29 de noviembre; SAN ESTEBAN DE LECES – SEBRAYO

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Senda Estelar 304

El sabio puede cambiar de opinión; el necio, nunca. I Kant

 

El cielo está muy negro cuando nos despertamos. Ya está lloviendo, y miro con tristeza la lluvia cayendo y el asfalto mojado. Se me amarga el ánimo, para qué mentir. Decidimos esperar un rato antes de salir, por ver si para, pero a las ocho y media nos ponemos el chubasquero y arrancamos tras despedirnos de nuestros dos compatriotas, que desayunan con buen humor y se preparan para la jornada húmeda. El trazado nos empuja por un sendero de pista asfaltada que baja una empinada pendiente entre dormidas casas de piedra: una aldea empapada y vacía y sin nombre. Al poco rato, alguien nos grita, y son precisamente ellos, los dos gallegos, risueños y felices en sus bicicletas y ya completamente empapados. Nos despedimos otra vez, la segunda.

 

Dentro del chubasquero, el Camino adquiere otra dimensión. Te envuelve, te rodea, reduce tu campo de visión, y hasta tus propios pasos resuenan de otra forma, como si estuvieses dentro de una cápsula separada del mundo. Me siento ridículo al notar como se me escapa la alegría del camino. Tardío otoño, en el Norte de España, ¿qué podía esperar? ¿Sol y playa? La lluvia no es una anomalía, es la norma. Pero no puedo evitarlo, ese repiqueteo incesante sobre el tejido del poncho, un plástico miserable, me crispa. Y aunque intento no mojarme los pies, la senda penetra pronto en caminos de hierba que rezuman agua. Noto la humedad en los calcetines, y embutidos en una niebla que parece escupida por el mar, la luz de la mañana parece huir. Caminamos por entre acantilados y playas con el único sonido de nuestros pies en la hierba, las olas sobre las rocas, el rumor de esa brisa marina llena de humedad. Vacas que nos miran, horizontes invisibles.

Senda Estelar 303

Al emerger del trecho de acantilados, justo al lado de un restaurante que parece pensarse si abrir o no, me cambio los calcetines, doble par por doble par, y seguimos caminando hacia La Isla, un lugar que es solamente una acera por donde avanzar, observando las baldosas abandonadas, y que desemboca en un carril bici que corre en línea recta hacia Colunga. El asfalto brilla. Hay una mujer por detrás que habla por teléfono a un volumen inaudito, y la conversación que mantiene es muy desagradable, la de dos divorciados que no se llevan bien pero que intentan mantener la compostura por los hijos en común. Nos adelanta y deja atrás, y me da por pensar en que habría que verla con mochila. Soy una compañía penosa en este estado de ánimo, lo sé, y esta perspectiva me hace ver con sumo desagrado un terraplén de tierra expuesta y cubierta por lo que parecen ser esqueletos negros de arbustos muertos. Abiertos a la mañana de cielo blanco, su visión parece hablarme de un apocalipsis inminente. O que ya ha pasado sin que me diese cuenta.

 

En Colunga, como en tantas otras partes, no hay más que pisos en venta y en alquiler. Ruinas y ruinas. Entramos en un bar y nos comemos un pincho, notando las miradas en nuestros ponchos empapados, los bastones apoyados a la entrada. Vemos entrar a un jubilado con enormes zuecos de madera. Por debajo de la madera lleva unas pantuflas de abuelo. Salgo un momento afuera para hablar con la hospitalera de Sebrayo, el fin de etapa, una mujer llamada Sonia que insiste en que el albergue es muy húmedo, que no hay calefacción, y que cierran ya en un par de días. Me recomienda que sigamos hacia Villaviciosa, pero yo insisto porque Villaviciosa significa siete kilómetros más, y ella termina aceptando.

Al salir de Colunga, María se enzarza consigo misma en la penuria de que no haya calefacción, y que además se trate de un lugar húmedo, se lo imagina terrible, supongo. Está un buen rato irritada. Compramos El País para luego poder secar nuestras botas, y poco a poco vamos dejando atrás Colunga, un pueblo gris que da paso a un llano cubierto de hierba y casas donde las familias cocinan la comida de domingo, parejas solitarias de jubilados que pasean por los campos, el siseo de la autovía más allá. El mundo parece convertirse en un reflejo de lo que fue. En un recodo, me escondo para hacer mis necesidades, humeantes entre lechugas silvestres finalmente mancilladas y que crecen entre las grietas de un asfalto fragmentado. Lo dicho, como el fin del mundo.

El llano queda atrás y nos internamos en un sube y baja que luce interminable para nuestras piernas cansadas. Subimos a un lugar llamado Llera, y vuelvo a ver la España en Ruinas que llevo rumiando durante días: grupitos de casas abandonadas a la vera de una pista de asfalto vieja y roída, la maleza devorándolas por dentro, las ventanas rotas, tejados hundidos. Dentro intuyo los espíritus de los emigrantes a pueblos y ciudades, cuyos descendientes viven ahora entre rascacielos y bloques de edificios, mientras las viejas casas familiares se desmenuzan como si esa historia jamás hubiese existido. Y mientras miro esta España que se hunde, este destrozo humano, este apartarse de la naturaleza para sumergirnos en la vorágine de una modernidad artificial, hablo con María del concepto de libertad de Rousseau, de las ansiadas sociedades perfectas como las descritas por Platón o Tomás Moro, esos que imaginaron lo perfecto sin darse cuenta de que no existe lo perfecto. Y Llera es más de eso, una minúscula agrupación de casas en lo alto de este conjunto de subidas. Parece una postal de posguerra. Los rostros de los aldeanos lucen oscuros y desconfiados, la pintura de sus casas medio caída, suciedad y desorden, un anciano que camina entre las ruinas de lo que quizá un día fue su casa o la de su mejor amigo. Los transformadores eléctricos solitarios e inútiles, de cuando Franco. Al salir de ahí, comenzamos el descenso hacia Sebrayo a través de un sendero enfangado, en los márgenes del camino antiguas ruinas. Es una visión ominosa y crepuscular que me da escalofríos. Los charcos cubren el sendero y lo bordeamos como podemos, entre las marchitas y fundidas hojas podridas. Delante de nosotros, encontramos a un hombretón que parece alemán y sonríe mucho, va en chanclas y calcetines, tiene los pies obviamente empapados, y un poco más adelante nos espera para señalar una salamandra preciosa y fluorescente, en medio del camino bebiendo el aire. Recuerdo la noche en que me encontré a esa misma salamandra, en otro camino muy lejos de aquí, también bebiendo el aire.

Senda Estelar 308

El albergue aún está cerrado. Nos sentamos en la entrada y secamos los pies, comemos algo mientras esperamos a que llegue Sonia, una asturiana pequeñita y morena, muy simpática a pesar de la impresión que me había dado por teléfono. Habla sin parar, y cuando finalmente se va, nos duchamos en un agua muy caliente, y luego llamamos a Cristina, esa buena amiga que nos espera al día siguiente en Gijón. También le escribo a Dominique, mi amiga escritora de Avilés, en donde ya hemos decidido pararnos una noche extra.

La tarde se desgrana. El pueblo es silencioso. Lo habitan jubilados y espectros. El albergue, como Sonia me había dicho, rezuma humedad por todos sus poros. Al caer la luz del día, subo a la cocina, que está en el piso de arriba, y mientras María descansa, cocino un montón de pasta con calabacín, sustituyo la imaginación por pimienta negra, cocino al ritmo del último disco de Pearl Jam. Luego bajo la comida y comemos notando el frío en nuestros huesos. La pasta está demasiado picante, pero comemos. El estómago se adapta a todo.

Senda Estelar 310

Empieza a dolerme un ojo, parece el típico exabrupto de hipocondríaco. Lo de siempre. Supongo. Recalentados por la cena, nos metemos entre un montón de sábanas, intentando coger calor en una atmósfera que es casi océano. Yo me regodeo con Bolaño y sus referencias borgianas, María se conforma con buscar el calor.

Y así nos dormimos, ateridos de frío, bien pegados y metidos en nuestros sacos.

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Un comentario en “29 de noviembre; SAN ESTEBAN DE LECES – SEBRAYO

  1. Pingback: 30 de noviembre; SEBRAYO – GIJÓN | aullando

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