22 de noviembre; LAREDO – GÜEMES

Senda Estelar 176

Todos somos peregrinos de la vida. Padre Ernesto

 

Me hace gracia mirar el desayuno que las monjas dejaron sobre la mesa de la cocina: peras caseras, magdalenas y bollitos de masa hojaldrosa rellenos de chocolate (cropanes, se les llamaba cuando yo era pequeño). Las monjas de este convento, trinitarias, signifique lo que signifique eso, son casi invisibles, y aunque se escuchan pequeños sonidos todo el tiempo, en general todo resulta de un silencio atronador. A través de la ventana he visto a una chica alemana que llegó ayer, como un fantasma, caminando resuelta, y me pregunto a dónde va tan temprano. Nosotros nos vamos un rato más tarde, con el amanecer aun despuntando en el horizonte. Echamos a andar por el paseo marítimo que corre paralelo a la larguísima playa (de casi cinco kilómetros). Fina arena apelmazada por la marea que baja, un mar de dunas. María se siente mucho mejor, y pasamos un buen rato hablando sobre la pertinencia (o no) de eliminar la navidad como parte de una educación alternativa y libre. Es un debate que jamás termina y cuyas conclusiones se pierden al momento de ser mencionadas. Le digo que la navidad es una tradición consumista, alienante y arcaica, puro dogma, y que lo mejor es eliminarla o sustituirla por un ritual nuevo. María está de acuerdo conmigo, en términos generales, pero ninguno de los dos sabe cómo cambiarlo, que es lo realmente importante. Con el debate muriendo llegamos al fin de la playa, en donde un jubilado con las manos en los bolsillos nos dice que la barquita que cruza el charco hasta Santoña ya está viniendo, para luego contarnos que camina todos los días la playa, ida y vuelta, para mantenerse en forma, y que después se pasa el resto del día cuidando a sus nietos. Son sus dos únicas ocupaciones. Luego nos habla de los temporales y de cómo el invierno arrasa la playa y la vacía de arena. La naturaleza recupera lo suyo, pienso.

Ya ha amanecido del todo, el día es gris. La barquita desembarca en la orilla de arena, deslizando una rampa metálica que deja marcas en la playa. El hombre que vende los tickets tiene el aspecto de un drogadicto rehabilitado: dientes estropeados, gorra y coleta, piel arrugada y mejillas hundidas. Le pregunto que desde cuándo lleva funcionando esa barquita, y me responde, Pues unos treinta años, pero ya antes hubo otras, y antes incluso, usaban botes de remos. El trayecto es muy corto, poco más de trescientos metros, pero suficiente para que el hombre nos explique profusamente acerca de lo traicioneras que son las corrientes en la entrada de la ría. Tienen que calcular bien cómo entran para evitar que la barca sea arrastrada adentro o afuera, incluso a pesar del motor. Nos cuenta que hay gente que lo ha intentado nadando y la corriente se los lleva, y mientras habla, me vanaglorio mentalmente de haberle dado conversación, sintiéndome un poco Colin Thubron, que en sus viajes por Asia, Rusia o el Tíbet, sobrepasaba el muro de las lenguas y se atrevía a todo.

Bajamos de la barquita a una Santoña dormida, y al dejarla atrás, nos encontramos con los muros enormes de una cárcel, tras la cual el camino nos empuja hacia una playa empapada de algas. Se nos viene encima el Brusco, un capirote que separa playas y que en el perfil de la etapa luce imposiblemente vertical. Antes de emprender el ascenso, nos encontramos con una mujer que nos dice que el Padre Ernesto, dueño del albergue de Güemes, es un viajero auténtico, una persona maravillosa que merece la pena conocer, y que ojalá tengamos la suerte de encontrarle. No es la primera que nos habla de él, y mi tocayo ha ido convirtiéndose en casi una leyenda a medida que nuestros pasos nos acercaban a su albergue… y aunque resollamos subiendo por el camino de arena del promontorio, resulta no ser tan brusco como parecía. Al otro lado, resbalamos por las rocas de un camino cubierto de babosas que lubrican su propio movimiento, peregrinas carnosas y oscuras. Al otro lado del Brusco contemplamos una inmensa playa salpicada de rocas puntiagudas como dientes, y en el extremo más alejado de nosotros, las casas de una Noja ya iluminada por el sol. Vamos bordeando la playa por un camino de asfalto viejo y agrietado, sobre el cual se mueven lentamente babosas negras de rebordes anaranjados. Algunas intentan ponerse en pie, quién sabe por qué. La estampa de esa playa de Trengundín, con las rocas puntiagudas alzándose entre las aguas, me recuerdan el primer dibujo que mi profesor me animó a copiar, meses antes.

El mar escupe nubes de electrones, que caen sobre nosotros.

 

A la entrada del pueblo hay una extraña estructura de madera sin función aparente enfrentando el destartalado campo de fútbol y un skate park inundado con sus grafitis llameando al sol.

Noja parece un pueblo tranquilo, con una plaza inmensa en donde paramos a descansar y a airear los pies húmedos de sudor. Saco dinero del cajero, sintiendo que el saldo desciende a una velocidad alarmante, y me digo a mí mismo que es perentorio dejar de comprobar el saldo. Solamente sacar el dinero y olvidarme de lo demás. Compramos mandarinas, y nos vamos. El camino se vuelve monótono, lejos del mar y entre barriadas cuyos muros esconden las casas. Dominio de lo privado. Un campo de fútbol atestado de niños con sus indumentarias y padres de brazos cruzados; sucesión de manadas de vacas que miran tras los cercados, desinteresadas; un rebaño de burros aburridos; un pub perdido en mitad de la nada, de nombre Ginger; María subida en uno de esos mecanismos con resorte que abundan en los parques infantiles, este con forma de delfín; un yin-yang imaginado en los mandos de uno de esos ingenios inventados para que los jubilados estén en forma, el karma aparecido ante mí durante un instante; un largo puente romano cubierto de caracoles muertos; y, finalmente, ante la siniestra mirada de una vaca enfadada, una comida basada en cacahuetes y pan. María se pregunta en voz alta si las vacas tienen clítoris. Un poco antes, un anciano de pelo y barba blancas nos ha preguntado, desde el interior de su furgoneta, si vamos a Güemes, y que si estamos bien. Le respondimos que sí, porque aunque se ha hecho el despistado, el conductor era el Padre Ernesto.

Senda Estelar 189

Aunque la vaca se quedó atrás, seguimos preguntándonos si las vacas tienen clítoris o no durante un rato, hasta que apartándonos de la carretera principal, nos desviamos y ascendemos las pendientes de una aldea llamada Berceyo. Cantabria siempre se pinta en verde, me pregunto por qué la bandera es blanca y roja. Además de verde, huele siempre a mierda de vaca y a vaca, igual que parte del norte de España. A lo lejos, distinguimos una casa de madera pintada de blanco, a la que ascendemos ilusionados como niños por haber terminado la etapa y estar ya en la famosa Cabaña del Abuelo Peuto. A la entrada nos recibe Omar, que nos ofrece un vaso de agua y toma los datos con la cadencia de su voz tranquila y latinoamericana, para luego acompañarnos a una preciosa habitación con cama doble y baño con ducha. Nos sigue un perro enorme, Biou, que lo mira todo con la sabiduría fingida de los perros grandes y viejos.

Senda Estelar 200

Paseo silenciosamente con María por las instalaciones del albergue, sintiéndome un intruso: habitaciones unidas entre sí para dar ilusión de continuidad, una biblioteca, la zona de reuniones, la ermita. En la biblioteca, precisamente, hay docenas de libros y sobre la mesa, gruesas cartulinas en las cuales frases y fotos cuentan la apasionante historia del Padre Ernesto y de toda la gente que ha contribuido a crear este espacio. Afuera, anochece sobre una sucesión de pastos y casas. Entramos en el espacio común y nos sentamos a la lumbre de la chimenea, que Omar ha encendido hace un rato. Un momento después se nos une un chico medio inglés medio holandés que se llama Max, y al que le encuentro un asombroso parecido con Chris Martin, cantante de Coldplay. Empezamos a hablar. Omar nos trae unos vasos de vino, y luego aparece el Padre Ernesto, que decide adelantar la cena. Ponemos la mesa, que luego se llena con puré de calabaza y calabacín, tortilla y macarrones con carne, un auténtico festín que devoramos con vino y pan, y que se corona con un flan delicioso que ha traído la médica del Padre Ernesto, que también está a la mesa, moderadamente preocupada por la hipertensión de su paciente. Se ha unido a nosotros otro comensal más, un peregrino coreano llamado Kim, moreno y de pelo largo, gafas, y que no habla mucho inglés, pero que compensa su incapacidad verbal con gestos abiertamente comprensibles. Ha empezado el Camino en Ginebra, y está agotado tras caminar cuarenta kilómetros de una sentada. La conversación oscila como siempre que se reúnen personas que no se conocen entre sí. Kim nos ha hecho entender que trabaja en Samsung. Max parece ser uno de esos espíritus libres que se dedican a viajar y a experimentar la vida. El Padre Ernesto nos habla del camino de la vida, de los seres increíbles que han pasado por Güemes haciendo el Camino: un ciego, muchos en silla de ruedas, gente desde Australia, una alemana embarazada que luego volvió con su recién nacido, muchos japoneses. Todo se va quedando en mi memoria como las hojas que caen en un suelo al llegar el otoño. Al acabar de comer, el Padre Ernesto reclama silencio porque va a contar su historia, que yo iré traduciendo para Max y Kim como buenamente pueda. La atmósfera se ha cargado de una calidez esperanzadora y calmada, mágica, como la que se genera alrededor del fuego en las noches de verano. Nuestro anfitrión rechaza la fama que se ha ido ganando en los últimos tiempos. La percibe peligrosa, tentadora. Se sincera diciendo que le agrada la idea de compartir nombre con otros grandes personajes como Hemingway, el Che o Ernesto Ortega, un poeta nicaragüense. Habla de las movilizaciones que incendiaban Santander cuando él era joven, de la sensación de no saber qué hacer con la vida, y del modo en que en ese ambiente de cambio nació la idea de la universidad de la vida. Luego sobrevino un año sabático que en realidad duró tres, mientras viajaba con su Land Rover (que está aparcado al lado de la ermita) por Sudamérica y África. Aprender de los campesinos del altiplano peruano, de los indígenas de Guatemala, de cualquiera que se cruzara en su camino. A la vuelta de aquel viaje, el Padre Ernesto decidió reformar la vieja cabaña familiar, en Güemes, la de su abuelo Peuto, y convertirla en lugar de encuentro y de servicio a la comunidad. Reconoce sentirse abrumado por la cantidad de peregrinos que han pasado por sus paredes. La conversación se deslavaza y toca muchos palos. Los tiempos en que vivió en Tresviso, el pueblo cántabro situado a mayor altitud (la foto de la aldea impresiona); la solidaridad y la vocación de servicio a los demás; Arcadi Olivers y Teresa Forcades. Nos recomienda seguir la costa en la etapa de mañana. Luego, nos despedimos.

María y yo nos vamos a cama impresionados. Sintiendo que estamos en el paraíso, o al menos, que hemos llegado a un oasis.

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