20 de noviembre; PORTUGALETE – POBEÑA – CASTRO URDIALES

Senda Estelar 132

Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro. R Descartes

 

A pesar de los pies doloridos, María está eufórica por abandonar al fin el hostal MOON. Es una pequeña victoria, como la de dejar atrás las calles más sórdidas del barrio de Deusto y de la ciudad injustamente rebautizada como Gran Agujero. Aún es muy temprano, y mientras desayunamos, nos despedimos del grupo de trabajadores rumanos que al parecer vive en el hostal y que allí se sienten como en casa. Luego salimos a atravesar calles desiertas hasta subirnos al primer Cercanías que va a Portugalete, y aún está amaneciendo cuando empezamos a subir sus cuestas, impresionados por las escaleras mecánicas que se estiran sobre ellas. Al dejarlas atrás, el Sol y el viento golpea nuestras caras.

No estamos de muy buen humor, y el camino, urbano y monótono, no ayuda. A la salida de Portugalete, nos enzarzamos en un nudo de carreteras, para luego seguir el perfil de la ría por un carril bici casi nuevo. Entre nosotros y la ría, la autopista y casitas de campo que emergen del verde como copos de nieve, blancos y brillantes. Nos inunda el runrún del tráfico. En los arcenes del camino, una auténtica infestación de gatos, que nos miran con los ojos lustrosos y plenos de curiosidad. La gran mayoría son cachorros, y me pregunto cuántos sobrevivirán al invierno.

Senda Estelar 124

De reojo, voy mirando a María y trato de averiguar por el gesto de su cara si sus pies están mejor o si empeoran. Parece caminar sin problemas, y los doce kilómetros que separan Portugalete de Pobeña no resultan ser un gran obstáculo, solamente kilómetros largos y aburridos. A lo lejos, una ristra de molinillos eólicos que puntean el mar hasta la apertura de la ría. También el Monte Serantes, sobre cuya cima relucen las ruinas de un viejo fuerte y una fila de antenas de transmisión. El pasado y el presente, de nuevo, superpuestos. El dorado de la mañana tiñéndolo todo casi en sepia, la clase de luz que me recuerda un viaje que hice con mi hermano por el norte, y que terminó precisamente en los acantilados de Getxo, al otro lado de la ría, hablando de alienígenas y de realidades superpuestas.

Viajar.

 

La playa de Pobeña es de una belleza común. Una playa más, pienso. Sin embargo, regresar a la costa es extraordinario, da una alegría al caminar que las tierras de interior nunca podrán igualar.: salitre en el aire, espuma de las olas rozando la arena, el aire mágico que permanece en las playas después de que los turistas la abandonen. Un deje solitario y vibrante. Dejamos huellas en la arena, en donde un hombre nos pregunta si estamos haciendo el Camino, habla de la envidia que nos tiene, recuerda la vez que él mismo lo hizo, años atrás. Una experiencia que jamás se olvida, dice.

Senda Estelar 126

Aún es muy temprano. El plan original para hoy era caminar otros cinco kilómetros hasta Muskiz, y de allí un bus a Castro Urdiales, para al día siguiente regresar sobre nuestros pasos y reemprender la etapa que realmente termina en la ciudad cántabra. Ahora, sin embargo, a mí me parece una pérdida de energía, y se produce un momento de tensión mientras decidimos si seguimos el plan original o continuamos hacia Castro Urdiales (24 km más). He mencionado esta opción como de pasada, estudiando la reacción de María, que aunque luce cansada e insegura, finalmente decide intentarlo.

Desde la playa, el camino se sube a los acantilados y bordea una senda montada entre terrazas de roca que son como olas plantadas enfrentando el mar. Abandonamos Euskadi y entramos en Cantabria, el cambio es inapreciable porque la tierra es única y no entiende de líneas. Que todo intento de sentirse especial por haber nacido en un lugar es puro chovinismo, es decir, pura ignorancia. A los pies del sendero, paneles informativos palidecidos por el sol y la salitre nos hablan de las viejas gentes del lugar, que usaban las algas como abono, igual que se hacía en su momento en toda Europa. Hay algunas casas derruidas, recuerdos arrasados por el mar, e incluso un túnel minero a cuya entrada se advierte que atravesarlo no es recomendable con temporal. La senda resulta ser una despedida dorada para un lugar irrepetible como Euskadi. Un carpetazo de recuerdos, pienso.

 

El Camino se transforma entonces en una senda dura e interminable. En un pueblo pequeño levantado sobre el mar, Ontón, todo el mundo parece querer vender sus casas. Los pasos nos han empujado a una carretera nacional inundada de camiones y coches. En Mioño, dos águilas pelean en el cielo, y las miro preguntándome si se trata de una batalla o un cortejo. Abajo, en las aguas de una ría minúscula, una espiral de lodo convierte las aguas turquesa en un vórtice misterioso. Precisamente en la playa junto al vórtice descansamos nuestras piernas agotadas, apoyados en una vaya de madera. La playa está hecha de cantos rodados, y en uno de sus extremos, un anciano practica extraños ejercicios con piedras enormes.

Mucho rato después entramos en Castro Urdiales, calles tranquilas y deshabitadas, una versión dominguera de la salvaje cultura vasca. O puros estereotipos, quién sabe. Estamos muy cansados y llevamos un buen rato sudando bajo el sol, vagando por entre urbanizaciones y prados y acantilados en donde el camino se difumina por la ausencia de flechas amarillas.

Euskadi está tan cerca que Castro Urdiales parece una ramificación cualquiera en la costa vasca, pero en cuanto me fijo un poco más, todo ha cambiado. Los topónimos han desaparecido de los carteles, y entre los restos de una feria, me fijo en las nuevas banderas bicromas que lucen en los balcones. Viva España. Manque pierda.

En el paseo marítimo, un hombre de mediana edad le propone a María intercambiar sus bastones. María acepta inmediatamente, cediendo su palo irregular y torcido, con el que se hizo en la segunda etapa, a cambio de una vara de avellano que la acompañará el resto del viaje. Bromeo con ella tratando de que se ponga en el lugar del antiguo bastón, abandonado a las primeras de cambio y sin posibilidad de réplica. Le pregunto si es, también, su estrategia conmigo.

 

Entro en el restaurante de la pensión que he reservado ayer, y que está enfrente al puerto, para que nos den la llave de la habitación. Los comensales me miran mientras espero. Todos están bien vestidos y beben vino, se huele la euforia en el aire, hay palmadas en la espalda y risas estruendosas en respuesta a cualquier chiste. En comparación, lucimos desaliñados y sucios, y cansados. Ya en la habitación, que parece sacada de los años treinta, noto que a María no le ha sentado bien la etapa. Nos duchamos y voy a por galletas para endulzar las sensaciones, y luego ponemos la tele, que pronto se queda muda, mientras yo leo sobre Descartes y sobre lo cartesiano de la vida, la mentira que un día el mundo se creyó. Deux est machina. No volvemos a salir hasta que cae el día, incendiando el horizonte de fuego.

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Al otro lado de los montes hacia Euskadi, se distingue el resplandor de Bilbao, como un incendio colosal. Buscamos una lavandería para hacer la colada. María se siente débil y sus pies parecen un poema trágico, con los dedos enrojecidos como si los sabañones estuviesen bullendo bajo la piel. Casi de casualidad, logro sellar las credenciales en la oficina de turismo, y después de hacer la compra, volvemos a la pensión.

Yo estoy preocupado por los pies de María, que se aplica una crema que ha comprado en la farmacia. Afuera, las familias pasean con calma entre los árboles ya sin hojas, disfrutando de una insólita noche de verano a las puertas del invierno.

 

Reflexiono en cómo Colin Thubron ha cambiado mi forma de enfocar los viajes, el caminar, el registro de las conversaciones y de las emociones, y del formato intrincado de los viajes y de nuestros paisajes emocionales. A mi lado, María duerme entre espasmos nerviosos que siempre logran asustarme. No son ni las nueve, y su frente luce perlada de sudor y febril. La TV parpadea, muda, y la algarabía de las calles va cediendo y dando paso al siseo del mar, a algún coche lejano, a los pasos de un hombre y su perro.

No sé si María estará bien para caminar mañana treinta y seis kilómetros, y pensando en ella me voy quedando dormido, con la TV como testigo muda de mis sueños.

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