1 de diciembre; GIJÓN – AVILÉS

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Senda Estelar 327

La contradicción es la raíz de todo movimiento. G Hegel

 

Desayunamos con Cris con esa pena tan obtusa del irse pronto, la que emana de los encuentros fugaces. Me habría quedado un día más, pero María no quiere abusar de la hospitalidad de nuestra amiga y sus padres. Mientras sigo la deslavazada conversación de desayuno en una cafetería cualquiera, pienso en que yo sí habría abusado. El Adiós y el Nos veremos pronto nos maniatan, nos separamos entre el rumor del tráfico de Gijón, dando comienzo a una de las etapas más horribles del Camino del Norte, los veinticinco kilómetros que separan Gijón de Avilés.

Ya es bastante tarde, y Gijón se extiende eterno. Transitamos la Avenida de Galicia, que acaba dando paso a los arrabales de la ciudad y una enorme explanada industrial. Colinas de ceniza y polvo, óxido flotando en el aire, toda esa maquinaria incomprensible recortada contra la luz, casas abandonadas entre el horror, atrapadas en medio de ese vómito industrial. Las tuberías cruzan sobre la carretera, por los arcenes corren regatos espumosos de líquido tóxico. El mundo reducido a una estampa miserable. Es triste a la luz triste de un día gris. En un galpón, veo al enésimo perro atado a su cadena, aburrido y resignado y loco, ladrando desesperado. No sabría decir si defiende el territorio o si pide ayuda o algo de compasión. Quizá, incluso, un cuchillo que acabe con su agonía. Él y otros cientos que ya hemos visto forman parte de un inmenso y atroz campo de concentración disperso, animales sintientes atados a una vida reducida a un par de metros, los que permite la cadena. ¿Quién no enloquecería?

 

Subimos al monte Areo, hombros caídos y cansados. La primera pendiente nos introduce en una barriada gitana, que al esfumarse da paso a un conjunto de casas en donde nos encontramos un bizarro puesto de ayuda al peregrino, videovigilancia incluida, nada menos. Desde arriba, la industria que hemos dejado atrás luce gigantesca, parece envolver la ciudad como la mano de un diablo. Los árboles terminan por taparla, y suspiro aliviado aunque sé que sigue allí. Cubrir el problema no lo hace desaparecer. Nos internamos en pistas de gravilla llenas de charcos hablando de leones y niñas violadas, y al cabo de un rato cada uno de nosotros se pierde en sus pensamientos. El camino desciende hacia un suave valle escondido, sobre el cual zumban los aviones del aeropuerto de Asturias. No hay pueblo, solamente una extensión de prados verdes punteada de casas aburridas y una vieja carretera nacional, inservible a causa de la autovía que atraviesa los montes. El cielo chispea, amagos de lluvia.

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Luego sobreviene el horror, doce kilómetros de industrias que lo cubren todo. La carretera es amplia y está recién asfaltada, el aroma a alquitrán en mis fosas nasales. De los arbustos enfermos y cubiertos de polvo sale volando una perdiz. Alrededor, torretas y otras estructuras metálicas oxidadas, incomprensibles vías de tren cruzándose, y mucha suciedad, y decenas de camiones que pasan a toda velocidad en ambas direcciones. Menudo mundo de mierda, pienso al ver los rostros taciturnos de un grupo de obreros. Me sorprende encontrar casas entre tanta miseria. Al pasar un cruce de caminos, nos metemos en un bar para descansar de tanta miseria, y me como un enorme pincho de jamón serrano al lado de una estufa que emite un fulgor anaranjado. Comentamos el horror de la etapa, que es la peor que recordamos, superando incluso a la que iba de Santander a Requejada (Polanco). Estamos llegando a las afueras de Avilés, y al pie de un edificio destartalado, vemos a una niña gitana, de grandes pechos adolescentes, dando una samanta de hostias a un niño, presumiblemente su hermano, que ha cometido algún error imperdonable y recibe los golpes chillando como un cerdo camino del matadero.

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La ría se está abriendo a nuestra derecha, hacia Salinas. Unos jubilados distinguen las dudas en nuestros pies, y las mochilas de peregrino, y nos indican dónde se encuentra el albergue. María llama por teléfono al hospitalero, que luego aparece a la puerta del albergue haciéndose el despistado. Tiene al menos ochenta años y es un gallego emigrado de Cuba que volvió a Asturias por amor o por matrimonio, no termina de quedarme claro. Nos cuenta que su mujer le hizo beber unas aguas mágicas que obligan al hombre a casarse, lo dice con ese aire de retranca triste que algunos gallegos tienen, y que hace difícil captar la realidad escondida en las palabras. El albergue está adosado a unos almacenes municipales y es cochambroso. No hay rastro de la cocina que prometía la guía, y junto a la máquina de café un mensaje en inglés advierte que nadie se atreva a probarlo. Hay una sala enorme llena de literas con colchones sucios que emanan un aroma a humedad. A María le repugna la idea de pasar dos noches aquí, pero ya no hay marcha atrás, ya se lo hemos dicho al hospitalero, que se ha sentado en la salita común apoyado en su bastón y con la mirada perdida. Quizá en Cuba.

 

Estamos recién duchados y descansamos, y desde la litera escucho la conversación del hospitalero con un personaje recién llegado y al que mentalmente bautizo como La Voz: profunda y con aire de narrador de documentales. Parece algo tocado, y hablan un rato largo sobre el origen estelar del Camino de Santiago, sobre la relación entre este y la Vía Láctea, las estrellas y las sendas celtas, los asirios, las energías, un largo etcétera. Yo escucho atento, incapaz de concentrarme en la lectura. Es la primera vez que escucho ´

La senda estelar

Le susurro a María que creo que el hospitalero es un masón, que incluso se ven indicios en el sello de la credencial, pero María está enfadada por la naturaleza del albergue y no me hace mucho caso. El albergue le genera malas sensaciones, y en cuanto me lo dice consigue que yo también las perciba, y me irrito. Tus malas sensaciones son contagiosas, la acuso.

 

Más tarde salimos. Me compro unas crocs negras en un chino, y buscamos un zapatero para reparar mis botas, que meten agua. Tras mucho callejear, encontramos a un amable artesano que me dice rápidamente que no puede hacer nada, que solamente trabaja con cuero. Mi rostro debe lucir decepcionado durante un instante, justo antes de que el zapatero coja el teléfono y llame a su comercial para preguntarle la dirección del otro zapatero de la ciudad, la competencia. Nos envía allí. Le digo a María que aún existe la amabilidad y la gentileza en el mundo, aunque parezca lo contrario. El segundo zapatero le echa un vistazo a las botas, bufa, pero luego suelta un Vale, venga, venid mañana a esta hora, ya les haré algo. De allí salimos al albergue, para descubrir que no estamos solos. Ha llegado un hombretón de Azuqueca de Henares, tranquilo y que ha conocido a los dos gallegos que encontramos en San Esteban de Leces. También él va en bici, y no habla demasiado, aunque nos cuenta la maravillosa soledad que uno puede encontrar si hace el Camino siguiendo la Vía de la Plata. También dice que la provincia de Guadalajara se está repoblando con toda la gente que huye despavorida de Madrid, decepcionada por tantas expectativas rotas.

 

Volvemos a salir para buscar algo de cenar y tomar algo, y terminamos en un bar chic de la zona vieja hablando de las derivaciones de la libertad, de nuevo de Rousseau (¿qué nos habrá dado con él?), de los deberes que obliga el vivir el sociedad. De vuelta, se me ocurre una receta rotunda: salmón al horno con salsa de cabrales y mus de patata. Una receta como para no volver a comer en varios días. Quizá estamos comiendo muchos bocadillos, pienso.

En cama volvemos a sentirnos igual que en Cóbreces: intentamos no rozar el colchón sucio, alejarnos de la suciedad. Yo leo a Hegel y a los detectives de Bolaño, pero terminamos por adormilarnos. Entre la vigilia y el mundo de los sueños, medio distingo cómo el hombre de Azuqueca se levanta a apagar la luz, y con la caída de la oscuridad, termina el día.

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Un comentario en “1 de diciembre; GIJÓN – AVILÉS

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