17 de noviembre; ZENORRUTZA – GERNIKA – (BILBAO)

Senda Estelar 093

Teme al hombre de un solo libro. Santo Tomás de Aquino

 

Despertamos con el monje que nos sirvió la cena, que abre la puerta de la habitación y suelta un alegre Buenos días, al que acompaña con un Buen Camino antes de desaparecer. Son la siete de la mañana, y la habitación helada huele a botas mojadas, a ropa vieja, a pies. Qué bien se está debajo de las mantas, pienso, antes de salir al exterior. Nos vestimos rápido y conscientes de nuestro propio olor. Ayer decidimos no usar unas duchas sucias y de agua fría, y ahora arrastramos el olor con nosotros, como si fuese un viejo amigo. No me resulta incómodo, a decir verdad. Recogemos todo, dejamos nuestro donativo en el buzón, y salimos a la cima nubosa de la montaña. Los montes están envueltos en jirones de vapor de agua, y bajo una llovizna silenciosa, echamos a andar. Los caminos están empapados y embarrados, y aunque intentamos evitar los charcos, pronto mis botas no del todo secas vuelven a estar mojadas. El tacto húmedo de los calcetines y las botas en mis pies me pone de mal humor.

No ha pasado mucho rato cuando encontramos el camino completamente inundado. Es un tramo insólitamente cementado cubierto de un palmo de agua que corre limpia y apurada. Un arroyo que ha desbordado. Me encaramo a un lateral, y tratando de no caerme, y tiro al medio del camino dos piedras, sobre las que luego saltamos para salvar el problema. Me siento audaz, aventurero, incluso consciente de lo ridículo que probablemente ha resultado. No es más que un momento. Bajo el poncho, la humedad es bochornosa, sudo y la lluvia me agria. A mi lado, María camina resignada y convertida en una tortuga ninja bajo su poncho lila. En una finca, bajo la lluvia, dos burros amigables nos miran y se nos acercan en busca de comida. Al darse cuenta de que no obtendrán nada de nosotros, se vuelven a su hierba mojada, indiferentes; pero antes, se hacen amigos de María (me guardo la foto por expreso deseo de la protagonista; pero si la afición la pide…).

(introducir aquí foto oculta :P)

 

Todo se va convirtiendo en una sucesión de subidas y bajadas paralelas al rugir de los arroyos, que es una música que nos acompaña. Estamos sumergidos en un mundo verde-gris. Es como una pecera. Con el paso de las horas, la lluvia se contiene, y desaparece cuando emergemos del bosque y vislumbramos Gernika al fondo de su valle. Nuestros pasos suenan húmedos, chof-chof. Tenemos los calcetines completamente empapados.

En Gernika no hay alojamiento. Los albergues, públicos o privados, están cerrados, y el hotel más barato nos cuesta cuarenta y cinco euros la noche. Ya lo sabíamos ayer, pero lo comprobamos de nuevo sentados en un banco. Es lunes y la actividad en el centro de Gernika es frenética, como si el descanso del fin de semana hubiese dejado muchas cosas pendientes. La gente, al pasar, nos dedica una mirada soslayada y rápida antes de volver a sus asuntos. Las flechas amarillas nos conducen al albergue cerrado, pero giramos para meternos en la estación de tren. Tras un rato, aparece el primer tren que va a Bilbao, y nos subimos, obligados a distorsionar el viaje en favor de una economía de guerra. El día es gris y triste, y me recuerda Galicia en invierno. Esa Galicia que hace un año que no piso.

 

Bilbao resulta caótico tras la calma de los días de pueblecillos y montes. Demasiado grande, pienso. No tenemos ni idea de dónde estamos al salir de la estación de Abando, y vagamos por calles aledañas intentando encontrar algún mapa de la ciudad. Estamos cansados, y con los pies mojados. El día me luce eterno, inacabable, y como consecuencia de todo ello, nos enfadamos. El sol está calentando tras las nubes, empieza a hacer calor. Vagabundeamos en el metro, en donde nuestro aspecto nos delata, y un buen samaritano nos explica cómo funciona. Nuestra parada es DEUSTO, en la ribera norte de la ciudad. Hemos reservado dos camas en una habitación de seis en el hostal MOON, pero cuando llegamos está cerrado.  No abre hasta las cuatro, así que húmedos y cansados, pasamos el rato en un bar de costarricenses, transportados de pronto a latitudes tropicales. Comemos un poco de tortilla, y a las cuatro entramos en el hostal. Nuestra habitación tiene tres literas, y ocupamos una de ellas con la inocente esperanza de pasar la noche en soledad.

Con la caída de la luz, emergemos a las calles como vulgares morlocks. María atrae las miradas porque va en sandalias y estamos a mitad de noviembre, y el Bilbao laberíntico se muestra mientras la noche devora la ciudad. Se encienden las luces. Termino por recordar vagamente la geografía de la ciudad, y siguiendo mi mapa mental, nos movemos por esas calles de edificios altos, con el sonido del tráfico de la ciudad como coro artificial: ventanas iluminadas, tiendas apurando las últimas horas del día, gente que va al gimnasio. Mi ánimo va en descenso, también el de María. Nos paramos un momento en el bar Iruña, sobre el cual leí en El Comidista hace meses, aún en Islandia. Mosaicos de otro tiempo, camareros que te irritan, un rincón dirigido por un marroquí que cocina cordero a la brasa. Solamente nos quedamos un rato antes de regresar al hostal. De nuevo enfadados, o cansados, o las dos cosas.

WP_004355

 

Alguien entra en la habitación. La puerta golpea contra la pared, y nos quedamos mirando el umbral vacío. Resulta ser un hombre en muletas, está obviamente borracho y parece uno de esos yonquis con paga que aún no están demacrados del todo. Se deja caer ruidosamente en la litera contigua a la nuestra. Se llama Manu, dice. María me hace una seña y bajamos a la sala común para cenar. No le hace gracia compartir la habitación, y aunque intento quitarle hierro al asunto, tampoco me atrae la idea. Aun así, parece que consigo tranquilizarla, pero al volver Manu está bebiendo cerveza en su rincón, con el torso desnudo exhibiendo sus tatuajes. Tiene la mirada perdida. La situación es tensa, y quizá por ello, intento hablar con él, suavizar la situación de alguna forma. La reacción de Manu, y supongo que tendría que haberlo sabido, es la de contarnos su vida con pelos y señales, mientras da sorbos distraídos a sus latas de San Miguel. Su historia resulta ser una inolvidable retahíla de desgracias: accidentes de camión, mujeres santas, su hijo Urko, la misteriosamente postergada operación de cadera, una inevitable ansia de volver atrás, pisos en propiedad. No puedo saber cuánto de lo que cuenta es real o inventado. Su voz se distorsiona a medida que se vacía la tercera lata de San Miguel. Con toda la delicadeza que puedo, le digo que voy a apagar la luz, que mañana tenemos que madrugar mucho, y él balbucea algo de que a las seis también se levanta, y luego sigue hablando incoherentemente hasta que nos sumimos en un silencio que muerde. Sigo tenso, y sé que me costará dormir, pero María ronronea en la litera de arriba.

Estoy a punto de dormirme cuando entran los Tres Imbéciles. Ruido de maletas, móviles encendidos buscando sus camas, susurros amplificados. Me cago en vuestra puta vida, pienso, revolviéndome en la cama y carraspeando. Ya pasa la medianoche, y uno de los imbéciles se dedica a ducharse y afeitarse. Rozando la una de la madrugada, todo vuelve a quedarse tranquilo, y yo me regodeo mentalmente, desvelado, en que voy a despertarles a las seis de la mañana. Dulce venganza.

Tardo mucho en dormirme.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s