24 de noviembre; SANTANDER – REQUEJADA (POLANCO)

Senda Estelar 221

Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias. J Locke.

 

Está lloviznando cuando abandonamos el albergue. El día luce gris y oscuro, nos metemos en un bar a desayunar. Delante de mí, el mismo té de bolsa de mierda que parecen servir en todos los bares y cafeterías del Camino: miro la bolsita radioactiva en la taza de cerámica blanca, con un asa que deja un espacio ridículo para meter los dedos, dentro agua en ebullición colorándose con un tono café. Siempre tardo horas en poder tomármelo. Nos despedimos definitivamente de Kim, que con su impermeable verde fosforito se prepara para cubrir los cuarenta y tantos kilómetros que separan Santander de Santillana del Mar. De nuevo en el exterior, paso un buen rato negándome a poner el poncho, pero pronto empieza a llover demasiado y termino por rendirme. La lluvia distorsiona los faros de los coches, un universo de paraguas que se despliega hacia el cielo. Somos tres peregrinos en noviembre, y nos llueven también las miradas. Mi ilusión por el nuevo día se repliega y se transforma con la lluvia. Abandonamos una ciudad que se eterniza, inmensa y cubriendo la tierra como un tumor. María va en cabeza, recuperada de los achaques de etapas pasadas, y nos vamos introduciendo poco a poco en una absurda sucesión de carreteras secundarias, pistas vecinales, todo teñido de gris bajo el manto impertérrito de la lluvia. Intento inútil de no mojarme los pies.

Atravesamos un puente, para luego pasar bajo las pistas del FEVE. Seguimos las flechas amarillas como un camino a Oz, caminamos en silencio hasta que nos paramos en una marquesina perdida junto a unos chalets vacíos. Bebemos, orino en una esquina, observamos la manta de agua que cae sobre un océano de hierba. En el fondo, el cielo y la tierra parecen estar haciéndose el amor.

Senda Estelar 219

Atrás se queda un lugar llamado Boo de Piélagos, en donde debatimos brevemente sobre educación y ayudas estatales, comparando Holanda y España (Como si la comparación fuese posible, pienso al final). Ha dejado de llover un momento, y a lo lejos se ve el puente del tren sobre el río Pas, que la guía anima a no cruzar, pero el rodeo son casi ocho kilómetros, e insisto hasta que conseguir que María y Max me sigan hacia el puente. Vigilamos un instante si se acerca algún tren (hasta toco la vía para notar su vibración), y luego cruzamos. Al final no resulta ser una travesía peligrosa, solamente una sucesión de saltitos sobre un suelo de piedras. Al otro lado nos encontramos un pueblo alargado llamado Mogro, en donde paramos a tomarnos una cerveza, comprar algo de comer y seguir. A lo lejos distingo Suances, y recuerdo aquel día de un viaje con mi hermano en el que caminamos más de cuarenta kilómetros para llegar a ese pequeño pueblo asentado en una terraza sobre el mar. Max saca el tema de los chemtrails y los alien por iniciativa propia, y aunque algo reluctante al principio, me sumo para comprobar que, en cierto modo, Max es un espíritu afín.

El Camino nos va alejando de la carretera e internándonos a un cómodo camino de gravilla que serpentea entre prados y fincas de casas (dos cerditos vietnamitas negros jugando en un cercado), con dos enormes tuberías paralelas justo al lado. Están calientes al tacto, en el aire palpita un aroma feo que emana de ellas, algo artificial, tóxico. Encima, manos anónimas han dibujado mensajes esperpénticos, el que más un siniestro Esteban violador de gordas, que a pesar de su inquietante contenido resulta hasta gracioso.

Me siento algo abatido por el aroma industrial, por el gris del día, por mis pies mojados en donde noto que una ampolla ya se está incubando, la puedo sentir. Es ridículo, pero terminamos por perdernos, y damos vueltas por un pueblo que es poco más que un conjunto disperso de casas y de tristes bloques de edificios a pie de la carretera. Después de preguntar, acabamos por reorientarnos y entramos en Requejada: más edificios tristes alrededor de una gasolinera diminuta y un bar. En él nos atiende la encargada del albergue, una rubia muy maquillada de mediana edad (¿cuarenta? ¿cincuenta?) que parece estar muy colocada, y que resulta bastante desagradable hasta que por acción de algún mecanismo desconocido cambia el chip y se vuelve pura amabilidad. Nos da las llaves.

El albergue está al otro lado de la carretera, y es nuevo. Tras una ducha reparadora, me como un enorme bocadillo de queso y tomate que luego me sentará mal. El cosmos entero se atenúa ante el momento crucial de empezar Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, que ya en sus primeras páginas encuentro genial, caricaturesco, divertido, puro desenfreno literario. Mientras leo, María dibuja y Max se concentra en su móvil, el reflejo de su luz centelleando en su mirada. La tarde adolece, la tarde transita. Más tarde, salimos a comprar y el tendero del pequeño supermercado se vuelve locuaz al contarnos que hay un Camino de Santiago que cruza por el interior de Cantabria, zigzagueando entre los Picos de Europa, y conectando en Oviedo con el Camino Primitivo. Todo el mundo parece tener historias que contar, pienso mientras salimos del local. O, al menos, todo el mundo siente la necesidad de contar, de hablar, de comunicarse.

Senda Estelar 227

Ya es muy de noche cuando entramos en el bar para comer algo. Hablamos sobre budismo, sobre la toma de elecciones en la vida, sobre la propia naturaleza de la existencia, las ambiciones o la ausencia de ellas, sobre el sentido, sobre los cambios radicales. Signifique lo que signifique, tanto María como yo estamos convencidos de que Max es un amigo, uno de los nuestros, de nuestro palo, y es curioso ver cómo la vida nos ha ido poniendo en el camino personas con nuestras mismas inquietudes vitales: negación clara del alienante mundo moderno, una visión particular de la existencia y de la realidad, la necesidad de contacto y de amor. Pese a que hablar de todo ello es emocionante y satisfactorio, hacerlo en inglés resulta agotador. En el bar nos miran, a sus puertas hay sombríos personajes que fuman y que parecen sacados de una novela en esa noche húmeda y fría. Volcados a la carretera, el escenario de sus vidas. Zumba un coche a toda velocidad, sus neumáticos besan el asfalto mojado. Besos y besos.

Cruzamos y entramos en el albergue. Me cuesta dormir, todavía le estoy dando vueltas a la conversación. Preguntándome si, a fin de cuentas, vivir de forma diferente es posible.

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2 comentarios en “24 de noviembre; SANTANDER – REQUEJADA (POLANCO)

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