28 de noviembre; LLANES – SAN ESTEBAN DE LECES

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Senda Estelar 299

El hombre que más ha vivido no es aquél que más años ha cumplido, sino aquel que más ha experimentado la vida. J Rousseau.

Me despierto en el aire caliente de la habitación. Las flatulencias de la fabada flotan en el aire, cerca del suelo. El radiador ha secado la ropa húmeda que le pusimos encima diez horas antes. También la ha arrugado. Nos arrasa un hambre atroz, y en la sala común devoramos pan con aceite, manzanas, unas palmeritas tremendamente adictivas, y luego echamos a andar. El aire está caliente también afuera, el cielo es puro presagio, cubierto de nubes oscuras que corren empujadas por un viento cariñoso. La lluvia nos persigue, besándonos los pies, pero con el paso de los minutos parece quedarse siempre por detrás. Caminamos a la misma velocidad, ellas por el cielo, nosotros por el suelo. Atravesamos las casas indianas de Poo, en donde un grafiti espectacular nos detiene quizá quince segundos.

Después de Poo desembocamos en la senda costera, en los acantilados y el mar. Su visión resulta sobrenatural, el océano está crispado. Caminamos un par de kilómetros por la senda, pero luego decidimos abandonarla y seguir por la vieja nacional desierta. Con el presagio de la lluvia en el aire, parece la mejor opción.

Senda Estelar 286

Como la estampa espectral extraída de una película catastrófica, o directamente del inframundo, en una playa inundada de rocas descubrimos una fila de tractores varados, a los pies de sus ruedas montones apilados de algas rastrilladas. El asfalto está desmenuzado. Nuestros pasos resuenan mientras nos apartamos de la costa y ya en el interior, vemos resplandecer una laguna que brilla con la luz tangencial del sol. En un extremo hay un viejo palacete, que parece añorar el sonido del mar. En un robledal, nos asedia una lluvia de bellotas, enzarzados en una discusión acerca de la copa vaginal. El arcén es mínimo, y ha sido pintado tan recientemente que las hojas caídas han pasado a formar parte de las rayas de la carretera, desprendidas en un rastro inconstante y caótico.

Senda Estelar 288

He ahí el Night Samba Club, en una curva, y no mucho más allá, un monasterio abandonado. El puticlub y el monasterio parecen reflejos de una misma cosa, de esa misma pérdida de fe que lo asola todo. Cielo e infierno, carne y espíritu, física o química. En un prado devorado por la maleza, a un lado del monasterio, un par de caballos relinchan (¡qué bello es el verbo relinchar!) junto a un río de aguas turquesa. Estamos atravesando los pueblos más bonitos de Asturias, una herencia de los tiempos de Franco que ahora reluce como una medalla hortera y vergonzosa.

Llegamos a Nueva de Llanes, y nos metemos en un bar que bulle de animación. El pincho nos hace recuperar fuerzas, y mientras comemos entra una mujer que le entrega al dueño del bar una fuente de rosquillas. Es la devolución de un favor. El dueño, lisiado por algún accidente de juventud, las va repartiendo entre todos los parroquianos del bar, nosotros incluidos. No sé por qué, pero encuentro el gesto tan tierno y bonito que dudo que se me pueda olvidar. Incluso si no lo escribo. En el sobre de azúcar, que JAMÁS añado al té, leo sobre las bondades de comer legumbres, y a María y a mí nos da la risa porque ambos seguimos flatulentos a causa de la fabada de ayer.

 

Las montañas a nuestra izquierda son como un paisaje fijo y estampado en el cielo cobrizo. Por momentos, María me adelanta. Otras veces soy yo quien encabeza la marcha. Los coches zumban infrecuentes y anónimos, irrespetuosos. La mirada de las vacas es como de monje zen, agitan sus cencerros desde detrás de los árboles, son como un coro.

Senda Estelar 291

En los pequeños valles crece y llamea el día mientras nos vamos acercando a Ribadesella, agotados de tanto asfalto. Por entre sus callejuelas bullen manadas de niños (esos hijos de puta, cantaban Love of Lesbian), que salen del colegio justo a esta hora y buscan entre la muchedumbre de madres (y algún que otro padre) a sus progenitores. Los esquivamos en busca de un supermercado que acabamos encontrando junto al paseo marítimo. Después de hacer la compra, nos sentamos en un banco. Miro el puente sobre el río, sobre la playa. No da la impresión de ser un pueblo muy especial. Simplemente, otro más en el Camino. Estamos organizando la compra en las dos mochilas cuando aparece un hombre en bicicleta con un perro atado a ella. Un yonqui, pienso. Se pone a hablar con nosotros, advirtiéndonos que no le demos galletas a su perro, que mira el paquete que María ha abierto con deseo en la mirada y lloriqueos lastimeros. Nos habla de que el albergue al que vamos no es gran cosa, más bien un lugar bastante miserable, y estoy por creérmelo cuando empieza a vendernos unas habitaciones que alquila a peregrinos. Pena que solamente sea en verano, Es otro nivel, su baño, su cama de noventa, su… Pena, sí, pienso yo.

Senda Estelar 295

Luego del receso, avanzamos por la playa con el paso cansino. Parar siempre es mala idea, y al poco nos perdemos debido a la misteriosa desaparición de flechas amarillas. Por algún motivo, estas siempre se vuelven tímidas en el interior de los pueblos, precisamente en donde más falta hacen. Terminamos reubicándonos gracias a un hombre tremendamente gordo que se encuentra en una esquina de la playa, junto a dos compañeros que sonríen y se ríen y se quejan también de la mala señalización, Que no sois los primeros que se confunden. Les acompaña una perra absolutamente feliz a pesar de que le falta una pata. La miro y es energía pura. Seguimos, y al fondo veo en una cuesta al mismo yonqui de antes, pedaleando como un condenado, y por alguna razón, seguramente mi natural desconfianza, o el azúcar tóxico de las galletas, o el cansancio, o todo a la vez, me da mala espina. Por fortuna, compruebo rápido que su ruta diverge de la nuestra. Durante un instante, me lo imagino agazapado en cualquier recodo, apuntándonos con una navaja y presto a desvalijarnos de nuestras tristes pertenencias de peregrinos. La imaginación es un arma de doble filo, y muy poderosa.

Iniciamos una larga pendiente, que primero corre entre urbanizaciones anodinas y veraniegas, para luego introducirse en una cueva de robles y abedules, un universo muy verde en donde el musgo crece sobre la pista de asfalto, tratando de recuperar lo que por historia le pertenece. Al salir de entre los árboles, ya estamos muy arriba y hemos perdido el aliento en algún lugar del ascenso. Muy abajo se distingue la playa de Ribadesella. San Esteban de Leces es una de esas aldeas de casitas desperdigadas, y el albergue resulta ser una gran casona que parece abandonada. Nos recibe una mujer camino de la jubilación, que nos da las instrucciones habituales con simpatía (además de cobrarnos seis euros). Más tarde, en cambio, se muestra mucho menos amable, incluso hasta taciturna, cuando le exijo que cambie la bombona de butano, que está terminada. Agua fría para cuerpos cansados, nein.

 

Entran dos peregrinos por la puerta, y a las primeras palabras que dicen los identificamos por su acento. No sólo son gallegos, sino que nos damos cuenta de que vienen de la zona de Ourense que linda con Zamora. Compartimos experiencias peregrinas mientras cenamos. Ellos hacen el Camino en bicicleta, y más adelante se desviarán hacia Oviedo para iniciar el Camino Primitivo, igual que Kim. Pienso un momento en lo transitorio que es el Camino, en que las conversaciones, más o menos intensas, pasan rápidamente a la memoria y todo se deshilvana. El Camino es un mundo sin apegos y con muchos sentimientos sinceros, honestos.

Ahora estoy apoyado en el alfeizar de la ventana de la habitación, viendo como anochece. El cielo está iluminado casi en rosa, pero hacia el horizonte, sobre el mar, el aire deslumbra con un gris azulado puramente islandés. Islandia, allá tan al norte, en frente a mí. El recuerdo del aire glacial siempre en mí.

Senda Estelar 301

Apagamos pronto la luz, agotados, pero aún me da tiempo a leer con mi linterna la peculiar (y fascistoide) definición de libertad que Rousseau se inventó tiempo ha.

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3 comentarios en “28 de noviembre; LLANES – SAN ESTEBAN DE LECES

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