fin de noche

Se escupe a sí misma fuera del coche, y se alisa la falda con las manos mientras se sostiene en precario equilibrio sobre sus tacones. La puta madre de los tacones, murmura. Cierra la puerta del coche sin despedirse y los ve irse durante un segundo, antes de cruzar la calle adoquinada y húmeda. Por la acera caminan dos hombres borrachos. En realidad son niños. Uno le está diciendo al otro, Todos muy follables, gracias. El compañero asiente con gravedad. Los deja pasar y busca las llaves en el bolso. Ella lleva una canción en la cabeza, ese mar de sueños. No tiene letra, y en realidad no es la primera vez que la escucha. Sintetizadores, el sonido de las olas en un atardecer de invierno, latidos, quizá rocas desmenuzándose, un retumbar similar al de un gran ejército a caballo. Abre la puerta notando que la canción se filtra de su cabeza al pecho, lo atraviesa para luego caer en ese vacío insustancial que ocupa su vientre. Sube las escaleras sintiéndose cada vez más triste. Esas emociones sin nombre se enredan en sus pies, en los pelos de sus brazos, en la curva de su espalda cansada de bailar, en su frente. Percibe el dolor en el vaivén de sus pechos, acompasados con la sierra de las escaleras. Está a punto de venirle la regla, la eterna vieja danza. De afuera le llega el sonido de la bestia que es un sábado noche: vasos de tubo entrechocándose, hielos derretidos a cámara lenta, un hombre que se vomita por encima de forma dantesca, toda esa marea de cuerpos que se rozan y se buscan sin encontrarse, la luna y su cricrí en un cielo terso, larga madrugada, el río rumoroso, el sonido dantesco de un lejano motor de coche tuneado. Serpientes. La noche es una bestia imparable que devora no sólo todo lo que contiene sino a sí misma. Al entrar en casa, el gato la recibe ronroneando un segundo antes de dar paso a un coro de maullidos desesperados, que van languideciendo al darle ella un pequeño puntapié en el culo. Déjame en paz, le pide. Ni que fuera un novio, piensa, los labios fruncidos en el aire oscuro del pasillo. Se apoya en la puerta, suspira y se alisa la falda de nuevo, un tic que sabe absurdo. Todo ha terminado. Casi es capaz de palpar la casa enorme y vacía, y esa puta canción que sigue revolviéndose en su interior, agarrada a las vísceras y por momentos bien escondida en su vagina. Llamea como el fuego de una estación petrolífera. La desesperación que se agita en su pecho le eriza los pezones. Hay una tensión nueva en el aire, quizá una corriente subterránea que aúlla y se arrastra. Se quita un zapato con el tacón del otro, luego, con los dedos del pie libre, se quita el otro. Un alivio inmediato corre por sus piernas y su espalda. Las medias que lleva están rotas en los dedos, nota el frío del suelo de la cocina en sus pies. Se sienta un momento, sintiendo que la luz blanca de la bombilla de 120 vatios la perfora, así que coge tres mandarinas con una mano y se va a su habitación. El gato está en una esquina del pasillo, sentado sobre la alfombra y mirándola con los ojos acusadores de sabio maestro que ya no sabe cómo hacerse entender. Jamás entenderé, piensa, cerrando la puerta y tirándose en la cama deshecha. Hay una vela encendida, la que dejó antes de irse, casi del todo derretida tras horas quemando oxígeno. Depositar esperanzas es su pasatiempo favorito. La realidad, sin embargo, tiene otras formas de hacerse entender con ella. Va pelando las mandarinas, arrancando la piel que al romperse exhala al aire microscópicas gotas de ácido que terminan en sus ojos negros. Sería fácil echarse a llorar ahora, piensa, al menos así tendría una buena excusa. Pero no lo hace, y se va comiendo los gajos, uno a uno, observando cómo afuera el aire vibra entre las pacíficas hojas de menta y albahaca. Trémula sobre esa canción que sigue sonando, insidiosa como la parca dentro de sí misma. Al terminar se arranca la falda por la cabeza, se quita las medias enrollándolas de una forma definitiva, las bragas, la camiseta, el suspiro de sus pechos al esfumarse el sujetador. Completamente desnuda, hunde las manos entre sus piernas notando la humedad que brota de su sexo, y se toca sin pasión durante un instante, mientras por su mente se deslizan incompletas y deformadas figuras masculinas, se toca sin pasión en una fantasía triste que la tiene a ella por penosa protagonista. Termina corriéndose con dos espasmos y un suspiro seco, un crujido extendido por sus vértebras. Una sensación de ruptura. Al abrir los ojos, se da cuenta de que está llorando, y que afuera la noche muere mientras nace un nuevo día, exactamente igual a todos los que lo precedieron.

InstagramCapture_ba17b391-b323-47ba-a7f2-ec3e47d66527

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s