30 de noviembre; SEBRAYO – GIJÓN

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Senda Estelar 316

El mayor bien para el mayor número. J Bentham.

Apuramos para llegar temprano a Villaviciosa, la jornada es larga. El día amanece oscuro al salir de esta habitación repleta de la humedad de nuestras respiraciones, pero al menos no llueve, y aligeramos el paso por los arcenes de una carretera desierta.

Senda Estelar 312

Una gran fábrica abandonada, los pilares de hierro oxidado expuestos como una amarga caricatura de la decadencia, al otro lado de la carretera una casa señorial también abandonada, la madera podrida y combada. Al pasar la curva, vamos dejando atrás la larga factoría de El Gaitero, con sus lagares de cemento cutre aún con restos de manzana, el amargo ácido en el aire. Chapa y metal. Estamos emocionados porque hoy nos encontraremos con Cristina, la gijonesa mágica que conocimos hace unos meses en Islandia. Con esa emoción entramos en Villaviciosa, un espacio tranquilo en la temprana mañana de domingo. Tomamos un desayuno en la primera cafetería anodina que aparece, y luego seguimos las manzanas pintadas en la acera, y abandonamos el pueblo mientras llamo a mi padre para felicitarle el 58º cumpleaños. En el muro de un colegio, leo un terrible Mecías muerte, vas a morir. Sufrirás. ¿Un alumno desquiciado?

De nuevo internándonos hacia el bosque, aparecen por detrás los dos gallegos ciclistas. Nos paramos y hablamos un rato. La noche anterior, nos cuentan, se pillaron una buena borrachera a base de sidra, y ahora les pesan las piernas, por no hablar de la cabeza. Nos separamos, esta vez de forma definitiva, puesto que un poco más adelante el camino de asfalto se bifurca, a la izquierda hacia Oviedo y el Camino Primitivo, hacia la derecha a Gijón y por la costa. Después de que nos dejen atrás, nos enfadamos un rato y caminamos separados, ese espacio repleto de emociones sublimadas.

Todo el resto de la jornada transcurre entre dos valles cerrados y separados entre sí por un monte, el Alto de la Cruz. En la empinada subida, repentina e intensa, me empiezo a encontrar mal, rodeados de viejos caseríos cerrados o abandonados, en medio del sendero gruesas piedras planas, una cualidad rara en la luz que inflama el aire. Noto el pecho ligero y el corazón restañando en él como si estuviese hueco, cansado. Esa levedad se va extendiendo por mi vientre y en mis piernas, de pronto sin fuerzas. El aliento no llega, el oxígeno se escapa, y debo pararme varias veces mientras María me espera. Tampoco tenemos agua, y mi boca seca reclama líquido. Acabamos emergiendo a una pista de asfalto, y luego ya estamos arriba de todo, comidos por la niebla. Hay salamandras aplastadas en las cunetas. Intento abstraerme de mi debilidad hablándole a María de una historia aún no escrita, El mirlo, el fantástico viaje de un niño en el interior de un mirlo, esos pájaros que siempre me han parecido siniestros a causa de la raya roja-anaranjada que envuelve sus ojos. Siempre parecen mirarte muy fijamente, como si buscasen algo. Mientras descendemos el monte, la debilidad se va esfumando. Hemos caído en el silencio y pongo la radio para escuchar el fútbol. Casas de tejados brillantes por la lluvia recién caída. Ha salido el sol y los perros nos miran como si fuésemos una aparición. En las ondas hablan de algo que ha ocurrido antes del Atlético-Dépor.

Senda Estelar 318

Involucra muertos, o un muerto, pero no acaban de decirlo. Fútbol y radicales. Llegamos a un pequeño pueblo, más bien una inconcreta aglomeración de casas, y en un bar comemos unas croquetas y bebemos algo. Flota en el aire el ambiente de los domingos.

Al salir, volvemos al camino para ascender de nuevo, aunque rápidamente entramos en pistas de gravilla y llegamos arriba. A lo lejos, montada en la costa, Gijón surge moteada de edificios y de mar. Escucho jazz en la radio, también las noticias del día, que para alguien en el camino resultan ajenas y vagamente indiferentes, y mucho antes de lo esperado, estamos ya junto al camping de Cimadevila, en donde se encuentra el albergue que tendríamos que ocupar, de no ser por la oferta de alojamiento que nos ha hecho Cris. Es demasiado pronto, así que decidimos no molestar aún a nuestra amiga y echamos a andar para cubrir los apenas cinco kilómetros que nos separan del centro de Gijón. Cinco miserables kilómetros que terminan por hacerse interminables entre urbanizaciones con diferentes niveles de opulencia, residencias geriátricas disimuladas para aparentar paz y belleza, colegios infantiles cerrados, la hojarasca de otoño cubriendo las aceras vacías, trasnochados bares en donde treintañeros hípster apuran vermuts fuera de hora, perros aburridos que nos ladran, la colosal Universidad Laboral al fondo, inflamada como una catedral defenestrada, y finalmente el Molinón desierto y un largo paseo hacia el puerto, en donde una somnolienta empleada de turismo nos sella la credencial.

Nos metemos en un bar.

 

Cris siempre te alegra el corazón, toda ella es como una inyección de esperanza y felicidad. Es una cualidad inaudita y que me resulta tan impresionante y misteriosa que apenas puedo creerlo. Nos subimos al coche de su pareja, Juan, y viajamos hacia el barrio en donde viven sus padres, que nos esperan emocionados como si fuésemos auténticas celebridades. Su madre tan risueña, su padre más tranquilo, muy gallego. María se siente vagamente culpable porque Cristina ha desplazado a sus padres al campo para hacernos sitio en su cama y que así podamos disfrutar de un plácido descanso. A mí me cuesta mucho menos, siempre, aceptar los regalos de los amigos, en parte porque sé que yo también lo haría si estuviese del lado contrario. Nos duchamos (ah, el agua caliente de una ducha normal y corriente, qué placer) y ya de noche, salimos a un bar a beber sidra y patatas al cabrales, mientras la conversación nos conecta, esperanzada hacia el futuro, que gracias a la energía que Cris transmite se transforma en un lugar en donde a la gente especial le suceden cosas realmente especiales.

Atiborrado de azúcar y alcohol, me meto en cama convencido de que realmente es cierto. Que el karma te ha devolver lo que das, y con esa sensación en el pecho escribo un poema que luego no podré encontrar… y me duermo.

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Un comentario en “30 de noviembre; SEBRAYO – GIJÓN

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