Lo bello y lo triste (de despedirse de años fatídicos)

Pero la cicatriz subsistió y a veces dolía.

Sensualidad, melancolía, inquietud. Hay algo profundamente especial en la literatura japonesa, ya sea en los antiguos haikus de Basho o Buson, o en las novelas del siglo XX y XXI de los dos Murakami, B Yoshimoto, Y Mishima, Y Kawabata, K Abe, etcétera.

Vamos allá con otro texto caótico.

2015 ha sido un año de mierda, y que a nivel de lector (casi) se termine con Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata, es casi como si una presencia supraconsciente me recordase que tanto la belleza como la tristeza son cualidades inalienables de la realidad; que no importa lo jodido que estés, ninguna de las dos desaparecerá del mundo, puesto que ambas son materia fundamental del tejido del universo. Sin la cualidad de lo bello y lo triste, la realidad no existe.

Es una perogrullada decir que entre nosotros y los japoneses se abre un abismo cultural, una brecha que nos lleva a enarcar las cejas de incredulidad ante determinadas actitudes, prácticas y estereotipos. Su idiosincrasia peculiar nos choca y descoloca (es presumible que a ellos les ocurra lo mismo). Ocurre así con su literatura, de matices perturbadores y melancólicos.

Lo que intento con este texto es un poco absurdo: combinar mis impresiones sobre Lo bello y lo triste, sobre la literatura japonesa y sobre el final de un año fatídico, este 2015 que se morirá sin rima. De ahí que no tenga ni pies ni cabeza. Supongo que pertenezco a una raza de escritores que cree que TODO es personal, y que todo está conectado de alguna forma.

Informo: no hay apenas sexo en Lo bello y lo triste, sexo obvio, pero sí numerosas escenas que desprenden una sensualidad embriagadora y también inquietante, de las cuales el sexo siempre se queda fuera. La acción avanza desde el antes, para luego dar un salto al vacío y aparecer mágicamente al otro lado, en el después, en donde observaremos las consecuencias del acto, su resaca emocional e incluso biológica. Y entre toda esa sensualidad, el ardor de un tipo de venganza sádica y excesiva que solamente tiene espacio en la literatura, por requerir una cantidad de energía tal que en la vida real anularía su propia existencia.

En algún lado he leído que la novela no es ni muy japonesa ni muy original. De  lo primero no puedo más que renegar: Lo bello y lo triste desprende japonismo por todas sus páginas, tanto en la percepción de la sensualidad y el sexo como en la atmósfera y los ambientes recreados; de lo segundo, ¿qué se supone que es la originalidad? Creo que en cuestión de relaciones humanas todo está ya escrito, y que incluso echando mano de los abismos culturales, el sexo no deja de ser más que sexo, que junto con la venganza forma parte de un grupo de comportamientos muy humanos. A mi entender, la verdadera potencia de la novela no radica en su originalidad (o falta de), sino más bien en los ambientes que su prosa hace emerger, y que te entran por los huesos e instalan en el tuétano de lo que nos mueve, provocando incómodos escalofríos. A esta perturbadora atmósfera generada contribuye la alternancia de ambientes de pura paz y nostalgia: los largos paseos que el protagonista da por bosques húmedos, mares de hojas de un campo de plantas de té, templos zen tranquilos y solitarios; y de las pormenorizadas descripciones de lo cotidiano, por ejemplo, las comidas (¿qué les pasa a los japoneses con la comida?).

Supongo que esa supuesta falta de originalidad radica, entre otras cosas, en que un hecho central de la novela es la seducción de un hombre maduro por parte de una mujer joven, repetida hasta la saciedad en tantas novelas (por momentos, Keiko resultó misteriosamente similar a la Lolita de Nabokov, en lo azaroso y casi violento de sus impulsos, y en la habilidad seductora como arma de control y destrucción), o la relación casi simbiótica-lesbiana entre maestra y discípula; pero, historia banal o no, sensualidad mediante, la atmósfera de Lo bello y lo triste se funde con mi propia realidad a un subnivel mágico y húmedo: solitarios paisajes melancólicos, tensas conversaciones jamás mantenidas, la necesidad de algo más, una percepción absolutamente personal de la realidad.

Hace tiempo que aprendí que no hay textos perfectos, y que las normas es mejor transgredirlas si así nos lo piden los huesos. Es imposible construir un buen texto con combinaciones imposibles, y este es el caso. La vida no es perfecta y los textos no son más que pálidos reflejos de la realidad. La portada de Lo bello y lo triste me prometía una mayor intensidad de la que finalmente hallé en la novela, pero un absurdo prejuicio o esperanza malograda no es suficiente argumento para calificar de mejor o peor una novela.

9788496580756

Voy a darme un paseo, uno parecido a los que se da Oki (el protagonista) en la novela: viejas ruinas cubiertas de hierba y musgo, la lluvia fina casi niebla inundando la existencia. Luego, quizá me tomé un té. Sencha, por supuesto. Paladeándolo, me despediré amablemente de un año fatídico, al fin capaz de observar su belleza y su tristeza.

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