un presagio de la dureza que se avecina, doy vueltas en la litera de arriba con la luz de la calle entrando y cayendo directamente sobre mis ojos, mientras María duerme a pierna suelta. De la calle llegan, también, los gritos de los adolescentes que disfrutan de la fiesta enardecidos por el alcohol. Tardo en dormirme.

Vueltas y vueltas, y más vueltas.

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Un comentario en “15 de noviembre; ZARAUZ – DEBA

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