La mujer y el violín

Voy caminando con paso cansino hacia la biblioteca del pueblo. Hoy es uno de esos días fríos, gris ceniza, y las calles están desangeladas cuando aún no son ni las cinco. La luz del día ya cae, ruedan las hojas secas sobre los adoquines. Frente a la iglesia, en otra calle desierta, me encuentro con una mujer que toca el violín. Se me parece a Catherine Keener, pero algo más delgada y con el pelo muy negro. Hay un toque zíngaro en sus rasgos. De alguna forma, conozco la canción que toca, pero no acabo de ubicarla. Como único público, su pequeño perro negro, que la mira atento y pegadito a la funda abierta de la guitarra, donde alumbran unas monedas pequeñas. Al acercarme añado unas cuantas más, y ella me sonríe y me da las gracias. Qué sonrisa tan franca, tan luminosa, pienso. Una de esas sonrisas que alegran el corazón. También su perro me lo agradece, lamiéndome la mano, simpático y saltarín. Me despido con la mirada, y sigo caminando hacia la biblioteca, acompañado de esa música que conozco y cuyo título me esquiva, y pienso en que bien podría haberle hecho una fotografía con la que acompañar este texto que ya entonces sabía que escribiría. Pero supongo que eso pertenecería al orden de los que buscan, y yo solamente encontré.

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