25 de noviembre; REQUEJADA (POLANCO) – CÓBRECES

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Senda Estelar 228

No existen cosas con independencia del espíritu que las percibe. G Berkeley.

 

Nueve horas del tirón. Empiezo a sentir el peso de los días en mis piernas. Desayunamos mandarinas y un té pu ehr delicioso, una maravilla aislada en un camino repleto de bolsas de té insípidas (o, aún peor, con sabor a polvo). También unos sobados pasiegos auténticos. Luego echamos a andar, María en silencio a la cabeza, Max y yo hablando de un tal James Crackwell, deportista dedicado a ultramaratones. La conversación viene a cuento de los límites del cuerpo humano y de la exploración de los mismos. La salida de Polanco, que en realidad no tiene estructura de pueblo, es horrorosa. De lo peor del Camino. Una enorme extensión de terreno ocupada por una gigantesca industria, la dueña de las tuberías que vimos ayer, Savoy. El aire está lleno de algo que sabe mal, un aroma tóxico y enfermizo que se puede masticar y resulta penetrante para las fosas nasales. Las chimeneas de la industria se alzan al cielo escupiendo vapor de agua y pequeños hilos de humo gris, y hay camiones zumbando por la carretera machacada en ambas direcciones. Entran y salen de los recintos de la colosal fábrica, que supera la carretera mediante túneles y puentes y continúa más allá, hasta donde alcanza la vista, extendiéndose como un tumor. Las hojas caídas del otoño tardío incrementan esa sensación de muerte, de crepúsculo. Tuberías por todas partes, naves enormes, edificios y casas teñidas de polvo y humedad, y una pregunta que no verbalizamos: ¿cómo se puede vivir en un lugar así?

El río que cruzamos se llama Saja, y sus aguas parecen mirar con angustia las riberas colmadas de sustancias tóxicas, en donde los patos nadan en la mañana brumosa. Al otro lado del puente, un enorme edificio se proclama a sí mismo centro comercial, aunque los anuncios de sus escaparates han perdido el color y el conjunto resulta siniestro. Parece que lleve veinte años cerrado. Desde este lado, las casas enfrentan la industria, y mientras subimos la pendiente, que ocupa el fondo estrecho y plano de la ría, el aire se va limpiando y lo notamos en los pulmones, aunque ese aroma pervive en mi lengua como una pastilla que no acaba nunca de deshacerse. Quizá es por eso que un rato más tarde tengo que pararme en un eucaliptal solitario, y allí, entre los cachos caídos de corteza de eucalipto, vacío mis intestinos. ¿Efecto del té? ¿De la contaminación? No puedo saberlo. Al terminar apuro el paso para cazar a Max y María, y los tres juntos entramos en un grupito de casas. En una acera, unos padres jóvenes observan a su bebé, que es demasiado pequeño para dar sus primeros pasos pero aun así lo intenta.

Senda Estelar 232

 

Llegamos a Santillana del Mar por una carretera empedrada. El pueblo luce sorprendentemente pequeño, y monumental, como si estuviese tallado a partir de una enorme piedra. Las vacas lo admiran desde sus prados. Todo desprende aire de medievo, de tiempo detenido: colegiatas, palacios y casas señoriales, iglesias, arcos y callejuelas estrechas, y una plaza atestada de microbuses que conectan Santillana con las cuevas de Altamira.

Is Kim, dice Max, señalando. Allí donde acaba su dedo, a lo lejos, está el coreano, que nos saluda pero luego desaparece, haciéndose entender, con gestos, que volverá. Nos tomamos un té inútil servidos por un camarero imbécil, que no parece ver en nosotros el perfil de alguien que vaya a llenar sus arcas. Cuando entro a pagar, veo a otra camarera, casi calva y de mirada triste, y me pregunto cómo será su vida. Es algo que hago a menudo. Al salir, llega finalmente Kim. Apenas nos da tiempo a despedirnos de nuevo, volver a desearnos buena suerte. El coreano caminará hoy hasta San Vicente de la Barquera, una etapa increíblemente larga: 38 km. Después de verle desaparecer, le preguntamos a un vendedor de la ONCE dónde hay un supermercado, que a continuación parece enfadado cuando decidimos no ir al que nos ha recomendado. Hay gente extraña, pienso viendo su rostro contrariado. Con las mochilas notablemente más cargadas, María se enfada conmigo por mi forma de expresarme, o por mi tono, y avanzamos en silencio mientras paladeo la fonética extraña del fin de etapa, Cóbreces. Suena fatal, y voy pensando en ello mientras el camino se transforma en una serie de minúsculas colinas montadas unas sobre otras, muy verdes y repletas de casas de pueblos semi-abandonados. Algunos cuentan con bar y peluquería, otros no. Los primeros aún sobreviven. Los segundos, adolecen camino de su desaparición. A lo lejos, distingo la gasolinera a la que llegué con mi hermano el día que caminamos desde San Vicente de la Barquera a Suances. Nos recuerdo deshidratados y hambrientos, y luego devorando una bolsa de Lays y Aquarius. La tierra ha mudado hacia tonos rojizos y tristes.

Al pie de una colina, un burro gime desconsolado (o triste o decepcionado), tras comprobar que no le vamos a dar nada de comer. Su gemido es tan trágico que no cabe alivio alguno en él. En la cima de la siguiente colina, en cambio, una capilla enfrenta el vacío solitaria y con un grito mudo anidado entre sus muros.

 

Llegamos a Cóbreces pero el monasterio que ha de acogernos no abre hasta las cuatro y media, así que nos metemos en el único bar abierto, y terminamos por entablar conversación con la dueña, que nos habla del cansado tópico que es el carácter de la gente del norte. Le pregunto acerca del significado de la estela cántabra, que está por todas partes como un potente símbolo identitario, pero no tiene ni idea. Ya están a punto de cerrar, así que salimos y vamos a la recepción del monasterio. Allí, al otro lado de una ventanilla, un monje grandote y de vagos aires marineros, barba rasposa e inquietante ojo de cristal, toma nuestros datos insistiendo en que tengamos cuidado con los gatos, que se meten dentro y duermen en las camas. Dice que los mataría con una escopeta si pudiera, lo cual resulta inquietante de boca de un monje.

Tras el donativo de cinco euros, nos conduce al albergue, un edificio de planta baja, estrecho y alargado como unos barracones. Dentro, el horror. El espacio está repartido en dos estancias alargadas y simétricas, con las camas alineadas como en unas barracas militares, las sábanas sucias y llenas de lamparones más viejos que un servidor, aureolas de líquidos secos hace tiempo. También las almohadas y las mantas están sucias. Los somieres bajo los colchones son tablones de madera. Hay cadáveres de insectos al pie de las ventanas. Al menos, el agua de las duchas está caliente, pienso al salir de ellas limpio como una patena.

María y yo discutimos por la disposición de las camas, mientras Max, en la otra estancia, lee sobre el Dalai Lama en un, incluso para él, confuso holandés.

En mi pie brilla la ampolla que me hice por andar con los pies mojados en la etapa de ayer. Duele, la piel se ha enrojecido y supura un líquido melifluo y trasparente. Mientras la miro, y la toco, me amigo de nuevo con María. Estos enfados rápidos e insustanciales rellenan los vacíos de días inmensos, en donde solamente caminamos, comemos, contemplamos. Respiramos.

 

Las tuberías del albergue gimen como gatos en celo, quizá son los espíritus de felinos asesinados por el monje, y pasamos un buen rato leyendo con su sintonía. Yo sigo con mis filósofos y con los detectives de Bolaño. Me he echado crema en los pies. Vamos dejando que el día muera y la noche se abata sobre ese lugar perdido en medio de ninguna parte, un lugar en donde a pesar de que parezca increíble, la gente vive y muere sus vidas. Cuando ya es de noche, subimos la pendiente que flanquea el monasterio y entramos en un bar insospechadamente reformado: madera oscurecida, música actual (signifique lo que signifique eso), periódicos y un inesperado ambiente juvenil, Estrella Galicia paladeándose en mi boca nostálgica.

Hablamos un rato sobre no-comprar una casa, no-comprar un coche, no-comprar una vida, puesto que ya poseemos nuestras vidas, y luego volvemos al albergue a un paso lento, sin ganas. Cenamos bocadillos mientras hablamos de tipos de dieta, de la naturaleza emocional de la alimentación, de Jamie Olivier, y de un largo etcétera que se pierde entre estas paredes sucias, en donde un poco de luz se recubre de suciedad y el aire está cargado.

Luego Max se va a su lado, y nosotros nos metemos dentro de los sacos, en donde paladeo un rato de Los detectives salvajes, una lectura tan sublime que casi soy incapaz de aceptar que alguien la haya escrito. Es la comedida envidia de un amateur impresionado. Al apagar las luces, intento que mi cuerpo esté completamente dentro del saco, para así no rozar la roña de la cama, y termino durmiéndome con el asco dibujado en los labios. En algún momento de la noche, me despierto asustado por los gemidos de las tuberías.

Senda Estelar 238

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2 comentarios en “25 de noviembre; REQUEJADA (POLANCO) – CÓBRECES

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