5 de diciembre; CADAVEDO – LUARCA

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Senda Estelar 361

La razón siempre ha existido, pero no siempre en una forma razonable. K Marx.

 

Hay algo que yo llamo episodios nocturnos, y que me persiguen desde que tengo memoria. Consisten en despertarse en medio de la noche con el corazón a mil y en la boca, y una premonitoria sensación de angustia en la garganta. A veces, incluyen el brazo izquierdo hormigueando como si estuviese lleno de electricidad. Esta noche, el episodio ha sido brusco, y al alzarme de entre las mantas, me he golpeado la cabeza y la mano contra la litera de arriba, especialmente el dedo índice. Luego, he salido de entre las mantas, medio ahogado, y paseado por la cocina unos minutos hasta tranquilizarme. Y finalmente, de vuelta a la cama.

Ahora ya es por la mañana, y descubro un hematoma en la punta de mi dedo índice. Bajo la piel, es como si alguien hubiese derramado una gota de sangre muy oscura, casi negra. Intento sacarme de encima la mala sensación mientras trato de encender la cocina de hierro. Pero hace demasiado frío y humedad, y no soy capaz. Desayunamos lentamente, y salimos del albergue cerca de las nueve, dejando allí a Jordi, que traquetea con la cocina sin prisa ninguna. Quedamos en vernos por la noche, en Luarca.

Senda Estelar 358

De nuevo el aire fresco de la mañana, casi invierno. Intentamos ceñirnos a la senda original, pero a los pocos metros encontramos una charca enorme que refleja el cielo y que nos corta el paso. Llevamos las botas y los calcetines secos, y nos apetece más bien poco mojarlos, así que damos la vuelta y enfilamos por nacional. A María el dolor del pie se le ha ido desplazando hacia el talón, pero no parece nada que le pueda impedir continuar.

 

Todo el amanecer es de un luminoso espectacular. Frente a nosotros, encontramos una gastada flecha roja. El camino nos lleva por el patio de una casa en donde neumáticos apilados y pintados de colores llamean al sol. Los prados están enchoupados de agua, y todo se ve jalonado por medio metro de hierba.

 

Pero no hay mucha más historia que el propio camino en nuestros pies, y que poco a poco nos empuja en silencio hacia Luarca, que surge ante nosotros de golpe, hundida allí donde el terreno se desploma hacia el Cantábrico. He estado esperando este pueblo largo tiempo, uno de los pocos que me faltaban por ver de la Asturias costera, y su aparición es espectacular.

Le mando un SMS a mi amiga Sabela mientras vamos descendiendo por las calles adoquinadas. En una de ellas, resbalo y se me retuerce la rodilla derecha hasta rozar el crac. Logro frenar a tiempo, todo queda en un susto, los ligamentos tensados al máximo. Un suspiro. Por un instante, me imagino obligado a tomar un tren de vuelta a casa, y la rabia dibujada en mi cara. Pero no. Avanzamos por callejuelas y puentes y arcos hasta llegar al albergue, que está ubicado frente a un antiguo hotel de aspecto señorial. En la puerta nadie responde, pero al minuto nos silban desde la acera de enfrente. Es un hombre, que nos registra en el albergue más caro de Asturias, un espacio nuevo amueblado con el catálogo de IKEA, pero que aun así carece de calefacción. El encargado nos dice que tampoco podremos lavar la ropa porque ha llovido mucho y el agua sale turbia y lo ensucia todo. Cosas coyunturales, al parecer. Por descontado, tampoco es potable.

Tras la proverbial ducha, salgo en busca de un supermercado, y lo cierto es que tardo un rato largo en encontrarlo, dando vueltas por calles que parecen rodear el río o la ría o lo que sea. Pronto estoy desorientado como un pato, me faltan las flechas amarillas.

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Al final, encuentro un Alimerka cerca de una zona escolar, y compro fabada, que caliento en el microondas al volver (en realidad, el supermercado estaba a doscientos metros del albergue; tampoco se me ocurrió preguntar). Esplendor en mi boca, comida caliente. María reniega de la fabada y se come un bocadillo de queso, pero me envidia en silencio, lo sé. De la cocina a las manos, después de comer nos acurrucamos bajo la manta y nos dejamos a una siesta profunda en la penumbra del albergue.

 

Salimos a dar un paseo, primero entre las calles llenas de actividad, luego hacia los espigones y bajo una llovizna intermitente. Regresamos por entre un parking, yendo en dirección contraria. Huele a mar en el puerto lleno de conchas y de gorras, huele a marineros y a redes, a restaurantes que ofrecen un marisco que se presume espectacular pero queda a eones de distancia del bolsillo de un peregrino.

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Recuerdo los pasajes del Kraken de Ariza, y mirando hacia el mar, me imagino esa falla en la que se esconden los calamares gigantes. Resonancias vernianas en una tarde que se apaga. Más allá, vamos subiendo hacia el faro. Contemplo las casas apretadas unas contra otras y en la pendiente, enfrentadas al mar que devora hombres. A nuestra derecha, precisamente, llamea el cementerio. El mar gris acero va recuperando color con la caída del sol.

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A un lado de la pequeña capilla, encontramos a Jordi, que se está fumando un porro observando a las gaviotas que, de espaldas a Luarca, orbitan sobre una playa de guijarros. Hacia el este, los acantilados recortados sobre el mar. Es un atardecer bellísimo.

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De nuevo en el albergue, tras comprar algo de fruta, nos encontramos a Max. La sorpresa es mayúscula. El holandés ha hecho dos jornadas de cuarenta kilómetros, salvando así la distancia que nos separaba. Sigue armado con su poco adecuado calzado pero con una paz interior envidiable. El reencuentro es feliz, y nos ponemos al día bebiendo San Miguel. Nos habla de albergues dantescos, de lluvia y soledad, de que creía que no nos pillaría (y no lo habría hecho si no hubiésemos hecho una jornada de descanso en Avilés), y luego salimos los cuatro y nos metemos probablemente en el único bar de Luarca donde no sirven sidra. Al menos, la cerveza es buena: paladeo con placer una Guinness, mientras a nuestro alrededor, la atmósfera del bar se inflama y nuestras conversaciones vagan con la levedad de lo efímero.

 

Al acostarnos, doy vueltas en la cama, incómodo por la fabada que palpita en mi vientre. También por el exceso de las cervezas y la cena. Y por esa ambigua sensación amarilla que flota en el aire negro del albergue.

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2 comentarios en “5 de diciembre; CADAVEDO – LUARCA

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