Lolitas

Busco en las estanterías de mi habitación una cita que ilumine el blog en este domingo de lluvia. Afuera el sol convierte la capa de nubes en un lienzo casi blanco. Suena el piano de la parte III de la Exogenesis de Muse. Por alguna razón de índole espiritual, y por tanto imposible de transmitir mediante las herramientas de la prosa, ninguna me sirve hoy. Paso con gesto torcido por el Suttree de McCarthy, por el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, los Relatos de poder de Castaneda, incluso por El club de la lucha de Palahniuk, lugares en donde tradicionalmente siempre he pescado, pero nada, nada de nada, y mientras mi mirada algo resacosa pasa a toda velocidad por los lomos de los animales de mi granja literaria, descubro con algo parecido al estupor que hay dos tomos casi idénticos del Lolita de Nabokov. Ocupan dos estantes contiguos, y uno de ellos parece un ejemplar más joven que el otro. Me llevo la mano a la barbilla, adquiriendo cierto aire intelectual, lo cual resulta absurdo porque no hay nadie mirándome, solamente esa auto-cámara de cine que me sigue a lo largo de los años, la película de mi vida. Me pregunto cuál de ellos es el que no me pertenece, el que se encuentra en mis dominios sin permiso de su dueño legítimo. El problema es de orden literario, y muy grave. No hablamos de un zafón cualquiera, un reverte, un danbrown, sino de una obra de magnitud colosal. Podría tener sus motivos para haber huido, dice una vocecilla en mi cabeza. Buenos motivos, desde luego, dice otra. No es asunto mío, les respondo. Mentalmente poliédrico, el debate no dura mucho, me decido por la prudencia, que es la cobardía de los sensatos. El No es asunto mío ya ha perdido todo sentido, desde el momento en que el libro se encuentra en mi territorio y soy, lo quiera o no, un cómplice. Decido hacer unas pesquisas. En google no hay ningún aviso de Se busca, ni tampoco en las comisarías del ministerio literario, y cualquiera de mis colaboradores más cercanos me habrían contado que su Lolita había huido. Por eso me sorprende cuando una de ellas, la que menos esperaba que ocultase un hecho así (quizá, ¿vergüenza?), me suelta un sospechoso Pues ahora que lo dices… debería comprobar… Pero desconecto antes de que siga, con un deje de pánico en el pecho y un incómodo temblor del párpado izquierdo, me aparto del agujero negro de las redes sociales, y vuelvo a enfrentarme al Lolita bicéfalo que se halla en mi biblioteca particular. Por un momento, no sé qué hacer. Luego le paso la mano al lomo del tomo que creo impostor, y recordando por algún motivo que ralla lo ridículo a Thelma y Louise, me pongo sentimental y le digo que no se preocupe. Que se puede quedar aquí todo el tiempo que quiera, que aquí estará bien.

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