Superdépor: la adolescencia (Serie Dépor)

Muchos vivimos enamorándonos de la novedad, incluso a los nueve años, que fue la primera vez que escuché hablar del Dépor. Recuerdo vívidamente una conversación en el pasillo del salón de actos de mi colegio (de curas), con un amigo del barrio que se llamaba Hugo, y decía que el Dépor estaba haciendo una gran temporada. Se las daba de listo, creo, y yo no me quise quedar atrás, a pesar de que poco me interesaba el fútbol en aquellos tiempos. Respondí que el Coruña (dios me perdone) también lo estaba haciendo bien, y el tiro me salió por la culata: Son el mismo equipo, tonto, respondió Hugo.

Aquel año no me hice del Dépor. Como he dicho, no me interesaba el fútbol más allá de jugarlo en el patio, aunque su fenómeno social no me resultaba ajeno. Mis padres siempre han sido asiduos de los bares, y arrastrado tras ellos, por entonces ya conocía el ambiente grotesco y guerrillero que se generaba en los derbis. Para que yo me hiciese del Dépor, tuvieron que darse varios condicionantes. Uno de ellos era, obviamente, que se trataba del equipo de moda. Después de la primera temporada en primera, que el Dépor salvó en una promoción con el Betis de la que no recuerdo absolutamente nada (tenía ocho años), la siguiente temporada el Dépor completó un año espectacular. Me tocaba hacer la primera comunión y acababa de nacer mi hermano. El Dépor había ganado los primeros cinco partidos de Liga, y llegaba a Riazor el Real Madrid. A pesar del inicial 0-2 a favor de los madrileños, el equipo remontó en la jornada que dio a conocer a uno de los grandes ídolos del primer Superdépor: Bebeto. Ese año, el Dépor fue tercero sólo detrás de Real Madrid y Barcelona, y era el equipo de moda. El otro gran condicionante para que me hiciese del Dépor fue la proverbial negativa de los hijos a seguir los pasos de sus padres, una rebeldía que a mí se me manifestó bien pronto en la cuestión futbolística. No es que mi padre fuera un futbolero acérrimo, sino que más bien se trataba de esa raza de chaqueteros que son de los equipos cuando ganan, y cuando no, afirman con indiferencia que no les interesa tanto el fútbol, que el fútbol no les da de comer, blablablá. Su intento de convertirme en merengue no sólo no funcionó, sino que de pronto me negué a ser del Real Madrid. Era como si algo no me oliese bien, y por pura rebeldía, un día le dije que era del Dépor: franjas blancas y azules, jugadores de moda, un equipo relativamente cercano (aunque por aquel entonces A Coruña era poco más que un concepto, tan nebuloso para mí como podía serlo Madrid). El cambio fue tan brusco que cuando un amigo colchonero de mi padre me trajo la equipación del Real Madrid de aquel año, con el Teka en el pecho, yo le solté un inesperado Soy del Dépor que le dejó seco (y a mi padre más, recuerdo que me soltó una colleja rajoyniana y se inventó una excusa, por aquello de la vergüenza). Jamás me llegué a poner aquel conjunto, que palideció en un armario hasta que se perdió con el paso de los años en alguna mudanza.

Así que me hice del Dépor. Como veis, no fue un sentimiento que naciera conmigo, ni del que me imbuyeran mis padres. Quizá eso ocurriese en A Coruña, pero en donde yo vivía se era del Madrid o del Barça, y de segundas, como de tapadillo, del Celta. Ahora los sentimientos están más marcados y hay una tendencia a que el sentido de pertenencia vaya dirigido a equipos gallegos (y bien que está así), pero por entonces, casi nadie de la provincia de Pontevedra era del Deportivo. El amanecer del Superdépor cambió aquello. Esto, sumado quizá al efecto amplificador de la rebeldía, provocó que me fuese haciendo aún más del Dépor en aquel verano, como una pasión pasajera que se salía de madre. Y mi caso no era único. Muchos niños (y niñas) de mi edad se hicieron del Dépor en aquella época de cambios y en los años que siguieron.

Después del verano, las cosas no cambiaron para el renacido Depor. Apoyado en mitos de la historia blanquiazul como Bebeto, Mauro Silva, Donato, Liaño, Manjarín, Alfredo, el equipo ganó adeptos por toda la península por su juego alegre y combinativo. Se debutó en la UEFA, en donde el equipo arrasó al Aalborg y a todo un histórico Aston Villa antes de caer contra el Eintracht de Frankfurt. El míster, Arsenio Iglesias, el zorro de Arteixo, era una figura clave en el proyecto. Su pelo blanco de abuela afable, esas maneras gentiles en la forma de hablar, su que ni sí ni no, sus cejas enarcadas. El equipo acabó líder al final de aquel año 93, aunque en la segunda mitad de la temporada llegó el mal de altura.

A la fatídica última jornada se llegó con el corazón en un puño y la clasificación apretada. El Barça de Cruyff estaba solamente un punto por detrás, y jugaban en el Camp Nou, con el Sevilla. Nosotros recibíamos al Valencia. Es curioso que me salga este nosotros. Por entonces, yo ya era más del Dépor que de cualquier otra cosa. Se trataba de un sentimiento de novedad y maravilla, de formar parte de algo que iba creciendo jornada a jornada. Había aprendido lo que era la Quiniela, los conceptos de carrilero, mediocentro, líbero, y trataba infructuosamente de entender qué coño era un fuera de juego. Tenía ya diez años, y celebraba los goles de Bebeto como si los hubiese marcado yo mismo. Creo que, en cierto modo, el disfrute tenía algo que ver con el tránsito que estaba viviendo, entre la infancia y la temprana adolescencia. En ese paso clave, comprendí que el mundo no era trigo limpio. Empecé a escuchar cosas sobre maletines y árbitros comprados, amaños y trapos sucios, pero la verdad es que aún no me creía esas cosas. Aún era un niño inocente y que creía que el fútbol era la cosa más pura que conocía. ¡Un juego!

Aunque en Pontevedra siempre han sido históricamente del Celta, en el ambiente de ese fin de semana se palpaba un aire de expectación. Quizá porque todo el mundo sentía que el Dépor estaba desafiando a los grandes. La posibilidad de robarles una liga a los todopoderosos. Solamente había que ganar al Valencia. Pero no se ganó. Djukic falló ese penalti que nunca quiso haber tirado, tras la cobardía de un Bebeto sobrepasado y con el especialista (Donato) en el banquillo. Yo veía el partido sobrepasando mi hora de irme a la cama y con mis padres soltando pesimistas sentencia pegados a la cocina de hierro. Apoyado en una almohada, recuerdo que aquel fue el primer partido que viví con emoción y que me puso de los nervios. Porque el Dépor dominaba y atacaba pero el Valencia no se dejaba, y el gol no llegaba. El Barcelona tenía su partido hecho, 5-2 al Sevilla, y serían campeones de Liga si el Dépor no ganaba. Y no ganó: Djukic falló su penalti.

Horas antes, en un amplio reportaje emitido por la TVG, había visto las declaraciones de un Lendoiro delgado y joven al ascender a Primera: Barça, Madrí, que ya estamos aquí. Y me creía que era cierto. Que los pobres venían para arrebatar el poder a los ricos. Pura inocencia infantil. Los jugadores del Valencia estaban más untados que una tostada de mantequilla, pero el fallo de Djukic fue inapelable, un momento negro y penoso en la vida, un fallo garrafal, un error, algo que cambió el curso de todas las cosas.

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Las lágrimas en una ciudad destrozada, y lo peor de todo, la resignación generalizada a que las cosas siempre vayan igual. Los que se habían emocionado con el Dépor asumieron que así es la vida, y los nuevos deportivistas sumamos a nuestras espaldas el capítulo más triste de nuestra historia como aficionados. Nada, nunca, ninguna victoria, podrá borrar esa primera decepción. Es como si una chica estuviese a punto de besarte por primera vez, y ya sintieses sus labios a punto de rozar los tuyos, y de pronto se esfumase. Es un recuerdo imborrable. Yo no lloré, nunca he exteriorizado así mis sentimientos, pero me fui a dormir con la sensación de pena, de mala suerte, de injusticia. Creo que fue toda una lección de la vida, aunque en aquel momento no podía saberlo. En Barcelona celebraban una liga más con la euforia del que gana la medalla sin esperársela, pero los deportivistas sabíamos que nunca podrían celebrarla con la alegría con que la hubiesen celebrado en A Coruña. Maldito González, con su puño alzado de felicidad. Siempre me pregunté cuánto, cuánto significaba aquel puño. En aquellos tiempos los futbolistas no cobraban mucho, los jugadores más caros de la Liga eran Bebeto y Stoichkov, mil millones de pesetas. El sobresueldo que recibieron los jugadores el Valencia nunca importó. Sigue sin importar. Aquel día, a muchos se nos murió la inocencia, y a otros tantos se les rompió el alma de ver a Arsenio Iglesias en la rueda de prensa, sin palabras, diciendo aquel Tuvo que darse todo así, muchas gracias. Ni siquiera importaba lo que muchos pensaron, dirigiendo las iras al Valencia: Arrieros somos, en el camino nos encontraremos.

A mí la pena me duró poco. Tenía sólo diez años, así que se quedó guardadita en el cajón de los recuerdos, y al día siguiente jugué de nuevo con la misma alegría de siempre. Era verano y como en la aldea a dónde íbamos no tenía amigos, seguí fantaseando con la pelota, simulando que era Bebeto, Donato, Manjarín, qué importaba. Brillaba el sol y la vida era mucho más que fútbol. Sigo pensándolo. Tomarse el fútbol muy a pecho es una tontería. ¿Es un sentimiento? Desde luego. ¿El único sentimiento? Nunca.

Si el penalti fallado fue una lección de la vida, al año siguiente recibimos otra de naturaleza muy distinta. Desde luego, para muchos fue que la venganza es un plato que se sirve bien frío. Para mí, en cambio, significó la posibilidad de redimirse de un fracaso y alcanzar la victoria. Ese fue el valor real de que el Dépor ganase la Copa del Rey al año siguiente del fiasco más grande de su historia. Un grupo de jugadores con hambre de fútbol y de éxitos que se levantó y no sólo ganó la Copa del Rey, sino que le disputaron la liga a un Barça que, esta vez sí, la ganó con cuatro puntos de ventaja y sin apuros. La final de la Copa, contra el archienemigo de la hinchada, se vislumbraba como la oportunidad de resarcirse o de reincidir en el fracaso y adquirir la vitola de equipo pupas. En la capital del estado, el Dépor salió a comerse el partido ante el Valencia de un ya decadente Zubizarreta, y se adelantó rápido con un gol de Manjarín. Más tarde comenzaría el Gran Diluvio, y Mijatovic empató el partido, que siguió disputándose bajo el aguacero hasta que el árbitro se vio obligado a parar el partido, pues había empezado a granizar.

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Faltaban sólo ocho minutos de partido, y en los siguientes dos días, ambos equipos prepararon a conciencia los penaltis, precisamente porque no parecía que el resultado fuese a cambiar en ese puñado de minutos. Pero cambió. En la reanudación, Alfredo se anticipó a Zubizarreta con la maña de los delanteros de antes, que al contrario que hoy en día, no eran portentos físicos sino inteligencias posicionales. Remató el partido: 2-1. Campeones.

Ganamos la Copa del Rey. Era el primer título de un equipo gallego en la historia de la Liga. Lo merecíamos, joder si lo merecíamos, y aquello se celebró igual que celebran los padres el nacimiento de un hijo tras un parto difícil. Ese Superdépor que alababan los medios y los aficionados de todo el país, ya tenía su título. No me recuerdo a mí mismo viendo el partido o celebrando la victoria, aunque seguro que lo hice, lo que sí recuerdo es la forma en que llegué al colegio la temporada siguiente, el pecho henchido como si el logro fuese mío, el tipo de sonrisilla que dice Lo hicimos. LO HICIMOS.

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Creo que fue por esa época en la que me creció la rivalidad y la competitividad. Mis amigos del Celta rabiaban, envidiaban el éxito del equipo rival y que ellos se merecían más, erigidos en el equipo gallego por antonomasia. Se reafirmaron los bandos rivales, y cada jornada pasó a vivirse con una competencia fiera, insultos y razonamientos obtusos de unos niñatos que, además, ya competían por las chicas y se hacía mayores al ritmo suave y sostenido de los pueblos pequeños.

A esos años de subcampeonatos, supercopas y copas del rey, le siguieron varios años oscuros, en los que la directiva perdió el rumbo, se jubilaron varios jugadores míticos y Arsenio Iglesias se alejó de los banquillos, agotado tras haberse convertido en el símbolo de un fenómeno enorme. Fueron los primeros años difíciles que viví como deportivista, y eso también fue una lección. Llegar cuesta, mantenerse es otra tela que cortar. Mediada la adolescencia, empezaba a descubrir cómo funcionaba el mundo en realidad, y que muchas cosas no me gustaban. Que las cosas no siempre van como uno quiere fue la tercera lección que aprendí a través del Dépor.

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La cuarta venía en camino: Ten paciencia, que todo llega.

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Un comentario en “Superdépor: la adolescencia (Serie Dépor)

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