Atlas y Espidifen

Mis textos improbables llevan adheridos, necesariamente, títulos también improbables. O absurdos. Como este: Atlas y Espidifen.

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A la forma inconcreta y vaga que tiene de funcionar la memoria, recuerdo el momento de la infancia en que me empecé a sentir atraído por los atlas, los mapas y la geografía. O quizá más que recordarlo he tomado alguna imagen deslavazada que transita por mi cerebro de mamífero asustado y la he recubierto de capas. Photoshop mental. En todo caso, era pequeño, probablemente siete años. Por aquel entonces, yo era un niño delgado y moreno, la viva representación física de la curiosidad innata, y acosaba a cualquier libro que pasase por mis manos, especialmente los del Barco de Vapor que me regalaban mis padres de tanto en cuanto. Y también era un sagaz explorador doméstico, especialmente en la vieja casa de la aldea, a cuyo faio (ático en galego) acudía para meter mi nariz entre los viejos libros cubiertos de décadas de polvo del bachillerato de mi padre. Eran viejos tomos franquistas cuya pátina fascistoide por entonces a mí se me escapaba. Curioso e inocente. Entre aquellos libros, recuerdo que había un atlas grandote, de colores apagados y básicos pero por cuyas páginas corrían nombres de países y de cordilleras y de océanos. Todo aquello representaba en mi cerebro de niño una potencialidad inabarcable. El universo hecho libro. Además de aquel atlas, en aquellos baúles que mi bisabuelo trajo de Estados Unidos, también había un libro de texto sobre Geografía de España (grande y una, claro), y otro sobre Geografía Universal. Mirarlos hoy es una experiencia casi extracorpórea. No sólo por el inevitable tufillo franquista que ahora sí me hace arrugar la nariz y me revuelve el estómago, sino también porque han pasado fácilmente cincuenta años desde que fueron redactados y te hacen sentir vagamente como un arqueólogo. Fue esa época en la que me regalaron mi primer atlas, quizá debido a que mis padres me habían visto día tras día husmeando en el de mi padre. Aquel primero, hoy sin pastas, sigue a mi lado y en un lugar preeminente de mi biblioteca particular. Es un atlas ilustrado, que incluía decenas de dibujos de monumentos, accidentes geográficos puros (cordilleras, cascadas, montañas, ríos,…), otros elementos representativos de regiones y países (vestidos folclóricos, medios de transporte, deportes,…), además de los comunes rótulos indicadores de países, estados, capitales, ciudades… también ha pasado mucho tiempo desde entonces, del orden de veinticinco años, y aquel atlas refiere el paso de todos esos años en forma de vistosas incongruencias, países que ya no existen, como la Unión Soviética, Checoslovaquia o Yugoslavia, o que cambiaron de nombre, como Zaire, o desfases poblacionales, España por entonces tenía solamente treinta y cinco millones de habitantes. Yo vagaba por aquellas páginas como un adicto esnifando su cocaína, y aprendiéndome el nombre de todos los países que apenas podía imaginar, Burkina Faso, Benin, las Filipinas, Fiji. Memorizaba banderas y capitales de estado, aún recuerdo lo complicado de aprenderme las africanas. Ríos y cordilleras y océanos y lagos reflejados en mis ojos, desviados de Yellowstone al Sahara, del Ártico a la sabana, de la Gran Barrera de Coral a Escandinavia, de Siberia a Arabia Saudí. Si me paro un momento a pensarlo, he visitado con la mente un colosal número de lugares, con la ayuda de aquel atlas. Un número indudablemente mayor al de lugares que he visitado en persona. Pero como todo es relativo, y las comparaciones son, además de odiosas, inútiles, mejor dejo esa digresión para otro momento. Aquel, como digo, fue el primero y el que recuerdo con más cariño, pero en los años siguientes fueron llegando a mis manos atlas más completos y serios. Con uno de ellos, tuve que soportar el escarnio de mis compañeros en clase, tras declarar (bendita inocencia) que un atlas había sido mi regalo estrella aquellas navidades. Nombres de ciudades y países en el idioma original, carreteras y líneas ferroviarias, iconos para indicar la presencia de aeropuertos, líneas discontinuas como referencia a las rutas marítimas, etc. El mundo estaba cambiando, y pronto lo analógico pasó a un segundo plano. Llegaron los mapas de enciclopedias digitales como la Encarta, y más recientemente los omnipotentes mapas de google. Desde luego, el romanticismo murió con la conexión wi-fi. O quizá ya estaba muerto entonces, no lo sé.

Aún hoy me pregunto QUÉ me atrajo entonces, y me atrae, de los atlas, de los mapas, qué es lo que me hace mirar un mapa y que se me quede grabado en la memoria (conozco a alguien que se irrita sobremanera por esa capacidad mía). Quizá se trate del hecho de que contengan en su interior una realidad mucho mayor, y de que pasando sus páginas uno se siente un poco viajero. Todo con un libro. No parece una mala explicación. Sucedáneo de un verdadero viaje. Y esta podría ser otra de las razones, mi apetencia por viajar. Pero es demasiado fácil. Y es cierto que cuando sentí la llamada de la geografía, a mis siete años, esta apetencia por viajar, de existir, no era todavía consciente. En aquellos años, hasta un viaje al otro lado del Miño, a comprar toallas portuguesas en Valença, me parecía un viaje épico. Viajar era un concepto abstracto para mí, carecía de una magnitud exacta. Debe haber una causa última (o primera, según se vea), detrás de mi atracción. Y si tiro un poco del hilo (es obvio que lo he hecho, de lo contrario no estaría escribiendo este texto), quizá todo subyace a la potencialidad de los atlas. Son libros mágicos, poderosos. En sus hojas cabe el mundo, y el asombro de la mirada que mira con verdadera atención. Y también cabe una energía incuantificable, capaz de activar el motor de la imaginación de una persona y hacerlo funcionar durante décadas, como una dinamo contraria a las leyes de la termodinámica. Así sigue funcionando mi cerebro con los atlas, y eso que una parte muy sibilina de mi mente se encarga constantemente de decirme que todo eso es un conocimiento inútil, opinión que, por cierto, se encarga de reforzar la atmósfera de un país que menosprecia el conocimiento y alza en un pedestal a sus ejemplares más ignorantes. Pero eso, también, es una digresión que no me apetece explorar ahora mismo.

Toca romper algo el ritmo, reorientar este texto improbable.

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Acabo de tomarme un Espidifen. De 600, ibuprofeno en vena, sí señor. Llevo todo el día sumido en un gran pozo de mierda, cándido pozo del que me resulta imposible o casi imposible salir, como un insecto atrapado en un vaso de paredes lisas. Me pasa de vez en cuando, cuando re-descubro que el mundo es una auténtica basura, y que vivir no merece demasiado la pena. Y no es que este polvito blanco, de sabor asqueroso y tan parecido a la cocaína, me vaya a rescatar del fondo del pozo. Digamos que, simplemente (y no es poco), me aliviará el dolor de cabeza que viene generado por el estrés o la ansiedad o qué sé yo, justo a tiempo para ir a entrenar y que la adrenalina de correr detrás de una pelota haga el resto, soliviantando mis aires depresivos y trayéndome un poco a la luz. Curiosamente, y hablando de luz, acaba de anochecer. Aunque estamos en Galicia, y aquí, en invierno, en determinados días como hoy, grises y oscuros, parece que no llega a amanecer del todo. La luz convertida en diamantes, en oro puro. Algo muy preciado. Es quizá por eso, ahora que lo pienso, que me adapté tan bien a la Islandia oscura de finales de enero. Hábitats similares.

Todo este tema de los atlas me recuerda mi infancia, y para qué mentir, pararme a pensar en el yo que era hace tantos años no es de mucha ayuda en los temas espeleológicos que me ocupan. No es que vaya a emprender un arquetípico diálogo con el niño que llevo dentro, o una manida patochada de esas que se incluyen en malas novelas bestsellers, pero dejarse llevar por la memoria es una jugada clásica en melancólicos días como hoy. Yo era un chiquillo que se ilusionaba ante la mera presencia de un librito infantil, del Barco de Vapor, de Alfaguara, de PAKTO Secreto, de cualquier atlas o mapa. Podía pasarme así horas. Todo eso evolucionó con los años en unos hábitos lectores casi obsesivos, más o menos intelectuales, dependiendo de la época, pero siempre constantes. Es un amor que jamás se me ha agotado. La comparación del niño que fui y del adulto que soy resulta necesariamente terrible. No es una boutade, pero si es cierto que las comparaciones son una bazofia, no es menos cierto que en muchos casos son también inevitables. Uno se cae al suelo, en este mundo al que parece que hemos venido a sufrir, y se te vienen a la cabeza todos los años de infancia y juventud, años en los que el mero concepto de caída resultaba tan extraño como la religión a un sapo. A uno siempre le gustaría estar mejor de lo que está, es un sentimiento que escala siempre, y que nos garantiza el desencanto constante con nuestra existencia. Por otro lado, y en adición a esto último, contemplar cómo se caen otras personas ayuda poco, porque a donde se dirige mayormente nuestra mirada es hacia todos aquellos que no parecen caerse nunca. Los que no dudan, los que lo tienen todo claro, los que ejecutan, los que triunfan, los héroes, los envidiados, oh, dios los tenga en su gloria pretérita y sobradamente merecida. Nuestra sociedad premia el éxito, además, no nos engañemos, y nosotros vamos detrás de ese éxito como un oso tras salmones en la época estival. Ya de paso, envidiamos a los que no se caen, a los que te superan en todo y cuya mera presencia acaba resultándote insoportable. Vamos, levantad la mano, no tengáis miedo. Mal de muchos… En el saco de los caídos quedamos los demás, los perdedores, los fracasados, toda esta ralea de seres humanos reales sumidos más o menos en la desesperación, en el pánico y la resignación. He empezado a usar la primera persona del plural, y no ha sido de casualidad, sino para incluirme. Vivimos entre fantasmas y con la constante amenaza del desahucio vital. Y esto no lo cura un Espidifen (ni dos). Podría ponerme ahora a verter bilis sobre las miserias de nuestra patria de toro, o sobre las ruinas de un primer mundo sobre las cuales empieza ya a crecer el musgo. No en vano, cualquier demagogo vendría a decirme airadamente que no hay de qué quejarse cuando muchos nadan para morir en nuestras costas. Y cualquiera les quita la razón. Esto no evita, si acaso incita, a que me imagine a mí mismo abandonando España y soltando un furioso Que te jodan, a la vez que enseño mi dedo corazón para, de ser posible, introducirlo en el ano del toro negro de Osborne, y una vez dentro, hundirlo bien como hacen los veterinarios que dedican sus días a inseminar vacas. Con saña. Buscando hacer daño. A lo revenge. Pero darle la espalda a un país que probablemente no sea peor que cualquier otro no me parece una solución. Satisface un rato, pero eso son pajas mentales puramente figurativas. No te quejes, que hay gente peor, ese parece ser el lema. Todo esto, como dije antes, no lo arregla un Espidifen, y en esto su prospecto no miente. No hay engaño posible.

Vuelvo a reemprenderla con los atlas. Abro el último que me han regalado, estas mismas navidades, y que parece una versión renovada y hípster (y en inglés) de aquel primero que recibí hace tantos años. Las ilustraciones son preciosas, y aunque no están incluidos todos los países, sí que hay algunos que por aquel entonces no existían siquiera, como Croacia o la República Checa. En conjunto es un atlas de bellísima factura, una joya de dos autores polacos que probablemente gracias a su trabajo están ganándose un buen y merecido dinero. Hoy me toca Rusia, que a la fuerza está comprimida en su doble página correspondiente. Es el primer país de Asia, aunque hay que decir que Rusia siempre ha estado a caballo de Europa y Asia (nota: siempre me ha parecido que la verdadera Rusia es la europea, y que lo demás no es más que la conquista de un territorio de pueblos indígenas masacrados y que muy poco o nada tenían que ver con los europeos blancos). Voy degustando cada día un país, lentamente, con calma, para que no se me gaste rápido el atlas, aunque una vez lo haga seguramente vuelva a empezar como si nada. Otra cosa buena de la potencialidad de los mapas es que, además, no se consume, no se agota. Estos lugares que voy encontrando con la mirada, dentro de la madre patria Rusia, y especialmente el camino de hierro casi eterno del Transiberiano, permanecerán al alcance de mi cartera durante unas cuantas décadas más, antes de que llegue la senectud y se reduzca mi movilidad, así que de momento es una pura alegría no verme obligado a descartar la posibilidad de que los visite. Una vida de esforzado trabajo, una euromillones, quién sabe. De lo contrario, habré soñado con todos esos lugares con una intensidad si cabe mayor a la del proverbial turista. La imaginación tiene esas cosas.

Este es otro texto improbable (y absurdo) que se queda en mi currículum particular, y ni siquiera estoy seguro de que haya algo de valor en sus dos mil y pico palabras. O que diga algo a secas. En esta vida, toda búsqueda de armonía es meritoria y tiene premio. El Espidifen cura poca cosa. Un dolor de cabeza, el dolorcillo de una rodilla maltratada por el paso de los años y los equipos de veteranos, unas cervicales desajustadas. Los atlas, sin embargo, lo curan todo.

O casi todo.

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Un comentario en “Atlas y Espidifen

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