16 de noviembre; DEBA – MARKINA-XEMEIN – ZENORRUTZA

Senda Estelar 069

La gloria humana no es otra cosa que un gran rumor de viento en los oídos. Boecio

 

Una noche de pesadillas siempre conduce a un despertar feliz. Supongo que la mente puede crear una realidad mucho más terrorífica… Hacemos rápido la mochila y tras desayunar ligero, echamos a andar. Es muy temprano. Nos hacen falta las horas: la de hoy es la etapa más dura de Euskadi y me tiene preocupado que se nos haga de noche. Estamos animados. En un muelle de la ría, una docena de cisnes negros se nos acercan con curiosidad interesada, pero no tenemos nada que arrojarles.

Cruzamos la ría, y al otro lado una pista de asfalto pica hacia arriba. Pronto estamos rodeados de bosque, y seguimos por ese asfalto frío hasta que un cruce nos desvía al interior del monte. Junto al arcén, un hombre de unos cincuenta años y rostro agrio nos mira con ¿desprecio? desde dentro de su todoterreno. Me imagino que es el Imbécil del que nos hablaron ayer, y durante un rato, María y yo hablamos de los motivos que puede tener alguien parar pintar las señales peregrinas con pintura negra. Es idiota, concluyo, si quisiera confundirnos debería pintarlas de amarillo.

Senda Estelar 068

El día sigue el patrón de los anteriores: amanecer limpio, pero nubes premonitorias sobre el horizonte. Esperan su momento, como todos en la vida. Subimos el Kalvario, siento las piernas frescas. En la huerta frontal de una casa, nos encontramos con un gato negro sobre un tronco cortado. No es más que un cachorro, entrena los saltos. Muy ilustrativo, pienso. Está abriendo los ojos al mundo.

Senda Estelar 070

La mañana se va desgranando en una sucesión de rampas que atraviesan el bosque, rodeados de pinos, abetos y robles, numerosas vacas solitarias nos observan con su mirada bovina. La segunda gran rampa es larguísima, y bajo el sol cruzamos la frontera entre Gipuzkoa y Bizkaia.

Senda Estelar 072

Son tres kilómetros llenos de sudor y con el único sonido de nuestros pasos como compañía. Entre las ramas, los árboles desafían a la gravedad en picados sorprendentes. Brisa en las hojas afiladas, el aire que empieza a poblarse de humedad. De alguna forma, empiezo a sentir la soledad del camino, o al menos una clase de calmada introspección. A nuestros pies, en los charcos, descubrimos racimos de embriones de rana, algunos aplastados por ruedas de tractor. Jamás una rueda pensó en la tierra que pisa. La figura desvencijada de un viejo coche, obelisco a la decadencia.

El adiós al mar, hundido a lo lejos en su propia existencia. Seguimos un riachuelo teñido de naranja y rodeado de laderas desbrozadas, desnudas, raquíticas, hasta encontrar un caserío abandonado en medio de la nada. Pienso en las formas de vida que murieron: la migración hacia las urbes en donde la vida adolece entre asfalto y vidrio y, sobre todo, plástico y aire contaminado. Me pregunto cómo ha sucedido. Esos muros podridos, tejados hundidos, ventanas rotas o tapiadas, la maleza borrando los trazos de la existencia. ¿Cómo ha pasado?

Senda Estelar 077

 

La última gran rampa muere, no era para tanto, poco más que un sendero irregular entre pinos, erosionado por la lluvia y repleto de piedras incólumes. Sin embargo, nuestras piernas notan el paso de los kilómetros. Al llegar arriba, suspiramos cansados, antes de iniciar un largo descenso. El cielo se ha convertido, casi sin que nos diésemos cuenta, en un lienzo gris sin detalles que va cayendo hacia el suelo como un techo que se hunde. Llegamos a Markina-Xemein, yo con el aliento perdido, y entramos en una iglesia construida alrededor de una gran roca que parece un meteorito antiquísimo convertido en deidad.

Recuperamos el aliento y salimos justo cuando empieza a llover. Son casi las tres de la tarde, y aunque casi todas las calles están vacías, en la calle de bares hay un estruendoso bullicio de domingo: niños excitados en triciclos de plástico, persiguiéndose unos a otros, padres jóvenes tomándose vinos felizmente insustanciales, cáscaras de cacahuetes que siembran el suelo de los locales. Nos tomamos un pintxo y una cerveza, sintiéndonos algo observados, mientras alrededor disfrutamos la fiesta con la mirada. Contemplo a un negro hablando euskera en un corro de euskaldunes, y no logro diferenciar su acento del de sus compañeros.

Nos quedaríamos de buen grado en Markina-Xemein, pero ninguno de los dos lo menciona. No hay alojamiento asumible, solamente carísimas casas rurales, así que al rato nos levantamos y subimos las mochilas a las espaldas húmedas de sudor, y echamos a andar. Pronto Markina desaparece. Nos movemos por un sendero junto al río, paralelo a una hilera de cipreses asustados, y que nos lleva al siguiente pueblo, una aglomeración de chalets pequeños que, según dice la guía, vio nacer a Simón Bolívar. Estamos cansados, y la llovizna convierte el camino en una travesía penosa. La niebla engulle los montes.

El camino nos desvía del asfalto hacia una empinada viacrucis fabricada con piedras lisas y resbaladizas. Se me mojan los pies mientras el día cae, cada vez más oscuro y con el aire frío alejando todo rastro de calor. El monasterio de está en lo alto del monte, y al llegar arriba, me da la impresión de que está abandonado. Varias construcciones de piedra arremolinadas alrededor de una iglesia. Tétrico y frío. Timbramos en la entrada pero nadie responde. Empiezo a irritarme, mientras observo un escaparate de productos que los monjes venden, y mientras tanto María intercepta a un hombre que camina bajo su paraguas. No sé qué le dice, pero el hombre nos arrastra hacia una estancia insospechada de la cual surge uno de los monjes. Es escuálido y el hábito le queda enorme. Calvo y pálido, casi anémico, me da la impresión de hombre triste. Nos acompaña con cierta torpeza hacia una pequeña estancia que dedican al hospedaje de peregrinos: una habitación fría con cuatro literas, un pequeño fregadero y un microondas. La puerta no tiene cerradura, pero descubro con alegría un pequeño ventilador de aire caliente. Desde las paredes nos miran rancias imágenes de santos. La situación tiene mucho de absurdo, o de ridículo, o eso me parece, mientras el monje nos informa de algunas normas de sentido común, y de que el donativo es completamente voluntario. Nos dice que la cena es a las ocho, una hora después de las oraciones, a las que nos invita a asistir.

Senda Estelar 079

Mis cojones, digo cuando se va. Después de trece años en un colegio de curas, y de renegar de la iglesia haciéndome apóstata, no tengo la menor intención de ir a misa. Sin embargo, María argumenta que habiéndonos ofrecido alojamiento y cena a cambio de nada, es lo menos que podemos hacer.

 

Nuestros cuerpos enfrían mientras la noche devora los montes. El silencio es casi exasperante, del exterior solamente llega la tenue caricia de la lluvia sobre la tierra. De dentro, el rugido apocado del ventilador secando calcetines y botas, mientras escribimos en nuestros respectivos diarios. Me pongo a planificar la siguiente etapa, que a fuerza de haber hecho hoy seis kilómetros de más, será más corta, y finalmente, a la hora de los maitines, salimos al mundo oscuro y caminamos hacia la iglesia, iluminados por apenas un par de bombillas tímidas. A la hora convenida, como en un intercambio de drogas, entramos en la casa de dios.

Somos el único público, a excepción del hombre del paraguas que nos guio hasta el monje y de un anciano que entra, se sienta y hunde la cabeza hasta casi tocarse las rodillas con ella. Como si fuera culpable de un delito inconfesable. Al poco aparecen las rockstars, los siete monjes del monasterio. Altar iluminado, el lugar central lo ocupa el monje que nos llevó a la habitación, y a cada lado otros tres compañeros. Es el líder, pienso, observando su organillo de niño. Empieza la función, antes de cada salmo, el monje anémico inaugura la canción con unos acordes solitarios y ridículos. Son como un retrato de los esperpentos de Valle-Inclán. Hay uno tan anciano que se confunde al cantar, y rompe el ritmo de los demás; el que está a su lado apenas es capaz de sostenerse bajo sus piernas, y necesita apoyarse en la silla. El de la esquina contraria parece sudamericano, y es insólitamente joven. Otro es muy bizco. En general, todos parecen muy aburridos, y mientras avanzan en su letanía eclesiástica, me dejo llevar por las sensaciones que palpitan dentro de la iglesia: el fragor de las piedras, el frío húmedo, las entonaciones cavernosas, el murmullo de un suelo pisado miles de veces. Mis propios pensamientos ululando en el aire y fundiéndose unos con otros.

 

Al terminar, uno de los monjes abandona el coro, y al llegar a nosotros, nos pregunta si somos peregrinos, como si hubiese alguna duda al respecto. Nos dice que salgamos al patio, que nos dará la cena a través de una ventana. La cena resulta ser un bol enorme de sopa de guisantes, una barra de pan congelada y un cartón de leche para el desayuno de mañana.

Todo me resulta tan surrealista que mientras caminamos de vuelta, me pregunto si realmente está sucediendo o hay una cámara oculta. Sin embargo, la sopa calienta nuestros cuerpos, precisamente lo que más necesitábamos.

No son ni las nueve cuando nos quedamos profundamente dormidos.

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