18 de enero (NOTAS DE UN DIARIO)

A veces, cuando llueve y está amaneciendo, los rayos dorado-rojizos del sol son capaces de encontrar el camino de los pequeños espacios que hay entre las nubes, y entonces, por un instante, toda la realidad se tiñe de un tono anaranjado crepuscular, bellísimo, la fachada de las casas dormidas y el humo que sale de sus chimeneas, los campos en donde ya pacen ovejas y cabras y perros aburridos en un lunes silencioso, las parras secas como muertas, el monte que se resiste a no ser oscuro y profundo, los molinillos eólicos, los eucaliptos, todo, absolutamente todo, convertido en una estampa crepuscular. Solamente dura un instante, puro homenaje a lo efímero. Luego, la cualidad grisácea de un amanecer lluvioso de invierno retorna y la mañana de un lunes más continúa con su avance implacable.

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