escenas vitales

Que a veces el cine es capaz de representar fielmente ciertos procesos mentales bastante abstractos es casi una perogrullada. También lo es que cada cual ve en la pantalla (y, en realidad, en cualquier otra plataforma artística) lo que quiere ver. Encontrarme con algo que me hace reconectar, o que me resuena, sigue siendo uno de mis motores a la hora de enfrentar el arte. Descubrir la magia pura.

En Pacific warrior (El guerrero pacífico), que a priori no es alto cine ni una película que quedará para el recuerdo, me topé con dos escenas que me siguen pareciendo sublimes y de una relevancia brutal. A la película en sí la encontré una ya lejana tarde-noche de verano en Euskadi, e influenciado por la por entonces reciente lectura de los Relatos de poder de Castaneda. Me quedé muy impresionado por el conjunto de las escenas, que emanaban matices filosóficos parecidos a los desarrollados por el legendario escritor peruano-estadounidense. Pero más allá de aquel primer visionado, las dos escenas que me han llevado a escribir este texto siguen teniendo, a día de hoy, la misma fuerza e impacto que tuvieron entonces, lo que me hace subrayarlas como escenas absolutamente imprescindibles. Escenas vitales.

La sinopsis de El guerrero pacífico es simplona y desprende aromas new-age: Dan Millman es un joven deportista de éxito y campeón olímpico que lo tiene todo: fama, fortuna y chicas. Pero su vida dará un vuelco cuando, un día, conoce en una gasolinera a un extraño hombre que le enseñará nuevos mundos de fuerza y entendimiento… (FILMAFFINITY). Siempre he pensado que la gran mayoría de sinopsis, tanto de películas como de libros, suelen ser textos pelados y necesariamente absurdos. Dan es un gimnasta de éxito que, como nos dice la sinopsis, lo tiene todo, pero que vive al límite y cuya personalidad le arrastra poco a poco hacia la tragedia. Todos conocemos gente así: en el fondo, no tienen nada. Dan acaba sufriendo un accidente de moto, presa de una adicción a sí mismo, y pierde su bien más preciado, su pasión: la gimnasia. Y de pronto se ve enfrentado al drama de sobrevivir y recuperarse de la pérdida. Pero, ¿qué hace uno mismo cuando pierde lo que más ama (o cree que ama), y ha de enfrentarse a que su vida siga sin sentido alguno? El protagonista cae en la más profunda de las depresiones, moviéndose entre la negación y el vacío. Está desorientado y resentido hacia todo y todos, completamente perdido. Su maestro, ese peculiar empleado de una gasolinera nocturna al que llama Sócrates, le va guiando de forma más o menos obvia a través de las fases que cubren la superación del trauma, y de alguna forma, la vida de Dan empieza a girar.

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La primera de las escenas, una vez expuestos los antecedentes, es la representación onírica de una lucha interna, la batalla entre el ego y la verdadera esencia de uno mismo. Dan se encuentra en lo alto de una torre, y se sostiene a sí mismo ante el vacío. El ego se revuelve, pura ambición, puro orgullo, le desafía argumentando que lo necesita, que no puede vivir sin él, le insulta, le grita que sin él no es nada. He ahí el sufrimiento destilado de uno mismo, la tensión dibujada en las lágrimas y en el aire. Finalmente, Dan deja caer a su ego, que se precipita al vacío y desaparece. Porque, en realidad, jamás existió. La curación de la herida empieza ahora.

La ambición es una soga al cuello que nos colocamos nosotros mismos.

En la segunda escena interviene directamente el maestro Sócrates, que abre la visión de Dan a un nuevo mundo de fuerza y comprensión superiores. Alguno diría, incluso, un mundo mágico. Un mundo parecido a aquel en el que entra Castaneda por intermediación del indio Don Juan. El aprendiz asimila que su vida ha cambiado por completo, de forma irremediable, y de ese modo también él es capaz de cambiar hacia otra parte. Dan se va recuperando de su lesión, aceptando las nuevas limitaciones, ordena su vida y se prepara para afrontar nuevos retos. Es entonces cuando Sócrates le pide que haga lo último que él esperaría, que retome la gimnasia. Es interesante observar cómo el rostro de Dan se vuelve sombrío justo antes estallar, furioso. ¿Volver a la gimnasia? ¿Precisamente cuando ha comprendido y aceptado que la gimnasia, su gran pasión, es un mundo perdido? Pero el maestro le pide precisamente eso, lo único que Dan no querría, le pide que se recupere y se enfrente al reto con fe, demostrando que la vocación de la gimnasia era eso, una pasión más allá de cualquier derivación ególatra. Algo que merece la pena intentar, que merece la pena vivir. Y es solamente un sentimiento puro el que puede llevar a Dan a sobrepasar todas las limitaciones y los imposibles, lo que convertirán su experiencia en magia vital. El proceso comienza, con la incerteza de no saber si volverá a entrar en ese mundo del que fue escupido.

La llama de una pasión puede con cualquier imposible.

Estas dos escenas hablan de perderlo todo y de superarlo, de dejar al lado el lastre del ego y continuar con fe inquebrantable, con perseverancia. Escenas vitales, situaciones que algún día todos habremos de enfrentar y, con suerte, superar.

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