4 de diciembre; SOTO DE LUÍÑA – CADAVEDO

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Senda Estelar 351

La puerta de la felicidad se abre hacia dentro. S Kierkegaard

 

Duermo del tirón. Al despertarme, María me cuenta que por la noche se despertó con la cara cubierta de lágrimas. Soñó que su madre se moría. Afuera aún no llueve. Empezamos la rutina de cada día, la que hemos ido fraguando con el paso de las etapas: recoger camas y mantas para los siguientes; improvisar un desayuno, necesariamente frío; vestirse (hoy con las botas y los calcetines húmedos); rellenar la mochila siguiendo algún orden, el que sea; subírsela a la espalda; salir.

Llovizna, me estremezco. Mi cuerpo rechaza la lluvia, rechaza el calzado mojado, rechaza la oscuridad de un día que apenas levanta, rechaza el invierno, por rechazar, hasta se rechaza a sí mismo.

Senda Estelar 341

 

La salida de Soto de Luíña es una larga pendiente vacía que ascendemos en silencio observando el amanecer. La llovizna desaparece mientras caminamos rápido por la vieja nacional, atravesando pueblos que la autovía mató, sepultándolos en el olvido del que únicamente salen cuando algún descendiente acude, en verano en las fiestas patronales. En un lugar llamado Novellana, nos cambiamos los calcetines mojados por otros húmedos, y tomamos un café en un restaurante semi-desierto. Hay un hombre muy viejo con la mirada perdida, la dueña tras la barra, luego entra un panadero sonriente. Un lugar anónimo que adolece con cada día que transcurre en una agonía lenta y cruel. Más adelante, saliendo del pueblo, vemos un cartel que indica la dirección a La Meca, y me sonrío imaginando una conspiración de musulmanes guasones haciéndole la guerra sucia a los cristianos y tratando de instaurar un Camino de La Meca institucionalizado y turístico.

Senda Estelar 342

El día se va reduciendo a un camino desierto, asfalto en cuya sombra crece el verdín, sobre nuestras cabezas una bella cobertura de carballos que suena a catedral cada vez que pasa un coche, un bosque intensamente atlántico en donde también hay espacio para abedules, pinos, eucaliptos. Mucha agua corriendo en riachuelos sin nombre, tumultuosos empapándolo todo. Aldeas adormecidas salpicando el camino. Lejos, pero siempre presente, ese mar gris y violento, aire y salitre.

 

Empieza a llover de nuevo. El sonido de la lluvia sincopado con el rumor de los coches en la autovía no tan lejana, el FEVE que pasa por sus viaductos escondidos con un traqueteo apenas audible, entre el bosque, una destartalada gasolinera abandonada, un mero esqueleto oxidado. Un cartel pide reiniciar el sistema, o apagarlo del todo.

 

Pronto vuelve a irse la lluvia, de nuevo el Sol y cierto calor. El calor de nuestros pies nos ha ido secando los calcetines. Descansamos un momento en una marquesina de bus bajo la cual crecen tréboles con una calma vegetal. Comemos queso, medio plátano, unas galletas. Frente a nosotros pasa un minusválido tumbado en una silla de ruedas especial, como de carreras, que enarbola una banderita de Brasil. Su aparición resulta espectral. En la pared de la marquesina, se anuncian bailes de jubilados para fin de año. María se lamenta porque ha empezado a dolerle un pie, pero ya no queda mucho para Cadavedo. Al menos, según nuestra guía, que últimamente se empeña en mostrar un kilometraje equivocado.

Senda Estelar 346

 

Más suelo negro preñado de hojas amarillas y oscuras. Paredes cortadas décadas atrás completamente cubiertas de musgo chorreando agua. Quitamiedos oxidados. Todo ese sonido no identificable. Fantaseo un encuentro sexual entre la Maga y Cesárea Tinajero, y sin que me dé cuenta la fantasía está empezando a acelerar. En la ventana abierta de una casa abandonada, observo los restos polvorientos de una vida olvidada: una botella de alcohol, periódicos, una estantería vacía, la pintura enmohecida. Un poco más allá, en el banco de una casa, los gatos duermen al sol mientras un perro les ladra inútilmente.

Espero a María, que se ha quedado atrás, apoyado en un quitamiedos y leyendo un cuento de Borges que no sabía que tenía en el móvil. Atrás se ha quedado la Playa del Silencio, demasiado apartada de la ruta como para llamar nuestros pasos. Queremos llegar, y de hecho, llegamos a Cadavedo bastante antes de lo previsto, observando el viejo cuartel de la Guardia Civil (¡Defiende España, infiel!), con su Todo Por La Patria hecho añicos. Ni el poder fascista de una patria rancia puede con el paso del tiempo.

Atravesamos el pueblo entero, casas arremolinadas a ambos lados de la nacional, hasta dar con una casita cuya chimenea escupe humo. Dentro nos encontramos a Jordi, el catalán que conocimos en Avilés, alimentando una cocina de hierro con madera de muebles rotos. Es un encuentro inesperado y alegre. Ha salido el sol, definitivamente. El albergue ocupa la planta superior de una casa vieja. Abajo se encuentra la estación de FENOSA. Hay solamente dos habitaciones húmedas, algunos utensilios de cocina. No hay calefacción, pero sí muchas mantas. Un poco más tarde llega la hospitalera, una mujer de rostro algo hombruno que se llama Covadonga, y que tiene una voz tan aguada que es casi inaudible. Nos cuenta que lleva todo el albergue sin ayudas municipales o del Gobierno de Asturias, y mientras nos dice lo complicado que es mantener el local abierto y en condiciones, la conversación deriva hacia la crisis y cómo la falta de trabajo ha acabado de matar a los pueblos pequeños. Se marcha con la promesa de volver más tarde.

Meto dentro del horno las botas; en los bordes sobre la cocina, mis calcetines. Están tan húmedos que se desprende de ellos un vaporcillo que me hace sonreír. Bien pegadito a la cocina, escucho a Jordi cortar leña mientras María se ducha. Ignoro el capítulo de Darwin, puro tedio falsificado, y me paso a Kierkegaard. Afuera, la tarde va cayendo, por momentos gris y oscura, por momentos pura luz. Las lluvias van y vienen. Abrigamos la intención, poco clara, de ir a ver el mar, y salimos hasta encontrar un supermercado, pero luego empieza a llover y nuestras piernas están cansadas, así que decidimos volver con el oro del atardecer colgadito en el aire. Nos tomamos una cerveza en el bar frente al aserradero adyacente al albergue. Es la principal industria del pueblo. Industria de destrucción, pienso. Luego volvemos.

Jordi ha ido alimentando el fuego con sabia paciencia. Cae la noche, y vuelve Covadonga, acompañada de su pareja, un hombretón fuerte y medio rubio con toda la pinta de proceder de la Europa del Este. Dicen que en verano hay una afluencia increíble, pero que hay muchos domingueros que hacen el camino usando el FEVE, o el bus. Insisten en la dificultad de mantener el albergue abierto, en la falta de gratitud o las quejas por tener que pagar cinco miserables euros.

Senda Estelar 355

Preparo pasta con salsa de tomate y calabacín al ritmo lento de la cocina, que tiene las planchas dobladas. Por las rendijas veo el fuego. Hablamos de las pirámides centroamericanas con Jordi, que viaja casi cada año a México, y luego de aliens y de Stargate, también de los nazis. Lo hablamos medio en serio medio en broma, como si los tres estuviésemos tanteándonos para ver hasta dónde podemos seguir. Termina hablándonos del sentido del pelo en las culturas indígenas, su significado de fortaleza, que es algo que me coge de improviso. Luego la conversación se vuelve más cotidiana. Jordi dice que se esperaba menos asfalto en el camino, más tierra, más bosque.

Dentro del horno, mis botas siguen secándose poco a poco. La noche ha traído la humedad, y aunque alimentamos la cocina, la burbuja de calor que la rodea es cada vez más pequeña. Con disgusto, nos metemos en las camas heladas.

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Un comentario en “4 de diciembre; SOTO DE LUÍÑA – CADAVEDO

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