21 de diciembre; CASTRO URDIALES – LAREDO

NOTA: la enfermedad mental del autor le hizo saltarse, sin querer, la etapa del 21 de diciembre, una de las más espectaculares. Aquí la recupera. Corto y cambio.

Senda Estelar 155

Cuando no se ama demasiado no se ama lo suficiente. B Pascal.

 

De nuevo otro amanecer puro y azul, de esos que se absorben por la piel y a través del plexo solar, de esos que ningún pintor podría replicar con la esperanza de acercarse al original.

Senda Estelar 147

Me despierto preocupado por los pies de María, que parecen estar algo mejor pero no lo suficiente. Los veo mientras se pone los calcetines. Los tengo muy doloridos, me dice, y desayunamos algo de fruta y, un poco tarde de más, salimos a la calle y nos entran ganas de desayunar de nuevo. Entramos en una cafetería del paseo marítimo y me encuentro cara a cara con una bollería riquísima llamada breva de crema. Luego echamos a andar con buen ánimo, dejando atrás la iglesia que domina el puerto de la ciudad y que en realidad apenas es más que una ermita. La de Santa Ana. Alrededor de su piedra se arremolinan gaviotas que festejan el nuevo día, además de una marea de gatos que se toman la primera siesta del día. Una cala de piedras se abre tras una cueva submarina que conduce al mar. Está empezando a hacer calor, mientras Castro Urdiales se desvanece en una serie de barrios rurales, parroquias tranquilas a la solana de noviembre. La luz va tornándose blanca y algo decadente, como si algo ensuciase el cielo y el aire, y María va cada vez peor. Demasiado despacio para la larga etapa que se nos presenta. Laredo está a treinta y cuatro kilómetros, y los recreo mentalmente mientras María me confiesa que le duele todo el cuerpo, que cree que le está saliendo una muela del juicio y que cada vez que pisa el suelo un dolor sordo le escala por las piernas.

Senda Estelar 148

Hemos abandonado el asfalto y caminamos por una preciosa sucesión de prados costeros punteados de arboledas densas y rocas que emergen de la hierba como dientes. También, rebaños de cabras que disimulan independencia con un gesto puramente caprino en sus rostros. A lo lejos se distingue un peñón de roca abalanzándose sobre el mar. Santoña. Cada vez estoy más preocupado por María, y abatido por las flechas amarillas y el avance lento, entramos en un lugar llamado Islares. La dejo sentada a la sombra y me voy a buscar agua. Un empleado de gasolinera me dice que no hay fuente, pero como no tengo tiempo para buscarla, acabo gastando varios euros en conseguir un poco de agua en una máquina de vending. María está deshidratada y eso no hace más que empeorar las cosas, me enfado con ella por el desdén con que trata su propio cuerpo.

Más adelante, el camino regresa a la carretera nacional, avanzando por la profunda y estrecha ría de Oroño, olas repletas de surfistas y la luz que preña las aguas con tonalidades turquesas. Como si estuviésemos en el Caribe. Seguimos la ribera penetrándola como en un acto topográficamente sexual, y tras el turquesa, las aguas se colonizan por los juncos secos, marismas contaminadas por el sonido de la autopista que cruza por encima. Los montes están recubiertos por pinos y eucaliptos, entre los troncos asoman rocas blancas que parecen formar el sustrato de toda la región. Vamos cada vez más despacio, y aunque insisto en abandonar la senda oficial y avanzar por nacional hasta Laredo, ahorrándonos una decena de kilómetros, María se niega a acortar la etapa, mientras yo niego con la cabeza sin saber que la fortuna me favorecerá en un rato. En una marquesina de autobús perdida en medio de la nada, el suelo sembrado de hojas de eucalipto, un jubilado con bastón y pelo blanco, viéndonos girar hacia la izquierda, nos cuenta que en realidad el Camino de Santiago siempre ha seguido la carretera nacional, que sólo recientemente lo han cambiado hacia el interior, siguiendo una sucesión de montes, para apartar a los peregrinos del tráfico. Enarco las cejas. Es la primera vez que caigo en la cuenta de que el camino oficial no es algo que debería dar por sentado, como una verdad absoluta. Si los propios guardianes del camino se han atrevido a modificar la ruta, ¿qué sentido tiene que sigamos un camino y no otro? Lo que nos cuenta este abuelo me sirve de argumento final para acabar de convencer a María, y reducir los veinticuatro kilómetros que nos faltan a sólo la mitad.

Senda Estelar 153

El camino nos anima un poco, y superado el cisma cruzamos el río Agüera y subimos hacia un lugar llamado Liendo. No dejo de pensar en el camino oficial, que ahora luce para mí sospechoso, en la diferencia entre el camino histórico y el que relumbra en las guías turísticas. Hay algo que me escama y ya no son las primeras dudas, que aparecieron abstractas y que ahora se han vuelto cada vez más concretas. Nada es lo que parece, pienso, mientras seguimos por una carretera seca, los coches aullando alrededor. La autovía termina por desviarse de la nacional y desaparece entre los montes. María, que va detrás de mí, se echa a llorar y arrastra sus pies sin aceptar que me dé la vuelta para animarla. Le duele todo el cuerpo, la muela la está matando y sus pies arden de sabañones. Y sin embargo, dice, son lágrimas de frustración, de impotencia, y yo no puedo hacer otra cosa que avanzar tirando de ella para que la etapa se consuma lo más rápidamente posible. Cuanto antes lleguemos, mejor, pienso, mirando en lo alto del cielo águilas que buscan presas vivas, y buitres que las buscan muertas. Es así como terminamos entrando en Liendo, que no alcanza siquiera para pueblo. Es una mera dispersión de casas de campo en medio de un amplio y llano valle casi costero, sólo separado del mar por una muralla de colinas boscosas. Son las dos y media de la tarde, y en el único bar, el Bar Vikingo, entramos a descansar los huesos ante las miradas de parroquianos disimuladamente curiosos. Parece domingo aunque no lo es, y cervezas mediante, observo a los habitantes del mar, sumidos en una ridícula discusión sobre la edad de los perros y la correspondencia entre sus años y los del ser humano, y la conversación termina adquiriendo tintes épicas al entrar a valorar la naturaleza abstracta y relativa del tiempo. Que si un año de persona equivale a siete de un perro, dice uno. Un año de perro es un año de persona, dice otro. Cómo se come esto, alude un tercero.

Senda Estelar 160

Este rato en el bar es un espejismo, necesitamos seguir hacia Laredo, aún faltan cinco kilómetros. Intento evadirme de todo, incluso de María, y pienso en una vieja historia que un día se me ocurrió en clase de yoga, El árbol de los ojos rojos. Me dejo llevar por esta historia no escrita mientras tras de mí se arrastra María. Del árbol de los ojos rojos salto a otra idea no puesta sobre el papel, Las siluetas, y también a El muro del fin del mundo, y de pronto se me ocurre unir a las tres mediante un eclipse de sol. La Trilogía del eclipse, murmuro, sin estar demasiado seguro de que El árbol de los ojos rojos encaje del todo con las otras dos, más afines.

 

Y como todas las penurias tienen fin en un universo donde nada perdura para siempre, alcanzamos un alto dominado por un alto edificio con forma de falo.

Abajo, Laredo estirándose hacia Santoña con la larga lengua esquirlada de su playa. Perfecta fotogenia, las aguas azules prendadas de diminutas olas de espuma blanca, el exiguo estrecho que separa Laredo de Santoña, la ría abriéndose hacia el interior, formando una bahía cerrada. Finales de noviembre, el día va cayendo mientras bajamos por una larga pendiente finalmente transformada en escalinata, para terminar llegando al convento en donde dormiremos.

Ave María Purísima, dice una voz después de que timbre.

Venimos al albergue, le suelto a la monja, que resulta ser oronda y amable, aunque no simpática. Nos toma tantos datos como si fuésemos a pedir una hipoteca, y luego se esfuma. La cocina está completa, así que después de la ducha salimos a comprar algo de comer. Ya es de noche y sopla un brioso aire caliente. Volvemos rápido, María está agotada, y mientras se cubre de mantas, cocino un arroz con algas, que aromatiza el albergue. Antes de cenar, se toma un paracetamol. Vuelve a estar febril. Mientras espero a que esté hecho, leo en un escritorio dominado por un Cristo que me mira, con un par de latas de cerveza como compañía precaria.

Luego cenamos. No son las diez y ya estamos profundamente dormidos.

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Un comentario en “21 de diciembre; CASTRO URDIALES – LAREDO

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