18 de noviembre; (BILBAO) – GERNIKA – BILBAO

Senda Estelar 104

Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen. Maquiavelo

 

Suena la alarma despertador del móvil y me levanto y camino silenciosamente hacia el armario. Manu duerme profundamente, y en la litera superior uno de los imbéciles se remueve y encuentra mi cara a menos de treinta centímetros (el espacio es mínimo). Se lleva un buen susto. Que se joda, se lo tiene merecido. Termino de sacar nuestras cosas, y tras vestirnos, abandonamos la habitación sintiendo un profundo alivio. Menuda noche, pienso intentando destensar mis hombros y aclarar las ideas: ronquidos, siseos, el movimiento de cuerpos sobre las sábanas rígidas tras miles de lavados, sonidos de origen indeterminado. Afuera, Bilbao es un desierto que aún está despertándose a la vida. Todo está muy silencioso y vacío, y el día sobre nuestras cabezas va amaneciendo grandioso y completamente despejado.

Llegamos a tiempo para coger el tren a Gernika, bien temprano, y todo parece ir bien hasta que me confundo, y terminamos en un tren directo a Durango. Mientras avanzamos hacia el Duranguesado, me pregunto con un deje de amargura si la confusión no obedece más bien a una reminiscencia inconsciente de un viaje realizado muchas veces. Recordaba la vieja estación de Durango como un edificio cutre y enclaustrado entre las vías y los viejos edificios de obreros, pero ahora resulta que han construido una nueva, vestida de platino y cristal, y subterránea: pura frialdad. El tiempo no se detiene nunca, para nadie, y el pasado es una ilusión imperfecta y tentadora, una ilusión recreada constantemente por un cerebro en perpetua búsqueda.

Logramos solucionar el desaguisado gracias a una empleada de Euskotren, y desandamos parte del camino, reenganchando finalmente con un tren a Gernika. Para cuando llegamos allí, hemos perdido dos horas y son las diez de la mañana. Sellamos la credencial y empezamos la larga jornada, en la que fusionaremos dos etapas para llegar a Bilbao y recuperar vagamente la linealidad del Camino.

 

Sin el peso de las mochilas, nuestros pasos son rápidos. Nos sentimos ligeros ante el contraste, y avanzamos como una exhalación por entre viejos caseríos, unos derruidos y otros dormidos, largos tramos de un bosque habitado de coches abandonados. Modernidad devorada por el óxido. Inmersos en el parque de Urdaibai, el paisaje es boscoso, denso y salvaje, a pesar de que Bilbao está muy cerca. Esos primeros kilómetros vuelan, y llegamos a Lezama en un suspiro, 25 km casi batiendo records.

Sentados en una marquesina desierta, sacamos nuestros pies al sol. Pálidos y húmedos, dejamos que el aire cálido los seque, para luego entrar en una taberna habitada por obreros en su período de recreo: cervezas, pintxos, el Marca abierto ante ellos y las conversaciones fútiles inundando el aire. Comemos algo con ese runrún de acompañamiento, mientras nuestros cuerpos se enfrían poco a poco. Al salir de allí, ya no caminamos rápido. Y además, el camino ha cambia. Estamos en el área metropolitana de Bilbao, y todo el camino se recubre de asfalto. Nos rodea un océano de naves industriales, camiones que van y vienen por todas partes haciendo temblar el suelo, el sonido de los aviones que suben y bajan del aeropuerto de Sondika. Enclaustrados entre la industria y la basura, sucios y tristes bloques de edificios intentan sobrevivir. A lo lejos, veo los edificios brillantes del parque tecnológico de Zamudio, en donde hace años dejé algunos CV, y en la propia Zamudio, algunas casas limpias y nuevas y bellas que intentan superar la fealdad de los residuos del mundo moderno. Humo y aromas artificiales en el aire, se puede palpar constantemente el contraste entre la armonía de los bosques y de la naturaleza, y el inexplicable mundo de asfalto, cartón y plástico en que nos hemos envuelto. Un capullo tóxico y triste.

Viramos para adentrarnos en una vía vecinal que sube rodeando un depósito de chatarra que parece el infierno. El metal deslumbra ante un sol que cae, y sobre nuestras cabezas, el cielo antes azul está volviéndose plata. La luz es triste.

Senda Estelar 106

En una finca enorme vemos a una perra solitaria, que recorre la verja buscando la caricia perdida, hasta que María se acerca y se la regala. Me pregunto cómo se siente, abandonada y observando el mundo detrás de una verja. Y luego me pregunto si no es así cómo vivimos nosotros también. Es el tipo de pensamiento triste en que caigo todo el tiempo, y que me parece tan triste.

Senda Estelar 108

En ese mismo camino, más arriba, descubrimos a otro perro enorme, que vigila la carretera y se acerca a nosotros a pleno galope, en su mirada una gravedad vidriosa. Como la de un alcohólico que te cuenta su vida. La espalda de María se tensa, recuerda a su madre y el terror que le tiene a los perros, y yo disimulo mantener la calma, le digo que somos dos y llevamos sendos bastones, y que en caso de pelea, lucharemos por nuestras vidas. María maldice al dueño que ha dejado suelto a un perro de ese tamaño, pero el chucho mantiene las distancias. Como ya suponía, no pretendía más que demostrar cuál era su territorio, y quién era el macho alfa.

Aún más arriba, desembocamos en una carretera general por la que caminamos confundidos casi medio kilómetro, antes de volver sobre nuestros pasos y encontrar el desvío correcto, de tierra y colina arriba. Bajo un platanero de hojas amarillas, nos mira un sofá viejo y desvencijado.

Senda Estelar 109

Terminamos el ascenso del monte Avril mientras la niebla cae sobre la ría de Bilbao, que desde lo más alto de la colina luce putrefacta y gris, un lugar habitado por ratas, la personificación urbana de todo el mundo moderno. Atravesamos un parque sórdido y frío, que más bien parece un picadero o un lugar de intercambio de parejas: gente de mirada extraña que pasea perros diminutos; en una explanada, grupitos de hombres arreglando coches tuneados; algunas personas que parecen esperar algo. Quizá es un espacio de intercambio de parejas, murmuro.

Avanzamos. Hace un rato que María cojea. Se ha hecho daño en un pie y se lamenta a cada paso que da. Es así como entramos en Bilbao, por el barrio de la Begoña, en un estado emocional penoso y hablando sobre los orígenes de la pederastia, sobre el doble juego de víctimas y culpables, la influencia de la sociedad moderna en la perversión de las actitudes, la existencia o no de una maldad inherente en el ser humano. De algún modo, es como si la urbe nos llevase de nuevo hacia todos esos problemas modernos que no parecen tener solución. Sin perspectivas nuevas en el horizonte. Es precisamente la hora a la que los niños salen del colegio, y me siento un pez fuera del agua enfrentado a esas vidas que ya no entiendo, y que quizá jamás entendí. En un parque, acompañado por el barullo de la media tarde, María se sienta en un banco y hablamos sobre qué hacer, sobre si subirnos a un urbano o no, pero es tan terca que terminamos levantándonos y avanzando de nuevo.

 

En la Plaza Circular, entramos en la oficina de turismo y pregunto sobre Portugalete y Pobeña, finales de etapa en donde tampoco hay alojamiento y tendremos que practicar ingeniería de caminos. Luego compramos una empanada pequeña y vamos al hostal. Esta vez nos hemos hecho con una habitación doble e individual, y nos duchamos mientras María llora al verse los pies destrozados. Hinchados y pálidos, con unas manchas rojas parecidas a sabañones. Me empapo las manos en el remedio de rescate de las flores de Bach, y se los masajeo con cuidado mientras ella me mira el pelo. Le miento diciéndole que eso le calmará el dolor, pero no tengo ni idea de si es cierto. La sugestión tiene un efecto mayor a cualquier paracetamol.

Descansamos.

Leo el libro de los filósofos, y más tarde, en la sala común, una hippie-yonki y su amante extranjero cocinan ajenos a todo como si estuviesen viviendo una grotesca luna de miel. Ella está obviamente drogada, y alaba sin cesar nuestra proeza de hacer el camino durante el invierno. Repite todo el tiempo Aupa, aupa, nos cuenta que una vez se hizo pasar por peregrina para tener un lugar en donde dormir. Me da pena. En otra mesa, un grupo de trabajadores rumanos observa en un silencio algo oscuro el España – Alemania.

Subimos pronto a la habitación, y nos vamos quedando dormidos poco a poco, arrasados por un cansancio que se nos pega al cuerpo como pegamento.

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