Hostias literarias

Es una obviedad que a todos los escritores nos une el mismo acto de escribir, al que llegamos a través de trayectorias vitales en muchos casos alejadas del tópico; la ecuación resuelta siguiendo métodos diferentes. Y todos somos únicos, por más que la esclavitud de la apariencia nos agrupe en clases y subtipos, géneros y estilos.

Somos únicos, y escribimos. Quizá ese Escribimos baste.

Admiro profundamente a los escritores que siempre han tenido clara su condición, y cuya hoja de ruta como autores ha incluido aprendizajes concienzudos y persistentes. Quizá esa admiración se genere en un sentimiento vagamente culpable por haber gastado años explorando páramos en busca de respuestas que jamás encontré. Lo cual no es necesariamente negativo, lo sé, es lo que es. No me arrepiento de nada, pero al encontrarme con un autor de veinte años publicando y hablando con fluidez de los clásicos contemporáneos americanos, de Proust o del inabarcable universo de Joyce (y más allá de la posibilidad de que todo se trate de una postura), me recuerdo a mí mismo a esa edad leyendo grandes clásicos… de la ciencia-ficción: La nave de un millón de años, Cita con Rama, Dune, La máquina del tiempo, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Jamás diré peores. Diré diferentes (¿y probablemente menos útiles para la profesión de escritor?).

Esa crítica mirada a mi pasado como escritor y lector es probablemente absurda. Lo importante es que, para mí, la pregunta siempre ha sido: ¿qué libro será el siguiente? Y en esa meseta de lecturas y más lecturas, muchas de ellas superpuestas (hace años que instauré en mi vida de lector la simultaneidad de poesía, narrativa y ensayo), puedo identificar cuatro momentos a los que llamo Hostias literarias, el título de este texto, momentos que han influido en mi naturaleza no sólo como escritor y lector, sino como persona. Tanto a nivel de técnica literaria y de ideas, como de espíritu.

La Primera Hostia Literaria ocurrió con 2001: Una odisea espacial, de Arthur C. Clarke.

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Imagino el bostezo de los pretenciosos escritores noveles que a la misma edad se la pasaban (mal)leyendo el tiempo perdido de Proust. Yo expresaba mi tendencia natural hacia la fantasía y el misterio de la ciencia y la pseudociencia, vehiculizada gracias a los grandes clásicos del género. Lo hice durante años y casi sin discriminar, ignorando deliberadamente las malas traducciones (casi todas) y aprovechando hasta las migajas de autores menores o casi desconocidos. Lo voy a decir clarito: de ciencia-ficción, he leído mucha mierda. Y maravillas, ojo, pero también mucha mierda. 2001 fue una de esas maravillas, quizá la representación colectiva de toda una época de mi vida. La prosa poco cuidada de Arthur C. Clarke (más tarde descubriría, al leer 2001 en inglés, que se trata de un escritor bastante más decente de lo que pensaba) me llevó por todo el Sistema Solar, montadito en su nave de ideas, hasta visualizar embelesado el alumbramiento del niño estrella. Sigo pensando, a día de hoy, que a la generación de oro de la ciencia-ficción se le robó un Premio Nobel, aunque fuese colectivo, pero supongo que no viene al caso y que muchos pensarán que soy un paleto trasnochado. Releo 2001 de vez en cuando, especialmente la escena mágica en la que el monolito empieza la instrucción del mono para elevar su nivel de conciencia. La ciencia-ficción era, en aquellos tiempos, un vehículo de ideas y de espiritualidad, historias científicamente verosímiles que me influyeron durante años. Porque esas eran las cosas que yo quería escribir, y lo hice.

Insisto: no me arrepiento de nada.

A muchos se les pasa la ciencia-ficción como si fuese un resfriado, al entrar en la edad adulta. Como si las ideas perteneciesen a la inocencia del adolescente y no tuviesen sitio cuando uno crece. Muchos reniegan. Otros permanecen, sectarios e impertérritos, impasibles a la evolución de los tiempos. Creo que yo me ubico en algún lugar equidistante de todas esas posturas. Terminé rechazando gran parte de la ciencia-ficción a causa de las malas traducciones y de un obvio desgaste del género, que ha sido superado por la realidad hace décadas y ha virado ahora hacia la fantasía como vía de supervivencia menor; pero sigo leyendo a los grandes clásicos que aún tengo pendientes. Toda la otra ciencia-ficción se me murió mediada la veintena y debido a la Segunda Hostia Literaria, probablemente la más crucial de mi vida: La carretera, de Cormac McCarthy.

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Medio engañado por un amigo, que me regaló la novelita como si fuera una obra de ciencia-ficción, me sumergí en la sobrecogedora historia de un padre y su hijo acarreando consigo el fuego metafórico de la civilización a través de un desierto de inhumanidad. No fue tanto la historia (que también), como la manera de escribir de McCarthy, lo que me prendó. Recuerdo el momento exacto en que terminé de leerla, quedarme con ella en la mano, mirándola aturdido y sin acabar de creerme lo que acaba de pasar. Quizá parezca una reacción exagerada o desmedida, pero es que yo era, en términos literarios, un paleto total. Concentrado durante años en la ciencia-ficción, había despreciado el resto de la literatura con un desdén épico e infantil, así que desconocía premeditadamente la existencia de otros continentes literarios, mayores y dantescos, diversos y casi inabarcables. La carretera me cambió, cambió mi forma de escribir (durante meses jugué a imitar a McCarthy; y aún lo hago, a veces): eliminé los guiones de los diálogos, y le cogí gusto a las largas frases realistas empapadas en un lirismo poco disimulado. Ninguna otra novela de McCarthy ha logrado igualar lo que sentí al leer La carretera, pero sí hay una frase, encontrada en la primera página de Meridiano de sangre (otra obra maestra), que a día de hoy recuerdo con frecuencia al mirar al cielo: La Osa Mayor embestía. Desde que la leí, para mí, la Osa Mayor siempre está embistiendo. Es la capacidad grandiosa de un escritor de modificar la realidad de quien le lee, una magia que me aturde.

Esto de arriba parece el alegato enfervorizado de un fan no-matter-what, pero aprendí que McCarthy no era ni el Único ni el Elegido, le descubrí los defectos y mi horizonte literario se abrió autores que ahora llegaban a mí sin el obstáculo en que se había convertido la ciencia-ficción. Como si la presa se hubiese roto y las aguas de un río turbulento arrasasen el valle con fuerza renovada. Cambió mi forma de enfocar la lectura por completo, y de pronto empezó a construirse en mí una hoja de ruta. Abandoné las lecturas inútiles a cambio de leer obras que, lo sabía, necesitaba leer. Pura vitamina literaria. En determinados círculos, cuando digo Necesito leer ese libro, la gente me mira raro, pero para que un escritor pueda construir, necesita materiales de construcción.

Viví un enamoramiento con los autores anglosajones, y tardé bastante en descubrir América Latina y su boom, quizá por cerrazón intelectual, esa forma de ignorancia que nos contamina primero, para luego corroernos. Pero un día, puede que empujado por una casualidad o por la sincronicidad que nos empapa y lo empapa todo, me compré Crónica de una muerte anunciada, y lo devoré en un viaje en bus entre Compostela y mi pueblo. El librito de García Márquez me impresionó, pero no supuso, en definitiva, una hostia literaria. Fue más bien el preámbulo de la Tercera Hostia Literaria que, meses más tarde, me condujo en un juego sutil hacia la Rayuela de Julio Cortázar.

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La hostia fue de proporciones considerables, y la expresión de mi cara ante la novela probablemente muy parecida a la que tenía cuando terminé La carretera. Desde la obra de McCarthy, para mí la literatura se había convertido en algo muy serio, y la Rayuela vino a matizar esa seriedad de una forma casi alquímica. Con Cortázar descubrí algo crucial en la vida de un escritor: el juego. Escribir es jugar, es divertirse, y a mí se me había olvidado. ¿De qué sirve hacer lo que amas si no te diviertes haciéndolo? La hostia literaria de Rayuela fue colosal precisamente por ello, porque de pronto me encontraba a un autor sublime y que se divertía escribiendo, y que no por ello dejaba de hacer alta literatura. Jugué con Rayuela casi entre risas, saltando por sus páginas mientras seguía los complejos pasos de la Maga y Oliveira, aprendiendo a amar una ciudad que odiaba, París, bajo la imagen mental de una lluvia que machacaba perdidas calles adoquinadas. Sigo viendo las últimas páginas de la novela como un espejismo. Al igual que con McCarthy, Cortázar está alzado en mi altar de maestros, y aunque reconozco sus defectos (afortunadamente, los tiene), no puedo olvidarme jamás de que con él re-aprendí que esto va de divertirse. Como la vida misma.

Perfectamente delineada la hoja de ruta, por mis manos empezaron a pasar todo tipo de libros que unos pocos años atrás habría despreciado con una mirada rápida. Era un zas en toda la boca del destino o, como se diría aquí en Galicia, Cuspe pa’riba que sempre baixa. Cien años de soledad y Pedro Páramo, el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, algún que otro pretencioso autor francés, como Houellebecq, los maravillosos desvaríos de Kerouac y compañía, el extraño realismo mágico de Murakami, alguna que otra dosis de literatura británica moderna, como Trainspotting, El club de la lucha o El Buda de los suburbios. De pronto, me sentía estabilizado en mi búsqueda, sentí que mi vida como lector (y escritor) había adquirido la cualidad permanente de los grandes monumentos. Supongo que en cierto modo creí que se habían terminado las hostias literarias. Por supuesto, me equivocaba. Lo cual está bien, porque de eso también va la vida, de equivocarse todo el tiempo. Del mismo modo que en su día, no tan lejano, había renegado de Cortázar (a pesar de la amiga de una amiga diciéndome Nunca es pronto para leer a Cortázar), por un tiempo también rechacé al que sería responsable directo de mi hasta ahora última hostia literaria: Roberto Bolaño.

Manifiesto un rechazo casi alérgico a la novela negra, y ese era el argumento que alzaba ante una escritora amiga cuando me instaba a leer Los detectives salvajes. Me comí mis palabras una a una, y sigo comiéndomelas. La lectura de la novela de Bolaño, sumada a la de 2666 menos de un año después, constituye mi Cuarta Hostia Literaria: una hostia grandiosa, cósmica, con muchos fuegos artificiales, cataclismos planetarios y rodamiento de placas tectónicas. Algo épico.

Cortázar se divertía escribiendo, pero Bolaño sobrepasa la diversión y la capacidad de juego, se instala a otro nivel. Supongo que lo que el autor chileno significa en mi escritura tiene más de conceptual que de estilo o temática: es una independencia que ralla lo absurdo. El modo en que hace evolucionar a los detectives más salvajes que haya conocido hasta un final que es el más grandioso que haya leído, resulta glorioso. Al igual que con la segunda y tercera hostias, el momento en que terminé Los detectives salvajes está grabado a fuego en mi memoria. Es un final de etapa del Camino de Santiago, y ahí estoy yo contemplando el final del libro y diciéndome: Hay que tener cojones. Con 2666, en cambio, sentí algo diferente: la osadía, la monumentalidad, el detalle, un puro estertor literario, la potencia contenida y un ritmo arrollador, casi machacón. 2666 te gana por desgaste, por energía, y estoy convencido que cuando pase un tiempo seré capaz de evaluar más exactamente su influencia sobre mí. Por el momento me quedo con el temblor.

 

He aprendido de estas Cuatro Hostias literarias a ser prudente y a no pecar diciendo No habrá más, porque estoy convencido de que vendrán. Hace unos días que he visto un biopic de David Foster Wallace, y ahora espero pacientemente a que alguien me regale La broma infinita para descubrir si se obra de nuevo el milagro y el universo tiembla. Será ya en 2016.

Porque más allá de aprendizajes de escritorzuelo, lo que sigo buscando cuando abro un libro es, simplemente, sentir la magia.

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3 comentarios en “Hostias literarias

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