Eurodépor: la juventud (Serie Dépor)

Después del agridulce paso de la infancia a la adolescencia, esta última avanza y se empieza a desvanecer. El tránsito al instituto, la universidad ya atisbada en el horizonte como una monstruosidad difuminada. Los tiempos que cambian. Las mujeres han pasado de ser niñas a chicas, de la repulsa al deseo, de terreno de fantasías a campo de posibilidades. La novedad de ser del Dépor se ha consumido, ahora el sentido de pertenencia es una realidad más que asentada, por los buenos tiempos, pero también por los malos, y por el sentido de rebeldía que sigue suponiendo serlo en provincia celtista. Hay cosas que nunca cambian, por cierto.

Tras el abismo de varias malas temporadas, varios malos entrenadores, varias malas decisiones en el banquillo, varias decepciones, llegó para dirigir el equipo un vasco de apellido increíblemente largo, acortado como Irureta. Jabo Irureta no llega de rositas, sino con la losa de haber entrenado al máximo rival la temporada anterior. Losa agravada en pretemporada porque ese verano perdimos el Teresa Herrera precisamente contra el Celta. Sin embargo, la temporada empezó con un aire diferente a las anteriores, porque algo había cambiado, y para mejor.

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Visto desde la distancia, el equipo de aquel año era superior, increíble. Muchos de aquellos jugadores entraron en la historia deportivista, y enumerarlos casi da vértigo: Songo´o, Manuel Pablo, Naybet, Víctor Sánchez, Mauro Silva, Djalminha, Conceiçao, Makaay, Turu Flores, Fran, Scaloni,… Valerón.

Primer partido de Liga, y primer hat-trick de Roy Makaay, goleada al Alavés. Luego se ganó al Barça, y en la jornada 12, el equipo era líder y sumaba siete victorias seguidas. Aquella fue una primera vuelta perfecta, y solamente la inseguridad derivada de la adolescencia tardía llamaba a la prudencia. Daban miedo las alturas. Aunque ya habían pasado unos años, la debacle de la liga perdida seguía agitándose fresca en la memoria. Me recuerdo a mí mismo pensando con fatalismo que casi era mejor ir bajando posiciones y alcanzar la segunda o tercera plaza otra vez, y no llegar al final con posibilidades y perder, llevarse de nuevo la gran hostia. Pero ese fatalismo tan gallego también es permeable, y el optimismo se iba colando. Ni Barça ni Madrid tenían un buen año, y aunque el Dépor fue perdiendo puntos lejos de Riazor, en casa el equipo hilaba fino: Djalminha enmudeció con su lambretta a todo el Real Madrid (especialmente a un boquiabierto Fernando Hierro), el Turu Flores acudía fiel a su cita con el gol ante el gran rival. En Copa de la UEFA, a la que el Dépor había accedido el año anterior a última hora, el equipo se quedó fuera tras un humillante 5-1 en Highbury (¡qué tiempos los de aquel estadio de campo minúsculo!), aunque con la memoria del penalti de Djlaminha a lo panenka, genio y figura. En Liga volvía el mal de altura: perdimos en el Camp Nou, y también en Vallecas. De nuevo hubo que sacar los ajos a paseo, y de nuevo era el Barça (el de Gaspart) el gran rival. En el banquillo, Irureta, con esas cejas enarcadas de quien ya no se puede sorprender de nada, pedía calma, y afirmaba que Ganando lo de casa, somos campeones. Faltaban cuatro años para que el equipo fuese centenario. Un título de Liga sería un colofón tremendo.

Pero había dudas, y muchas. Y miedo. Supongo que en A Coruña los demonios se llevaban con el ánimo de la colectividad, pero en la provincia del sur las cosas no eran tan fáciles, se mentaba a la mínima los recuerdos de fracasos anteriores, y todos los celtistas procuraban sacar a relucir su rivalidad llamando a la mala suerte. Y por dentro, todos los turcos del país pensábamos: Otra vez no, por favor.

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En aquellos años, yo jugaba en el equipo de baloncesto de mi pueblo (El Doce CB), y mientras la liga de fútbol se acercaba a su final, también la nuestra lo hacía sin más pena que gloria. El ritmo al que suceden las cosas en los pueblos convertían la posibilidad de ganar la Liga en algo personal, e insisto en que aprehender el éxito colectivo de otros es ridículo. Nos la deben, pensábamos. Muy cerca del final, llegó a Riazor el Zaragoza, tercero en la cuestión de ganar la liga. En un partido a cara de perro, Djalminha desequilibró y puso en el marcador el 2-1. Corrió por la banda hacia el córner y se sacó la camiseta a pesar de tener una tarjeta amarilla, con Riazor roto a sus pies. Recuerdo su sonrisa de felicidad, de lo-hice-yo, la satisfacción de sentirse el héroe, y a sus compañeros atónitos cubriéndole como si así el árbitro no pudiese ver que se había sacado la camiseta. Segunda amarilla y a la calle, Irureta se toca la sien con el dedo desde el banquillo sin comprender lo que su estrella acaba de hacer. El Zaragoza acabó empatando el partido en lo que fue una oportunidad perdida para cerrar la Liga. Igual que la de Santander, en donde el equipo empató a cero a pesar de los miles de deportivistas que viajaron hasta Cantabria. Todo quedaba para el final.

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La semana del 19 de mayo del año 2000 se hizo eterna. Mientras en A Coruña se sacaban las hormigoneras blanquiazules y se llenaban los balcones de banderas y se vitoreaba a los jugadores por las calles, los deportivistas exiliados dejábamos de atender en clase, nerviosos, nos estallábamos los dedos y mordíamos las uñas, apretábamos los dientes como si fuésemos nosotros los que tuviésemos que salir al campo a ganar la Liga. De nuevo, lo ridículo de aprehender nervios ajenos para uno mismo. Lo bueno y lo malo. Ridículo pero también digno. Puro sentimiento.

Recuerdo que el día D fue un viernes y fui a entrenar. Al salir, recién duchado y con la luz filtrándose por las ventanas estrechas y altas del pabellón del pueblo, parecidas a las de una iglesia, enganché la bufanda alrededor de mi cuello y puse la radio. El partido acababa de empezar. Minuto 3. Gol de Donato. Ese gran negro corriendo hacia la banda impregnada de papel de baño, saltando, las gradas temblando a punto de caerse. 1-0. Un chico solo corre a gritos por las escaleras del pabellón, mientras un grupo de madres que esperan a que sus niños salgan de la piscina le miran, escandalizadas y medio asustadas. GOL. GOOOOOOOOOOOOOOOOL. Como si fuese mi primer beso. O la lotería. Felicidad total. En Barcelona, para más inri, el Celta ganaba al Barça y nos echaba una mano en demencial paradoja, a pesar de que sus aficionados habían pedido durante toda la semana a su equipo que se dejase ganar. El Zaragoza, con opciones mínimas, ganaba al Valencia pero la victoria momentánea del Dépor anulaba sus esfuerzos. El partido se fue tensando. En el 34, Manuel Pablo centra al área y Roy Makaay la enchufa con su definición habitual. En Barcelona, los culés empataban el partido. Pero ya no importaba nada. La segunda parte se convirtió en una celebración estereofónica, treinta y cinco mil personas aullando el nombre de sus jugadores en Riazor, otros muchos miles en sus casas y en los bares de toda Galicia. Irureta le dio el cambio a Donato, que abandonó el campo riéndose, extasiado, y agradeciendo con sus manos tanto cariño. Iba en el coche de camino a la aldea cuando por la Radio Galega se escuchó al árbitro pitar el final, y luego el estruendo del estadio mezclado con la estática. Ya delante de la tele, me recuerdo observando extasiado las imágenes de la TVG, cincuenta mil personas celebrando la Liga en Cuatro Caminos, imágenes de jugadores desnudos tras la invasión de campo, el autobús y las bengalas tiñendo la noche, un puro éxtasis. Recuerdos cruzados. La sonrisa imborrada en la cara, un escalofrío materializado por dentro: CAMPEONES.

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Sé que resulta idiota y absurdo, que fueron ellos los que ganaron. Llamadme imbécil, pero siempre he tenido muy claro que ganaron por la afición, y por toda esa energía concentrada en un mismo objetivo. Creer fue la clave. Los jugadores ganaron, pero nosotros también. Las cosas no pasan por casualidad. Jung lo sabía, y quizá como un guiño a la sincronicidad del universo, el árbitro en aquel partido contra el Espanyol era el mismo que arbitrara la final de la Copa del Rey que le ganamos al Valencia.

En Barcelona hubo algunos lloros. Gaspart, rezumando bilis, declaró que la que la liga que nos debía la historia ya la habíamos cobrado, y que podíamos apartarnos del camino de los grandes. No hizo falta que Lendoiro le recordase aquello que había dicho casi una década antes: Barça, Madrí, que ya estamos aquí. La Liga ganada abrió una época de gloria. Se escribieron las hojas más doradas de nuestra historia en unos años en los que también mi vida sufrió más cambios. Del colegio de curas al instituto, del instituto a la universidad. El viaje de la adolescencia a la primera juventud. Besos, traiciones entre amigos, amarguras, lluvia y sol. Dejé el equipo de baloncesto y me eché una novia. Todo lo viví acompañado por esa gloria, por ese ser del Dépor que, igual que el escribir, me ha anclado a un lugar esencial, impidiendo que me pierda. Cuando uno tiene un lugar común y universal al que unirse, jamás pierde el timón. Toda esa gloria tiene cifras: dos subcampeonatos consecutivos, varias supercopas y espectaculares participaciones en la Liga de Campeones. Hay todo un catálogo de victorias imborrables en estadios míticos: el Parque de los Príncipes, Old Trafford, en donde aún recuerdan a un Diego Tristán insuperable, Highbury (o la venganza), el Olímpico de Munich (ah, qué gran pase de Valerón para Makaay en el tercer gol), Stadio delle Alpi.

 

Temporada 2003/04. El Dépor ha dejado atrás la fase de grupos de la Liga de Campeones, a pesar del humillante 8-3 recibido en Mónaco, y va besando la épica en cada eliminatoria. Ganamos en Riazor y en Delle Alpi a la Juventus de Buffon, Thuram y Del Piero. En la siguiente eliminatoria, caemos 4-1 en San Siro, ante el Milán de Ancelotti, y a la vuelta, muchos deportivistas dimos por buena la participación. Cuartos de final. ¿Qué más se le puede pedir al equipo de una ciudad pequeña en un rincón de la vieja Europa? Ya estaba bien. Pero una persona dijo que no. Irureta declaró que sin duda se iba a hacer. Nunca un tipo tan sensato creó tanta euforia injustificada. La virtud de creer contra toda lógica. Irureta creía, e hizo creer al equipo, y a la afición. Fue así cómo se gestó el Partido Más Grande De Nuestra Historia. El Milán llegó confiado, el Dépor salió como un vendaval. Nunca la Torre de Hércules vio algo igual, ni siquiera en los saqueos turcos. El estadio animaba como si la eliminatoria estuviera decidida a nuestro favor. Ancelotti nunca se olvidó de esa noche. El primero lo marcó Pandiani a los 4 minutos. Yo empecé a creérmelo con el segundo, de Valerón. Gritos en el Montoto de Santiago, cáscaras de cacahuetes volando, manos alzadas pidiendo más cañas. Con el tercero, un auténtico golazo de Luque, un estilete por esa banda, se desató la locura. Los italianos miraban al cielo, manos en jarra. Pero en ese cielo de A Coruña estaban la gradas de Riazor, rotas y fundidas en una única boca. Aún hubo de venir el cuarto, obra de un Fran ya crepuscular pero siempre maravilloso. No pudo hacer nada el Milán. Nadie hubiese podido. Los italianos se fueron a casa, y nosotros a semifinales. Enseñanza: nunca subestimes al contrario.

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Antes de la noche más mágica de nuestra historia, ya le habíamos robado a un Real Madrid centenario la Copa del Rey que la Federación había diseñad para ellos. En su puta cara, pensé, pienso. Otro recordatorio de por qué no hay que confiarse, de que no hay rivales pequeños, de que cualquiera te gana en tu casa, de que en la vida hay que poner la intensidad encima de la mesa para que las cosas sucedan. Ni Figo ni Zidane ni Raúl ni Morientes, en la fiesta del Bernabéu reinó Fran levantando la copa ante la divertida mirada del Rey, que quizá no entendía tanta euforia por una copita de nada. Pero es que para los humildes, cualquier título es manjar divino. Quizá fueron los ajos, o quizá cosa de Lendoiro, que le pidió a Fran que cambiase de campo para que el portero del Madrid defendiese con los Riazor Blues detrás durante la primera parte. El Bernabéu se convirtió en un pequeño Riazor, con casi treinta mil deportivistas empujando a su equipo a la épica de un partido imposible. Yo lo vi en mi casa, abandonado por mi familia en el salón, gritando como un condenado ante el temor de que el Real Madrid empatase el partido a última hora, esa forma tan cruel que tienen los grandes de machacar a los pequeños que asoman la cabeza. Pero no hubo nada de eso. Se ganó el partido, se ganó la copa, y con el pitido del árbitro, salí al balcón y grité, no importaba que nadie me siguiera. Al rato de mis gritos aparecieron tres chavales para bañarse en la fuente de delante de mi casa. Es grandioso eso de ganar. Es algo que no te explican bien en el colegio, en donde te venden que lo importante es participar. Y es cierto, participar es lo que debería llenarnos. El problema de aceptar que participar es suficiente no es suficiente, porque ganar es una sensación orgásmica. Como el buen sexo, como el buen chocolate. Pura endorfina, puro placer.

Aquello fue el Centenariazo.

Aquellos fueron los años de la gloria, una época dulce y pasional que no parecía tener fin.

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2 comentarios en “Eurodépor: la juventud (Serie Dépor)

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