Suicidio

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Llega un momento en que ya nada merece la pena, escribe en el margen de la hoja cuadriculada con la meticulosa letra de un suicida. Y piensa en los golpes, los fraudes emocionales y demás bancarrotas y heridas. Y en todo ese conjunto repetido en una rutina espantosa. ¿Para qué seguir? En esas condiciones, la decisión es fácil. Y además, ya la ha tomado. A media mañana, en el descanso entre Matemáticas y Educación Cívica, el chico sale de la clase y entra en el baño desierto y aromático con las cuchillas tintineando en su bolsillo derecho como si fuera un sample caótico. Decididamente dispuesto a acabar con todo de una vez.

(Still breathing but already dead)

En la puerta del único habitáculo privado, lee el cartel de Averiado. Disculpen las molestias. Lo mira con intensidad como si se tratase del mayor espectáculo de la tierra. Joder, murmura. Por un instante, valora otras opciones, intenta imaginárselas. Es una pena que tenga tan poca imaginación, piensa, mientras escucha el timbre de la siguiente clase y el sonido de pasos en el pasillo.

Se encoge de hombros, experto en resignación, y da media vuelta y vuelve, con ese mismo tintineo en el  bolsillo. Y en su cabeza.

 

¿Cómo se te ocurre tratar de suicidarte? Siquiera por curiosidad se queda una viva. Ángeles Mastretta.

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