Un abismo a los 20 (Serie Dépor)

Cuando uno cumple veinte le llegan sensaciones nuevas. Se acabó la fiesta de cumplir dieciocho y las pocas cosas que esto significa en realidad, y la década que se presenta por delante resulta tan crucial que casi da miedo rememorarlo. Porque en la década de los veinte pasan muchas cosas, pero uno aprende, tarde o temprano, acerca de la derrota y el fracaso. Yo lo viví rápido, con el Dépor cayendo ante el rácano Oporto de Mourinho (aún recuerdo los balcones de Compostela colmados con las banderas del Oporto de los muchos erasmus portugueses). No fue exactamente esa derrota, pero sí en ese tiempo, que se inició un declive ácido en el cual toda la gloria se disolvió. Los que lo habían predicho se regodearon de la caída, lo hicieron especialmente al sur de Galicia, otros coitados, que habíamos vivido creyendo que la gloria podía perdurar y que no era efímera, paladeamos el fracaso: todo cambia, nada permanece. Para bien y para mal.

Todos los dispendios de los años gloriosos, especialmente de los años del Eurodépor, empezaron a pasar factura. Facturas, precisamente, había muchísimas. Las que se habían ido contrayendo con Hacienda (estratosféricas) con carísimos fichajes fiasco, negocios turbios y disimuladas sonrisas. También con los bancos, que en plena vorágine capitalista financiaban cualquier locura futbolística. Eran años de derroche en toda la piel de toro, y desde el club se hacía como que no pasaba nada, como que todo era normal. Y mientras tanto, la etapa de Jabo Irureta se iba acercando poco a poco a su fin. Pasa como con todas las relaciones, supongo. Por entonces, yo todo eso no lo sabía, fui aprendiendo de la realidad que me rodeaba, de mí mismo, del Dépor, de los demás. Mi equipo, tras años de ilusorias visitas a la aristocracia del fútbol europeo, terminó por ceder y rebajar sus aspiraciones. Se reconoció parte de una deuda (ni siquiera toda), y la directiva (ergo, Lendorio) disimuló que se realizaban cambios profundos. Era mentira, la típica reacción de los que creen que pueden escapar del peligro dando un paso adelante. Y eso está muy bien si tus pasos se hacen cada vez más cortos. Ocurre como con el capitalismo: si dejas de crecer, la realidad te atrapa.

Había muchos agujeros oscuros en la gestión deportiva y financiera del club (como en la de todos los equipos de Primera y Segunda), agujeros que incluso a día de hoy están bien cubiertos. Irureta abandonó el barco, agotado tras una temporada cuyo mayor exponente fue el cabezazo que Djalminha intentó darle a su entrenador, así como el deficiente rendimiento de antiguas estrellas deportivistas. Se tocó fondo. ¿Fondo? No, de eso nada.

Deportivo

Djalminha dejó el club, Fran se acercaba al final de su carrera deportiva, sumido en constantes enfrentamientos con la directiva, y otros jugadores como Tristán se devaluaron a causa de aficiones bien conocidas en la ciudad herculina. Todo era como una gran resaca, concepto que uno desconoce antes de los veinte, pero que al entrar en esta década va descubriendo. La liga ganada, las épicas de Champions, el Centenariazo, todo empezó a resultar deslucido mientras nos convertíamos en un equipo ramplón bajo las órdenes del rácano Caparrós, que prometió a su llegada rejuvenecer la plantilla con canteranos del filial (a falta de cash, buenas son las intenciones…). Lo que el histriónico entrenador andaluz no sabía era que el Fabril había sido descuidado durante años, y que sus canteranos no tenían altura para jugar en Primera. Apretados por las deudas con Hacienda y los bancos, y sin poder tirar de  canteranos, Lendoiro, otrora un gran negociante, empezó a traer a A Coruña jugadores de segunda e incluso de tercera, envueltos, eso sí, en el velo de la oportunidad, la proyección o la juventud. El único jugador valioso que se fichó en esta época fue al mexicano Guardado. Así que el Dépor pasó de deslumbrar a mostrar un juego ridículo. Muchos deportivistas se bajaron del carro en esos años, al tiempo que desde Vigo se clamaba a los cielos por los millones adeudados, como una cantinela que algunos aún mantienen hoy. Otros, simplemente, nos encogimos de hombros al descubrir la realidad. Negación, aceptación, resignación, etc. Que la vida, simplemente, no siempre usa rosa para pintar. Que, a veces, la mierda te salpica e incluso te empapa del todo.

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Como deportivista, yo siempre había pensado que Toshack, Silva o Caparrós habían sido los peores entrenadores que se podía contratar, pero a mí y a otros como yo, el destino nos tenía reservado a Lotina.

Este vasco calvo y de cejas alzadas, al estilo de un niño mendigo ante un escaparate navideño, convirtió a un equipo ya de por sí ramplón en un espectáculo triste y digno de pena. Los deportivistas, incluso los más acérrimos, empezamos a guardarnos las camisetas, y en las discusiones de índole deportiva, no nos quedó otra que bajar la oreja y callar. No porque el equipo perdiese, puesto que perder forma parte del juego, como decía un antiguo profesor mío que luego llegó a alcalde, sino porque ni siquiera peleaba. Porque no era digno. Los huidos años de las gestas europeas ya se habían teñido con una pátina como de foto vieja, pura nostalgia, y al haber sido vividos, además, inundados por el aura de la juventud más temprana, casi tarda adolescencia, resultaban ahora como una contemplación deprimente de lo bonita que puede ser la vida.

 

Viajar a A Coruña para ver un partido siempre había sido algo así como una odisea. Para un pontevedrés de familia celtista, una quimera. Que finalmente conseguí. Tenía veinticinco o veintiséis años, y ya había estado viviendo en Barcelona. Empezaba un doctorado, y era plenamente adulto. De hecho, me acercaba peligrosamente a los treinta. Aquel partido lo empatamos, era el último de Liga y ni el Dépor ni el Barça se jugaban nada. Recuerdo vívidamente el fragor de las gradas, y lo diferente que se ve el partido dentro del estadio que en la televisión, el ambiente de fiesta de alrededor de Riazor incluso en un partido intrascendente, los bares y las banderas, las bufandas, las pipas, el Valerón Balón de Oro. Acompañado por un primo que ya ha fallecido, con su hermana, y con mi propio hermano, para más inri un celtista que se quiso unir aunque sólo fuese por ver al Barça, aquel fue un día de fiesta para mí. También me pilló en Riazor el primer descenso. Jamás en la vida hubiese pensado que el equipo podía descender a Segunda, esa es la verdad, aunque durante años lo hubiese temido y otro amigo blanquiazul me llamase, con razón, agorero. A mí me pasaba como a otros muchos deportivistas, que habían nacido con el Superdépor y no recordaban los oscuros años anteriores al ascenso de principios de los noventa. Pero se podía, vaya si se podía. En la semana decisiva, la anterior al partido contra el Valencia (qué irónica puede ser la vida, cuando quiere), olía a quemado entre todo el deportivismo. Se animaba, se decía que Se puede. El Valencia no se jugaba nada, y tampoco era un gran equipo, pero el problema era interno. Había algo podrido en el Deportivo, y estaba a punto de reventar. Los jugadores, sobre el campo, adolecieron de esa misma sensación, la de salir con el partido perdido: ramplones, cansados, desatinados, indiferentes. Un Valerón desquiciado intentaba empujar infructuosamente al equipo, un Riki patético lo intentaba. Con el pitido final, un hombretón se derrumbó a mi lado y rompió a llorar. Quizá como yo (por supuesto, no le pregunté), no recordaba al Dépor en Segunda. Pero se consumó el fracaso, y el estadio fue un llanto colectivo. No puedo decir que lo viviese como una tragedia, en parte porque ya había aceptado el destino, pero contemplar a toda aquella gente destrozada me encogió el corazón. Y lo digo consciente de que el fútbol es un juego y que todo se trata de una gran estupidez, de pura testosterona, dinero, intereses, poco más. ¿Poco más? Hace no mucho, a esa misma amiga a la que trataba de hacer ver qué significa sentir un equipo, le decía: ‘Para un tío que tiene una vida miserable normal, que no tiene un gran sueldo, ir al campo y que su equipo gane es, a veces, la única satisfacción’. Y algo de cierto hay en ello. A falta de épicas, de batallas ganadas, de insuperables victorias, la victoria ajena de algo como un equipo de fútbol reluce como oro. Por eso nos emocionamos con los deportes. No es solamente testosterona, no es solamente cosa de trogloditas, no es solamente fútbol. Es algo más. Es sentir la magnificencia en tu vida. Sentir que todo brilla. Por eso había tantas lágrimas en aquel estadio, y por eso se repiten esas lágrimas en tantos y tantos campos al acabar cada temporada. Al salir de Riazor, aquella noche, mi amiga Paula me dijo que había escogido, probablemente, la peor noche de la historia para salir en A Coruña. En los pubs, afilados dardos lanzados a los jugadores, a Lotina, a Lendoiro por primera vez en todo su eterno mandato. Aquellas cañas fueron tristes y cortas, aquella noche murió joven en A Coruña. Igual que la ilusión de muchos.

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Sin embargo, hay un lema entre los aficionados deportivistas que, aunque no comulgue mucho conmigo (no soy de radicalismos), se volvió patente a partir del día siguiente a consumarse el descenso: Esta hinchada nunca se rinde. El deportivismo reaccionó con orgullo y con ganas de redención. Los abonos batieron records, y una intención común latía en A Coruña: aprovechar el descenso para reconstruir el club y regresar a la élite. El problema de todo esto, como pasa en todos los aspectos de la vida, es que desde donde se manda, desde donde se corta el bacalao, las intenciones nunca son limpias, y hay siempre muchas manos que intentan que todo siga más o menos igual. Las categorías inferiores tan mentadas y desaprovechadas durante dos décadas iban dando algún que otro fruto, pero tras años de desatención, todo iba muy despacio. No podía reconstruirse el equipo a base de canteranos, pero las deudas azuzaban. Quizá a base de ingenio, de promesas o de mentiras, consiguió hacerse un equipo, se trajo a un entrenador con vitola de ascender equipos, Oltra, y contra todo pronóstico, el Dépor ascendió al año siguiente. Era el primer equipo que lo hacía. Otros grandes habían pasado años en el infierno. Y nosotros lo hicimos: Barça, Madrid, que ya estamos aquí (de nuevo).

Pero el lendoirismo moría. Hacienda era un depredador implacable, ahora sí, y sectores que siempre habían apoyado al club le dieron la espalda. Y aquellos que siempre habían estado en contra de Lendoiro (el mismísimo Concello, La Voz de Galicia) intensificaron la campaña. Lo que se pretendía era empujar a Lendoiro fuera del cargo, y que sus tentáculos abandonasen el deportivismo para siempre. Pero el presidente deportivista era perro viejo. Se agarró el cargo y mirando a la cara a sus detractores, dijo: Yo me quedo.

VOZ

El Dépor volvió a descender esa misma temporada, tras un final de Liga ridículo en el que nos convertimos, paradójica y tristemente, en el equipo con más puntos que descendía a Segunda División. El ridículo de una temporada con tres entrenadores y partidos lamentables se consumó en la última jornada, ante una Real Sociedad que se jugaba estar en la Champions League la siguiente temporada. Resultó menos esperpéntico que la primera vez, dos temporadas antes, pero igual de triste. Lo peor es que Fernando Vázquez estuvo a punto de salvar al equipo. Por un pelo.

De nuevo en Segunda, al menos el deportivismo pudo aferrarse a esa nueva figura, la de Fernando Vázquez, un tipo sencillo y coruñés con cuya pasión cualquiera podría identificarse. Desde luego, no por su gran valía como técnico, el equipo no jugaba mejor, pero sí tenía más intensidad. Vázquez era un increíble motivador. Tardíos mis veinte, yo ya me creía todo y no me creía nada, y mi pesimismo habitual me hacía ver que ni el equipo volvería a ser lo que era, ni Lendoiro abandonaría el club, al que desde hacía años cada verano amenazaban con hacer desaparecer. Se ascendió de nuevo, con poca gloria pero mucha eficacia, segundo tras un Eibar que sí que hacía historia, y por méritos propios.

Lo más importante es que, contra todo pronóstico, en el Dépor hubo unas elecciones limpias y Lendoiro se negó a presentarse, atacado por todos los flancos y decepcionado con el curso de los acontecimientos, agitando la bandera del victimismo. Se había terminado una época, y Tino Fernández llegaba al equipo sin experiencia en la dirección deportiva y con una vitola de celtista encubierto. Es más, entraba con el peor pie posible, despidiendo a Fernando Vázquez en pretemporada. Fue una puñada trapera que muchos, entre los que me incluyo, jamás pudimos comprender. Detrás ha de haber mucha historia, pero la historia, como suele ocurrir, es algo que nos llega velado y transformado por los dedos de los que gobiernan. Solamente podemos elucubrar. Hubo quien dijo que era por su tendencia galeguista, otros que porque no daba la talla para Primera División, otros que por graves desavenencias en materia de fichajes. Etcétera. Qué más da, supongo.

Los cambios siempre son turbulentos, aunque sean a mejor. La nueva directiva pidió tiempo. Al parecer, lo que se había encontrado en el seno del club más laureado de Galicia era tela marinera. Pero tiempo es, precisamente, lo que no existe en este mundo de hoy. Y menos en el del fútbol.

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