3 de diciembre; AVILÉS – SOTO DE LUÍÑA

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Senda Estelar 338

La originalidad es la única cosa cuya utilidad no pueden comprender los espíritus vulgares. JS Mill.

 

La lluvia golpea las uralitas del tejado de al lado, cae también sobre el patio con un martilleo desesperanzado. La mañana es muy oscura. Por momentos, las nubes se exprimen con fuerza y noto en mi pecho un eco irritado. Nos vestimos en silencio y echamos a andar a través de un Avilés empapado y brillante. Las señales amarillas del casco viejo, casi inexistentes, ayudan a la desorientación más que a indicar el camino, así que tiro de memoria y enfilo hacia la estación de bus/tren, y de ahí por la carretera, hacia Salinas. El día se va abriendo, al fin, los faros de los coches que entran en la ciudad iluminan las aceras y los charcos. Estoy enfadado, pero mi enfado lo corta un coche que de pronto se detiene a nuestro lado. Se baja la ventanilla, y ahí están Dominique y su marido, Fernando, saludándonos y deseándonos un buen viaje. Sonrisas en la lluvia.

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Al llegar a Salinas, la lluvia nos da un descanso. Nos guiamos con las instrucciones de un jubilado bien armado con su paraguas, y subimos por un camino. A lo lejos se entrevé la enorme playa, las horribles torres de apartamentos al borde del mar entre chalets y pequeñas mansiones, una inmensa zona residencial, y la salida de la ría al mar. A lo lejos, el cabo Peñas. La carretera sube entre casas y los kilómetros empiezan a transcurrir pesados mientras jugamos al apalabrado con sílabas. Son treinta y ocho kilómetros hasta Soto de Luíña. Entre las nubes, aparece algún avión que parece caer hacia el suelo con trayectoria suicida. Atravesamos un largo trecho de bosque cuyo suelo es puro barro rezumando agua. Voy en cabeza y María se ha quedado algo atrás, lo cual resulta una suerte cuando me caigo al suelo tras resbalar en un charco, porque ella no puede verlo.

El descenso por el barro parece no acabarse nunca, y me pongo Pearl Jam en el móvil para aplacar mi irritación. Para cuando se acaba ese pequeño infierno, contemplamos la ría del Nalón, inmensa y punteada de parches de marismas amarillentas. Aún falta mucho para llegar a destino, así que nos sentamos en un banco y comemos unos plátanos. Hay una pequeña aglomeración de casas alrededor de una antigua fortaleza. A nuestros pies, un jardín descuidado en donde tiro la piel del plátano. La marea está baja. Las barquitas amarradas se inclinan en la ribera.

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Al otro lado de la ría, iniciamos una terrible pendiente de rocas y barro, otro de esos inexplicables desvíos que parecen insultar al peregrino. A nuestro lado, más abajo, la nacional llanea tranquila para salvar la altura que separa el suelo de la ría de Muros de Nalón, a donde finalmente llegamos con el pecho buscando aire y un dolor de cabeza que me trae loco. Los hombros atenazados, malas sensaciones. Nos tomamos una cerveza en un siniestro bar desierto. La cerveza, al contrario de lo habitual, no reduce mi jaqueca. Será porque es una San Miguel, pienso, sin decir nada.

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Abandonamos este pueblo desierto, y al poco dejamos a un lado la nacional para introducirnos en el interior del bosque. Subidas y bajadas encharcadas. Empieza la tormenta. Enormes gotas caen sobre nosotros como bombas, con furia. Pronto estamos empapados. Al salir de nuevo a la carretera, al pie de unos eucaliptos enormes que no protegen de la lluvia, me tropiezo con una rama caída y estoy a punto de caerme. Completamente desquiciado, la emprendo a patadas con ella y pierdo el control durante unos segundos, como la liberación gaseosa tóxica de un volcán normalmente tranquilo. A la rama no le importa, supongo. A raíz de mi exabrupto, María se enfada conmigo. En una marquesina de autobús desierta, me cambio los calcetines empapados por otros calcetines mojados.

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Y seguimos caminando con agonía mientras la tarde cae y el desvío a Cudillero se queda atrás. La lluvia sobre nosotros, implacable.

 

Una costa rodeada de eucaliptos. Sobre nosotros, la sutil sombra de los puentes de la autovía silenciosa, goterones cayendo por sus rendijas. A lo lejos, entre el bosque, se distinguen los viejos viaductos del FEVE, como siluetas fantasma escondidas en la niebla. Con el chof chof de nuestros pasos y el rumor de la lluvia y los ríos como música, encontramos la señal que dice que solamente faltan cuatro kilómetros para Soto de Luíña. Suspiro aliviado. Llegaremos antes de que se haga de noche.

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Ahora para de llover, caminamos más tranquilos mientras la carretera nos arrastra por entre caseríos. A nuestra izquierda, un ruidoso riachuelo escondido entre abedules. Más allá, una pared de robles que aporta color a un universo verde-gris. Vacas inmensas que pastan con calma. Llueve sobre mojado, me imagino que piensan. Mi humor mejora mientras pienso en cómo será tener hijos, al tiempo que mantengo cómicas conversaciones con los perros de las casas, que nos saludan ladrando. Valoro con María la posibilidad de sacrificar un perro al final del Camino, a cambio de toda la murga de ladridos que nos ha ido acompañando desde Euskadi.

 

El pueblo es minúsculo y vive adosado al río, poco más que una aglomeración de casas a la que llegamos con el atardecer lamiéndonos los pies. Conseguimos la llave del albergue, ubicado en las escuelas viejas, y vamos a comprar en el único supermercado antes de que empiece a jarrear de nuevo. No hay calefacción, y estamos solos. Nos quitamos las botas y metemos dentro bolas de papel de periódico, esperando que chupen algo de humedad. Ya es de noche, y nos duchamos con agua muy caliente. En la estancia contigua al albergue, una banda de rock ensaya sus canciones, y por momentos saltan los plomos. La instalación es tan vieja como las propias escuelas.

Aunque no hay calefacción, hay mantas de sobra y todo parece muy limpio. Juntamos dos camas, y acumulamos capas y capas de mantas. Al rato aparece Pepe, el hospitalero, que tiende sus papeles sobre la mesa de la salita común y nos explica las siguientes etapas con cierto aire maquinal, que corona cuando al irse nos suelta el proverbial Buen Camino.

Cenamos en abundancia tras una etapa fatal, y larga, y nos quedamos dormidos casi de inmediato al calor de las mantas.

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Un comentario en “3 de diciembre; AVILÉS – SOTO DE LUÍÑA

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