23 de noviembre; GÜEMES – SANTANDER

Senda Estelar 213

La actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre. B Spinoza.

Por la mañana aún se arrastra tras nosotros el poso de las conversaciones de la cena, las buenas sensaciones de estar viviendo en un mundo que, pese a todo, es eminentemente bueno. Sobre el horizonte se yergue una niebla brumosa. Desayunamos café y galletas, napolitanas, pan con mantequilla, mermelada. En cierto modo, intentamos alargar la conversación para que nuestra estancia aquí no se termine, pero la vida ha de seguir, irremediablemente. Los momentos son inasibles (incluso si los escribes). Nos despedimos como lo harían unos amigos de toda la vida, almas de otras vidas reencontradas en este plano. En el libro de visitas, escribo sobre Lorca y su duende, sobre la magia que puebla el mundo, y tanto yo como María hemos dejado diez euros en el buzón a pesar de que no se usa la palabra donativo, al Padre Ernesto esa palabra le gusta. En el momento justo antes de irme, entro en la ermita sin que nadie me mire y susurro un tímido Namasté. Un agradecimiento.

Hoy nos acompañan Max y Kim. La etapa solamente tiene quince kilómetros, un paseo en comparación con jornadas anteriores, así que empezamos la jornada remoloneando sobre pistas de asfalto húmedas y vacías, arriba de nuestras cabezas carballos durmientes, prados amanecidos, un poco más adelante, acantilados apegados a un mar gris, con las vacas mugiendo altivas ante las olas que rompen. Como desafiándolas. Voy diciéndole a María que la experiencia del Padre Ernesto es otro grano de arena en el camino del aprendizaje, otro maestro que ilumina nuestras vidas y que enseña una forma diferente de hacer las cosas, la posibilidad de obrar pequeños cambios en el mundo, y ese mundo lo incluye todo, la alimentación, la educación alternativa, la emocional, la gentileza. Lo único (!!) que se necesita es fe y tesón, y dar el terrorífico salto sobre el abismo que se abre entre Pensamiento y Acción.

Barrios residenciales dormidos en donde el inglés se torna lengua vehicular. Mis piernas querrían ir más rápido, pero mentalmente me repito que está bien, que no hay prisa ninguna. En una hondonada entre acantilados, dos ganaderos cargan paja seca en un tractor, con las vacas mirándoles ávidas desde sus establos, masticante calma bovina.

 

El camino nos lleva de nuevo a la playa rozando Santander, y sentados en un banco de madera, comparto unas mandarinas con los demás. Luego nos internamos en la arena húmeda y brillante, Santander al otro lado, brumoso. Nuestros pasos nos llevan a un lugar llamado Somo, nombre qué, no sé por qué, genera extrañas resonancias en mi mente. La playa está llena de figuras solitarias que pasean perros exaltados por el tacto de la arena y el salitre del aire, parejas tranquilas, surfistas enfrentando las olas. Kim se para a hablar con todo el mundo, una acción valiente y casi suicida por sus limitaciones con el inglés (por no hablar de las propias limitaciones de sus interlocutores). Personas y sus reflejos. Un mundo espejo.

Senda Estelar 215

Somo es un pueblo fantasma, la ilusión de un verano huido. En las calles aledañas al puerto, sin embargo, alumbra cierta vida de domingo y vermú. Caminamos hacia el embarcadero, y en una marquesina triste y vacía nos sentamos a esperar la siguiente barca que va a Santander. Aún falta una hora, y María y yo la pasamos hablando con Max sobre nutrición y física cuántica, mientras Kim cacharrea con su móvil al otro lado. Mantiene una corta conversación, y mirándole me pregunto cuántas horas de diferencia habrá con Corea del Sur. Luego llega el bote, bohemio y frío, atravesando la brumosa bahía. Saltamos las olas acercándonos a Santander, en donde contemplamos el enorme ferry que sale camino de Inglaterra. Santander resuena artificial y ruidoso. Edificios grandilocuentes prendados de anodinas banderas de España, manadas de turistas en los jardines, tráfico y olor de neumáticos. El gris del cielo se nos va metiendo dentro mientras avanzamos hacia un albergue disimulado en la primera planta de un edificio cualquiera en medio de una calle cualquiera. Allí nos recibe Lola, una mujer pequeñita y escuálida que habla sin parar de cualquier cosa. Nos toma los datos, y en el pasaporte de Kim descubrimos que tiene casi cincuenta años. Ninguno lo habría dicho. Le preguntamos cuál es su secreto, y el responde, No haberme casado nunca.

 

Termino el viaje de Colin Thubron por un Tíbet árido hacia la montaña sagrada, molesto por el sonido de los demás. Me gustaría que el cosmos garantizase un ambiente mágico para terminar los libros, un sacro silencio, un aquel de ceremonia o ritual. Pero el universo no entiende de deseos ridículos. Un rato más tarde, mientras intento una siesta, irrumpe en la habitación Vitorino, un anciano decrépito que afirma hablar una docena de idiomas, y que se enzarza con María hasta arrancarle un beso. Mientras tanto, Kim se me acerca y me ofrece una mandarina, que rechazo amablemente. Kim insiste, yo vuelvo a rechazar, le veo irse con cara de no entender nada y haber hecho algo mal sin darse cuenta.

 

Por la noche, decidimos ir al centro para comernos unas rabas, a modo de despedida. Kim tiene un calendario muy justo, y además se va a internar por el Camino Primitivo. Mañana le perderemos de vista. Santander cobra una vida de matices crepusculares, y en la repentina calidez de una noche casi de verano, Kim me explica el malentendido de la mandarina. Me dice que en su cultura, cuando alguien recibe algo está en la obligación de devolverlo, y es de buena educación que el que dio primero acepte. No hacerlo es una deshonra para el que devuelve. De ahí su reacción cuando me negué a aceptar la mandarina. Yo le explico que, precisamente, en España cuando alguien ofrece comida no es esperando que se la devuelvan. Que es un gesto de cortesía y gentileza compartir. Ya con las rabas delante, en un bar llamado La Cátedra, mantenemos una larga conversación teñida del dorado de la cerveza acerca de la pobreza y la soledad, y comparamos lugares de origen: Galicia, Corea del Sur y Holanda. Hablamos de la futilidad del nacionalismo más chovinista, de la naturaleza esencial que compartimos por el mero hecho de ser humanos, de los cuentos de infancia, patatas alioli y del pulpo. También de Fisterra, el final del Camino, al borde del agujero azul gris que es el Atlántico.

Al volver, Lola sigue hablando. Me da la impresión de que lo ha estado haciendo incluso cuando nosotros no estábamos. Acordamos compartir etapa con Max al día siguiente, aunque él parece algo reticente, o tímido. Luego me meto en cama y pienso en esas alianzas del camino, de cómo se forman y destruyen sin dramas. De la incertidumbre y de lo transitorio.

Luego le doy un beso a María, y me duermo.

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