La loba se retiró a morir

Ese frío metal atravesando su costado la pilló por sorpresa. Permaneció unos segundos atónita bajo la profunda nevada que teñía el mundo con tonos blancos y creaba extrañas sombras trémulas. Trastabilló sin saber qué pasaba, luego perdió el equilibrio y apenas fue capaz de mantenerse en pie. Vidrio en sus ojos por un instante, la sensación de inminente desmayo. Un dolor punzante la hizo estremecerse, regresó de la oscuridad. El sol caía tras las densas nubes de plomo, detrás del bosque. Crepúsculo iluminado, de pronto todo lo que la rodeaba empezó a desprender una energía oscura, tétrica. Echó a andar, luego correteó con torpeza entre los troncos desnudos de los árboles, hundiendo sus patas trémulas en la nieve perfecta. Dejaba tras de sí el doble rastro de la huella de sus patas y de las gotas de sangre que se escurrían de su vientre. Los copos se enredaban en su pelo, en donde se crispaban por un instante antes de fundirse con el calor que expulsaba su cuerpo. El corazón cada vez más rápido, caótico. Sus oídos seguían escuchando el sonido del disparo, retumbando en el interior de su cráneo, en el bosque, en el mundo, en su mundo. Un silencio roto, irremediable. Escuchó gritos a lo lejos: ¡Le he dado! ¡Le he dado!.

Corrió, la sangre empapando su vientre, mechones de pelo apelmazados entre sus tetas hinchadas. Los escuchaba tras ella, oliendo el hálito etéreo de su sangre, brumoso al chocar contra el aire frío. Olió la muerte, también la intuyó, la veía acercarse mientras algo se desinflaba en su interior. Gruñó asustada mientras corría, pensando en sus cachorros, ocultos entre un par de árboles caídos y musgo y hojarasca, matorrales; sus cachorros, que la esperaban hambrientos de comida y de madre, que veían que la noche llegaba y su vientre protector no reaparecía. La furia en su pecho la hizo pararse en seco. Respiró un momento, intentando serenarse, recuperar el aliento perdido. Se desvanecieron el dolor, la furia, el miedo, y mirando al cielo, aulló. Sus ojos colmados de lágrimas invisibles bien abiertos mientras el sonido gutural emergía de su boca. Aquel aullido significaba que no iba a regresar. Ya no. Recuperado el aliento, echó a correr de nuevo a través del bosque, en dirección contraria al lugar en donde sus cachorros la esperaban. Jamás volverían a verla. Jamás volvería a verles. Pensó en los lametazos que les daba para limpiarles las orejas, en los tres acurrucados en su vientre, chupando de sus tetas, de los violentos juegos entre hermanos, de sus ridículos intentos de sumarse a sus aullidos. Todo eso se quedaba atrás. Su única posibilidad era abandonarles y protegerles con el precio de su vida, que se escurría de ella lentamente como su propia sangre.

Se le nublaba la vista y tropezaba con los troncos, que eran el rosario de columnas de un templo arruinado. La penumbra lo iba transformando todo. Creyó que los árboles la miraban como guardianes indiferentes. Los cazadores se iban acercando, conscientes de que la presa herida no tenía escapatoria, de que solamente era cuestión de tiempo. Todo es siempre cuestión de tiempo. La loba gruñó con sus ojos teñidos también de sangre. La caída de la luz transformaba la nieve en una masa iridiscente, azul flamígero en la noche amenazante. Una sensación de paz yacía eléctrica y expectante en su cerebro, pero la muerte era una certeza tan profunda e intangible que se escapaba a cualquier capacidad de comprensión.

El río y su rumor. La lengua empapada en sangre, y aun así la sed, sus labios hinchados. Las aguas casi congeladas la llamaban. Resbaló por un pequeño terraplén de fría tierra desmenuzada, luego por la orilla recubierta de barro helado, hojas podridas, pedacitos de hielo. Respiró el olor penetrante de la tierra húmeda, a sus espaldas el sonido caótico de pasos y gritos, ¡Ha ido hacia el río! ¡Hacia el río!. Sus patas delanteras cedieron, se arrodilló claudicando, su hocico avanzó hacia las aguas y como en un beso, bebió el agua fría, que resbaló por su garganta. Notó cómo se apaciguaba el dolor sordo que latía en su vientre, y bebió un poco más. Luego levantó la mirada al cielo. Un placer fugaz la atravesó. Todo se magnificaba, se aceleraba, se transformaba con movimientos trémulos y vertiginosos. Los árboles desnudos rodeando el río un laberinto de líneas negruzcas. Quizá contuviesen una extraña sangre podrida en su interior. El cielo nublado vomitaba nieve sobre el mundo. Su mente vagó hacia sus cachorros abandonados. Se los imaginó trémulos, asustados, mirándose sin saber qué hacer. Seguro que alguno tomaría la iniciativa. Sí, así sería. Levantó el pecho y aulló al cielo. Llamaba a sus verdugos, pero también así se despedía de su prole. Mientras aullaba, y la voz de su vida se perdía en el aire frío, se le erizó el pelo de la espalda, las orejas, el corazón detenido en un instante. Todo lo que era ella, concentrado en su aullido.

El segundo disparo la alcanzó en la espalda, y cayó de lado, rodando sobre sí misma, empapando su cabeza con el agua fría. Contempló las trémulas luces amarillentas que se acercaban y transformaban la penumbra de un atardecer frío en algo extraño y artificial, el matiz crepuscular de una agonía, el anuncio definitivo de que la muerte llegaba. Los jadeos excitados de los perros, estruendosas risotadas de hombres. El bosque, mudo.

Echó un último vistazo al cielo y luego cerró los ojos, la boca entreabierta buscando el aire, los colmillos fosforescentes. El río rumiaba, sus aguas se llevaban las vidas congeladas a otra parte, a otros mundos. Su rumor fue lo último que sintió, mientras algo inconcreto le era arrebatado de su pecho. Luego escupió su último hálito de vida, y con él su alma al cielo negro.

Murió.

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