27 de noviembre; SERDIO – LLANES

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Senda Estelar 269

Cada solución da pie a una nueva pregunta. D Hume.

Amanecer de luz, el cielo colosal cruzado de rápidas nubes que parecen atraídas a algo, a un núcleo invisible. Los árboles sonando en orquesta sutil.

Senda Estelar 257

Comemos fruta y membrillo en silencio, y sin despertar a Max, abandonamos las escuelas y echamos a andar por pistas rurales, Serdio a nuestras espaldas en un silencio sepulcral. Sobre las montañas, a lo lejos y anunciándome Llanes, arde iluminado un extraño punto de luz. Le digo a María que parece un OVNI. Está demasiado quieto para ser un avión, demasiado arriba para tratarse de un helicóptero, demasiado abajo para ser un satélite, también es demasiado concreto para tratarse de una nube inflamada por la luz del sol. Leí mucho sobre el tema, sé de lo que hablo. El punto de luz nos empuja hacia una conversación que orbita alrededor de los encuentros en la infancia, de la hipnosis regresiva, de los cuerpos sin alma ni espíritu, de la mátrix, y mientras hablamos, una cantera de arena se queda atrás y estamos entre las vías de una parada del FEVE. Entramos en el pueblo fronterizo de Unquera, en donde comemos una pieza de bollería famosa en la región y que se llama corbata.

Senda Estelar 259

Al cruzar el puente de Unquera, ya estamos en Asturias. Le escribo a mi amiga Dominique, que vive en Avilés, diciéndole que acabo de entrar en su tierra de adopción con toda la alegría del mundo y una vaga sensación de victoria. Subiendo hacia un lugar llamado Colombres (¿qué tienen aquí con los nombres que empiezan por Co –Cóbreces, Comillas, Colombres-?), tropezamos con una capilla diminuta, como una garita de puesto militar, y a nuestro paso salta un anciano que consigue arrancarnos un euro para la virgen, así como dos besos de María. Nos desea suerte y nos enseña Llanes, a lo lejos, señalando con el dedo, pero yo sé que es una patraña, es geográficamente es imposible que se pueda ver Llanes desde aquí. En Colombres alegramos la vista con los colores de las casas indianas, algunas de ellas abandonadas y restañando en la mañana.

Dejamos ese mundo de calles tranquilas para meternos de lleno en la nacional, en cuyos arcenes nos mojamos los pies hablando de Portugal y de viejos amigos que recuerdo después de mucho tiempo sin pensar en ellos. Ahora todo se ha convertido en una horrible sucesión de asfalto, tráfico, obras y camiones, polvo, desvíos en construcción. Un mundo gris pulverulento en el que terminamos por perdernos a causa del desajuste de flechas amarillas. De pronto, se abre ante nosotros la playa Franca, una estrecha franja de arena encallada entre grandes rocas. Un hombre de pelo gris nos orienta de nuevo, recomendándonos que no sigamos la ruta costera, que es demasiado larga y sin apenas vistas al mar, así que volvemos temporalmente a la nacional. Pasamos Buelna. La autovía ha arrancado los coches de la lentitud de las carreteras nacionales, y ahora esta carretera es un yermo largo y vacío, en donde los papeles y las bolsas de plástico corren dibujando remolinos invisibles y efímeros. En una fuente, aireo mis pies mientras frente a nosotros unos albañiles reparan el techo de un albergue de peregrinos.

A pesar de lo que nos había dicho el hombre de pelo gris, nos metemos de lleno en la senda costera, acompañados durante un trecho por una perra de alegre ánimo. El sol ilumina el cielo y calienta. La decisión resulta ser correcta, la senda es un camino maravilloso de gravilla que corre entre acantilados y grupúsculos de bosques, a la vera de riachuelos y lejos del ruido de la carretera. Voy por delante, bien metido en mis pensamientos, fantaseando como un pobre e inocente imbécil sobre qué diría en la presentación de la novela que acabo de escribir, Moonlight, fantaseando con presentarla en A Coruña, en País Vasco, en Compostela, me imagino a mí mismo más perfecto de lo que soy leyendo un prólogo perfecto, hablando sobre los naufragios de la vida moderna, la soledad del ser humano, irreductible y definitiva. Una pasada.

 

Paramos en los Bufones de las Arenillas, en donde una solitaria bandera de Asturias se agita al viento marino. Un perro pastor de caballos nos ladra con intensidad, mientras llega a nuestros oídos el sonido del mar introduciéndose entre las rocas. Es una canción es áspera y estertórea, con estrías, agónica, violenta. La Sierra de Cuera al otro lado, paralela al mar. Nos secamos los pies húmedos y al poco pasa un jubilado en bicicleta que nos pregunta si estamos haciendo el Camino.

Senda Estelar 273

Nos cuenta que pasaremos junto a un campo de golf que en su día fue la base de la Legión Cóndor, y el punto desde donde salieron a bombardear Gernika, y desde donde también masacraban a los rebeldes que se escondían en la sierra.

Bañeras llenas de larvas de mosquitos, ríos verdosos que irrumpen y refrescan la senda, vacas sumamente aburridas buscando una sombra plácida, largas pendientes de piedra desmenuzada, las montañas siempre enormes, alzadas y oscuras. Un eterno y cansado ascenso que nos lleva a un mirador desde donde descubrimos Llanes y sus cubos de la memoria, los tejados de las casas. Ya estamos agotados y la senda, en lugar de descender con lógica aplastante hacia Llanes, se encarga en cambio de rodear el monte, arriba el campo de golf, en el aire los antiguos bombardeos. El pie me está matando, con la ampolla aun supurando, y acabo por arrojar al suelo la mochila, desquiciado. Me siento y empiezo a preguntarme quién coño hizo pasar el Camino por este lugar. Termino levantándome, claro, ¿cómo iba a quedarme sentado aquí por el resto de mis días? Es lo bueno del Camino, que te empuja si flaqueas. El Camino se mueve, detrás de ti, nunca está quieto. Reflexiono vagamente sobre la paciencia y sobre que nada perdura en un universo siempre cambiante.

Senda Estelar 277

La senda cae finalmente hacia una zona boscosa, pasamos junto a una capilla enorme y poco a poco entramos en Llanes.

Una empanadilla deliciosa en una plaza desierta.

 

En la puerta del albergue, el mismo en el que dormí con mi hermano Alex hace unos años, nos encontramos con el mismo jubilado que nos habló de la Legión Cóndor. Se llama Toño, y nos abre el albergue para que descansemos más cómodamente hasta que llegue el encargado. Así que pronto estamos duchados y limpios, y con la colada hecha, bebiéndonos una botella de sidra en un bar insustancial, con María extrañamente lejos y un aire crepuscular y desagradable en el aire. Llanes se sume en la somnolencia del otoño, muy lejos de la imagen estival que tenía de ella: calles llenas, música en los locales, hordas de gente de vacaciones con risas prendidas en sus labios, niños hiper-excitados. La pátina del tiempo es como una lluvia que nunca cesa.

Senda Estelar 283

De vuelta en el albergue, cocino los restos del arroz con algas que compré en Laredo, y caliento fabada de bote. Está deliciosa, y con el estómago lleno vemos Los Simpson tirados en el sofá, mientras Max nos cuenta por guasap que ha pasado un día tremendamente aburrido, pero que al menos se ha hecho amigo de un perro. Echo de menos la compañía de un tercero, pero también es agradable estar de nuevo solamente con María. Entre nosotros, tanto las palabras como los silencios tienen significado.

Leo adormecido y un poco empachado por la fabada, que pronto aromatizará el aire e inaugurará la temporada de mensajes silenciosos. El amor se puede poner múltiples vestidos.

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Un comentario en “27 de noviembre; SERDIO – LLANES

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