26 de noviembre; CÓBRECES – SERDIO

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Senda Estelar 251

Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero. Voltaire.

Dejamos atrás las liendres y las pulgas con alivio, caminando rápidamente para olvidar la náusea escondida en la garganta.

Senda Estelar 241

Entre Cóbreces y Comillas hay siete kilómetros de arcén estrecho, y durante un rato, hablo con Max sobre conducir y sobre la naturaleza más esencial del concepto de delito. María camina sin decir nada, últimamente está silenciosa por las mañanas, como si tardase en despertarse. El asfalto está mojado, la carretera casi vacía. Silencio húmedo en el aire. En la larga recta que precede a Comillas, observo el modo entre marcial y sabio con que un halcón contempla su mundo, en lo alto de un poste de luz de épocas pretéritas. Se me mezclan los recuerdos con la realidad, la vez que caminé por esta misma carretera con mi hermano. Hoy está mojada, entonces ardía y parecía infinita. Al llegar a Comillas, noto que me resulta extraña, artificial. Nos paramos a tomar un té, y como con cargo de conciencia un donut de chocolate cargado de miseria, placeres tóxicos de una sociedad enferma. Con cada paso que damos dentro del pueblo, crece en mi pecho esa sensación de que estoy en un lugar feo y desagradable, el hábitat de los hijos de una élite que nos convierte en esclavos. Pijos de mierda, pienso mientras salimos de Comillas.

Senda Estelar 244

En el horizonte nos espera San Vicente de la Barquera, a nuestra derecha las playas eternas salpicadas de charcos que el mar no recogió en su retirada. Son reflejos de cielo, afeados por la marejada tranquila y un día gris, pero a pesar de ello impresionantes enmarcados con este paisaje de verdes, vacas y ovejas, caseríos. La ampolla de mi dedo meñique me duele más de lo concebible para una herida tan insignificante, no hay enemigo pequeño, y me quejo amargamente en silencio mientras piso de lado, traspasando así el daño al tobillo.

En un puente sobre un río, una jubilada empieza a contarnos la triste historia de toda su estirpe, y aunque seguimos nuestro camino, continúa hablando sola como si nuestra presencia no hubiese significado nada. Intento abstraerme del dolor como si fuese un monje zen, me fijo en cualquier cosa y trato de concentrarme, pero apenas funciona. Junto a una playa, un hombre tremendamente gordo pasea sus perros en coche, los chuchos tras el vehículo mientras su dueño apoya el brazo en la ventanilla, aires de truhan de los setenta. Pienso que más le valdría ir corriendo a él, y los perros en el coche, y la escena me resulta vagamente triste, vagamente rural, vagamente vieja. Un CD rallado y abandonado en un arcén, #1 METAL.

En lo alto de una colina, con San Vicente de la Barquera ya a la vista y con Max cientos de metros por detrás, observo los espigones, el perfil del pueblo, las montañas de la Sierra de Cuera más allá. Eso ya es ASTURIAS. Atravesamos una urbanización escondida entre pinos y eucaliptos, desierta y sucia. Todo parece abandonado: los negocios con las verjas bajadas y posters decolorados, persianas medio rotas, anuncios de Se alquila, Se vende, el polvo y las hojas secas inundando los rincones. Ubicaría en un lugar así el acto final del acabose de la humanidad, La Gran Huida. Un mundo sin nosotros, murmuro, recordando el libro de Alan Weisman, que trata de lugares así. También María se ha quedado atrás, de manera que al llegar al puente dejo la mochila en el suelo y los espero, apoyado en un banco y mirando la marea baja en la arena limosa.

 

Al cruzar el puente que salta sobre la ría, nos tomamos una cerveza en un bar en donde un cubano excesivamente guasón aromatiza el aire soso. Luego nos metemos en un supermercado, y ya cansados, iniciamos la parte final de la etapa, avanzando hacia Serdio por un camino infame. El cielo ha acabado por abrirse, y deja pasar la luz del sol. El dolor del a ampolla ha ido extendiéndose por todo mi pie como una infección, como un tumor. Max decide parar en un conjunto de casas pegado a la autovía, y comer algo antes de seguir, pero nosotros seguimos hacia Serdio, penosamente, hablando de literatura, de voces narradoras y de las palabras malsonantes introducidas para crear lírica dentro de la prosa, la purificación de los textos, todo con el germen de Bolaño, ese hombre lamentablemente muerto, lamentablemente inmenso. Llegamos a la aldea con esa conversación. La mujer que regenta el único bar nos da las llaves del albergue, también nos alaba por intentar el Camino en invierno. Técnicamente, aún es otoño, pienso, pero no digo nada. El único parroquiano del bar es un anciano desdentado que habla sin que nadie pueda entender lo que dice. Tiene un brillo loco en los ojos. Ese es el brillo, pienso, el brillo de la gente que ha traspasado la línea y vive en el otro plano. Ese en donde la hierba es siempre más verde.

Senda Estelar 248

El albergue ocupa las viejas escuelas de la aldea, y está reformado. Sentado en una silla de la salita común, observo la ampolla en mi dedo meñique, que ha crecido y parece un cráter. Max llega antes de lo previsto, y nos dice que se quedará un día extra en Serdio para descansar. Chill out, dice él. La separación. Pienso que un día de diferencia es suficiente para que no volvamos a vernos. Nos comemos un bocadillo de queso de Oscos con pimiento fresco y tomate, patatas fritas de bolsa y un poco de membrillo, y luego nos entra el frío y yo me meto en mi saco, igual que María. Adormecemos mientras la tarde muere, y para cuando despertamos y vamos al bar, ya está a punto de cerrar (¡siete de la tarde!). Antes de entrar, Max ha pisado mierda de vaca, quedando así oficialmente bautizado. Dentro nos tomamos una caña rápida, y yo observo a la dueña del bar, que se llama Marián y habla entre susurros con una amiga acerca de la puta vacuna de las niñas, la infame vacuna contra el virus del papiloma humano. Su hija está en una mesa de la esquina, haciendo los deberes del colegio con su portátil. La miro y pienso en cómo es vivir en una aldea con su edad. Desde luego, mucho mejor ahora que existe internet y no cuando yo era más pequeño, en donde unos pocos kilómetros eran un abismo de incomunicación. Al volver al albergue, cenamos algunas conservas mientras hablamos de la Navidad, de los Reyes Magos y de ese extraño Santa Claus holandés que un mes antes de la Navidad viaja a España a hacer algo que Max no es capaz de explicar bien, pero que se parece misteriosamente a tomarse unas vacaciones. No llego a estar seguro de si nos está tomando el pelo.

Antes de irnos a dormir, nos despedimos. Max nos regala sendos llaveros con zuecos típicos holandeses. Es un gesto tan tierno que me hace sentir realmente en el camino. So nice, le dice María.

Senda Estelar 266

 

Ya en la cama, leo otro capítulo del libro de los filósofos, consciente de que por mucho que lo intente, ninguno de esos filósofos puede igualar la filosofía que, sin palabras, emana el Camino. Me resulta más sencillo, en cambio, dejarme llevar por la melancolía congénita de Colin Thubron o por el coraje ¿inconsciente? de Bolaño y sus atrevidos detectives.

En la vida todo es instinto, el raciocinio es un invento lamentable. Afuera no se escucha nada, Serdio es una aldea perdida entre colinas vacías. Solamente, de tanto en tanto, el ladrido lastimero de un perro que siente nostalgia ante la luna llena.

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Un comentario en “26 de noviembre; CÓBRECES – SERDIO

  1. Pingback: 27 de noviembre; SERDIO – LLANES | aullando

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