19 de noviembre; BILBAO – PORTUGALETE – (BILBAO)

Senda Estelar 116

La ley primera y fundamental de la naturaleza es buscar la paz. T Hobbes.

 

Hoy no madrugamos. Agotados después de la etapa de ayer, los pies de María siguen hinchados y con la piel dibujando formas extrañas que recuerdan a las huellas dactilares. Nos arrimamos un rato en cama, abrazados, exactamente antes de enfadarnos de una forma misteriosa y característica. Luego desayunamos algo de fruta y unos sobados pasiegos, y recordamos un tiempo en el cual me embadurnaba en ellos para disimular mi aroma y confundir al mundo entero. Tiempos ambiguos: pretéritos pero presentes. La etapa de mañana, de Portugalete a Pobeña, nos sigue trayendo de cabeza, y tratamos de solucionarla infructuosamente mientras María se toma su café y yo mi té, y finalmente salimos a las calles de Bilbao.

La etapa es completamente urbana, y el día amanece limpio y azul. Decidimos modificar levemente el trazado, y echamos a andar siguiendo la ría hacia el Cantábrico. La confusión llega pronto, mientras entramos en la lengua post-industrial de Zorrotzaurre, un espacio semi-abandonado repleto de naves industriales vacías o dormidas, muelles carcomidos por la polución de la ría, que aquí corre con unas aguas entre verdosas y ocres, las ventanas de las fábricas hechas añicos, como bocas abiertas a la nada, neumáticos amontonados que parecen pedirte una cerilla encendida, la basura que corre por las calles arrastrada por una brisa que por momentos también arrastra livianas nubes que ocultan el sol, y que llenan esta tierra tóxica de una decadencia gris. Los transeúntes, al principio abundantes, van desapareciendo misteriosamente, mientras paredes y portales se cubren de grafitis y obras de arte urbano: un GAME OVER ochentero; el callejón como forma de emulsión creativa; un centro de acogida para plantas abandonadas; en un muro, tras una farola herida de muerte, un Gen Kelly cantando bajo una lluvia metafórica; tras fondo azul, una vieja mártir y su estrella; en un rincón insospechado, un chill out. Todo esto resulta ser obra de ZAWP (Zorrotzaurre Art Work in Progress), una asociación sin ánimo de lucro que trata de revitalizar esta isla tóxica y valorizar el residuo.

El día se va nublando, se enfría el aire. En el extremo de Zorrotzaurre vemos a dos motoristas practicando giros a la velocidad de un caracol, y un poco más allá giramos para descubrir que nos hemos metido en un callejón sin salida. Del interior de un edificio abandonado amanecen figuras misteriosas que quizá duermen en ellos o simplemente buscan algo de valor en espacios desvalijados hace años. Tardamos un buen rato en salir de esta ratonera, atravesando una barriada triste llena de suciedad y asfalto, para luego avanzar en una etapa atípica en medio de una larga conversación sobre las diferencias de la cultura de lucha en Galicia y Euskadi, la pérdida progresiva de lo rural en favor de lo urbano y artificial, más y más plástico en nuestras bolsas de basura. Vamos atravesando los últimos barrios de Bilbao, siempre pegados a la ría, transitando las entradas de talleres mecánicos, depósitos municipales en donde los camiones de basura dormitan a la luz del día, largas avenidas muertas, en una de ellas el supuesto prado donde se fundó el Athletic de Bilbao, insospechada galerías de arte. La ciudad ha quedado atrás pero apenas se nota la diferencia.  Todo es una Gran Ciudad, y siguiendo las flechas amarillas nos encontramos con el Puente Colgante de Portugalete. Nos subimos tras descubrir que cuesta treinta y cinco céntimos. El puente resulta ridículo a pesar de su imponente estructura metálica. Tiene un aire steampunk, muy pintoresco en medio de la ría. Al otro lado, aún notando ese aire burgués de siglo XIX, sellamos la credencial casi por casualidad, e iniciamos el retorno al Hostal MOON, para regocijo de María, que a estas alturas ya odia no sólo el hostal sino también toda la ciudad en su conjunto. También a mí me resulta cansado orbitar alrededor de Bilbao constantemente como si se hubiese convertido en un agujero de paredes lisas del que no podemos escapar.

El Camino desfigurado.

 

A este lado de la ría, la otra ribera parece un reflejo. Regresamos a Bilbao en el Cercanías de RENFE, rodeados de trabajadores que van a la ciudad y que no parecen darse cuenta de que todo está roñoso, de que la decadencia les acabará por devorar. El sueño de la modernidad finalmente tornado en pesadilla.

Senda Estelar 121

El viaje es corto, por la ventana observo los horrores de una existencia supraurbana, empiezo a añorar la paz tranquila y oscura de Zenorrutza, el mar batido de Zarauz, las profundidades boscosas de Markina, nuestros pasos silenciosos en las calles de Deba. Le digo a María que no me gustaría vivir en una ciudad, y ella asiente mientras yo miro afuera imaginándome los viejos hornos superpuestos con la realidad. Fundiciones muertas y reconversión industrial. Todo tiene consecuencia.

Ya en el hostal, María me dice que la habitación le da asco aunque yo la veo limpia, en el aire huelo el aroma fuerte de los químicos industriales que usan para lavar la ropa de cama. Ese olor me resulta más inquietante incluso que el de la suciedad, pero el aura emocional de María va impregnándome mientras diseño un innovador bocadillo de espárragos y pimientos del piquillo, a modo de almuerzo.

Nos arrimamos para echar una siesta insustancial.

 

Giramos por la ría alrededor de Guggenheim. Es de noche y hace calor, pasean familias jóvenes con sus niños en bicicletas minúsculas, hay grupitos de skaters y gente en traje que patina de vuelta a casa, corrillos de jubiladas, algún viejo solitario apoyado en su bastón, misteriosos yonkis frenéticos, también turistas. Hablamos de algo que se nos olvida con cada paso, y acabamos virando para entrar en el Casco Viejo, en donde compro un billete de lotería intentando creerme la esperanza anual de ganar y salir de pobre. No cuela. La lluvia de millones probablemente me haría más desdichado, más complaciente, más lamentable.

Noto que el dinero se me escurre entre los dedos, y eso que no han pasado más que una semana de Camino. Siempre me resulta frustrante la vorágine consumista del capitalismo, porque no se puede escapar del ciclo de comprar gastar trabajar vivir comprar gastar trabajar vivir. Eventualmente, morir. Es una pelea por tener nada y gastar esa nada en obtener más nada.

Acabamos enfadándonos de nuevo mientras buscamos un bar de pintxos del que hablaban en internet. La atmósfera entre nosotros ha desaparecido, y con el tiempo he aprendido que cuando esto ocurre lo único que se puede hacer es, precisamente, dejar pasar el tiempo. Estamos juntos pero lejos. No me gusta ir a tomar algo así, y acabamos volviendo al hostal, arrastrando con nosotros el aura de peregrinos. Deusto. Me da por pensar, con el gesto algo torcido, que Euskadi ya no es la misma que era en mi memoria, y caigo en la cuenta de que eso no llega a ser siquiera triste, por mucho que lo intente. No es una tragedia. Es la vida, y está bien que sea así.

Senda Estelar 123

Los lugares no son por lo que son, son por lo que la gente deposita en ellos. Es nuestra mirada la que convierte un punto determinado del espacio en un lugar especial.

 

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