6 de diciembre; LUARCA – A CARIDÁ

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Senda Estelar 372

Cuando debemos hacer una elección y no la hacemos, esto ya es una elección. W James.

 

Tengo una leve sensación de resaca en el estómago, que me acompaña mientras nos vestimos y salimos del albergue, enfilando la salida de Luarca a través de una brillante calle adoquinada. Todo está húmedo. Pronto Luarca desaparece detrás de nosotros, absorbida por la propia pendiente que la mantiene oculta entre acantilados, como un tesoro que ojalá solamente las almas puras puedan descubrir. Somos de nuevo tres, y el día se mueve con nosotros, a través de caminos rurales, senderos fangosos y tramos abandonados de nacional. Todo intercalado como una mezcolanza que roza el absurdo pero también la belleza. En el cielo se dibuja el amanecer con un esplendor casi pictórico. Me imagino a un grupo de pintores locos gozándose a sí mismos en lo alto del mundo, mirando tras acabar sudorosos las últimas pinceladas.

Está haciendo bastante frío y caminamos en silencio, encontrándonos con extrañas, rojas y desconchadas cruces de la Orden de Santiago, mientras gaviotas indiferentes giran en el aire, mirando de reojo el mar y quizá presintiendo la llegada del temporal. María me confiesa que está harta de la rutina del despertar, de levantarse, meter todo en la mochila, desayunar, echar a andar. Esa rutina tediosa que corre peligro de convertirse en una ansiedad invisible, pero que a mí me tranquiliza.

 

Escucho a Samaris un buen rato, mientras atravesamos pueblos vacíos y fincas encharcadas, en donde viejos cotos de maíz se pudren y vacas aburridas nos miran (¿por qué siempre parecen estar aburridas?). Polígonos industriales apagados como bombillas rotas.

Samaris me hace superponer Islandia con este mundo por donde nos llevan los pasos. Es una melancolía feroz pero que al paso de los minutos se calma y puede llegar incluso a disfrutarse, y que desaparece, de hecho, cuando la mirada se concentra en otra cosa, en este caso Navia, en la que estamos entrando. Pasamos al lado de una iglesia que toca la versión campanada del himno asturiano. De alguna forma, noto ya Galicia en el aire. Está a tiro de piedra, se palpa en el acento de la gente, que sigue siendo muy asturiano pero arrastra un deje de gallego que me resulta familiar porque es mío. Compramos algo de comer en el supermercado, y nos hacemos unos bocadillos gigantescos, el mío de mortadela, que comemos refugiados en un portal mientras empieza a caer un chaparrón demencial. Alrededor, nos miran las familias que vuelven del vermut. Hoy es domingo, aunque en el calendario del peregrino los días de la semana se desdibujan. Le regalamos a Max tres reyes magos de chocolate, en broma, porque antes hemos estado contándole la improbable historia de esos tres reyes, y que el holandés ha recibido con el escepticismo propio de su espíritu hacia todas las derivaciones de las religiones monoteístas. Frente a nosotros, al otro lado de una plaza de plataneros desnudos y de la carretera, vemos pasar a Jordi a toda velocidad y con la mirada fija en su destino.

Un adelantamiento en toda regla.

 

Estamos algo perezosos. Después de comer, cruzamos el puente sobre la ría. En la otra acera, abajo las aguas oscuras, un gitano va con su familia detrás, cantando alegremente a pesar del día gris. Su dentadura es limpia y brillante. Veo las barquitas de colores en la ría, el brillo tranquilo y apagado del día; más allá, penetrando la ría, las torres de la industria papelera escupen vapor de agua y sustancias tóxicas.

El camino abandona la nacional para internarse reptando en pistas vecinales de asfalto agrietado que rezuman agua. Me aburro del silencio de los pasos, de los pueblos silenciosos de casas que me miran con fantasmal pareidolía, del cielo perpetuo en gris. Escucho a The Wrens, y así van transcurriendo los últimos kilómetros. En un recodo, trabamos amistad con un perro diminuto, muy negro, arriba en la ventana de una casa, su dueña lo mira con una gran sonrisa. Hortensias secas, y María metida dentro de una columna de neumáticos viejos y enormes que casi se la comen del todo. Luego al salir, descubre un montón de polvo gris en su ropa, y en sus manos, y durante un rato no sabe por qué.

En el aparcamiento de una iglesia, leemos un curioso PARKI en un cartel.

 

Y entramos en A Caridá. Casi sin penetrar en el pueblo, al fondo de una hondonada, encontramos el diminuto albergue. Jordi ya nos espera. De nuevo la guía ha mentido: no hay calefacción ni horno, y las mantas cuestan dos euros cada una. Al menos, las duchas son nuevas y el agua está muy caliente. Todo es bastante nuevo, en realidad, aunque sobre los colchones crecen con alegría hongos como cráteres o flores, según los mires.

Naturaleza elevada a arte.

 

Al salir, más tarde, descubrimos que A Caridá es poco más que una agrupación tristona de casas y edificios pequeños que reúnen población de esas aldeas de los alrededores que se van vaciando. Crece sin ton ni son en un cruce de caminos, pero con un aire de decadencia terrible impregnándolo todo. Probablemente empezará a vaciarse de habitantes antes de que recoja a todos los de las aldeas, en favor de algún otro pueblo mayor, o de alguna ciudad. Es el destino de la España en ruinas. El supermercado está cerrado, y en las calles nos cruzamos con personas de mirada torva, como si aquí se reuniesen el resultado de varias generaciones de endogamia. Damos la vuelta tras comprarnos una chocolatina tóxica en una máquina de vending.

De vuelta, escribo y leo a Bolaño y a William James, hasta que llega el hospitalero, que ostenta una cervecería a la que nos invita a ir con una simpatía que esconde un punto de caradura interesada. Vamos más tarde, ya de noche. El susodicho bar se esconde en los bajos de un edificio nuevo, y está atiborrado de adolescentes acnémicos y familias jóvenes, niños y niñas excitados por azúcar y que corren delante de una pantalla grande en donde juega el Celta. Puto timo, pienso, observando la carta, que pretende lucir internacional y cosmopolita pero que no puede evitar la habitual patina de cutrez de la España más hortera y patética. Las croquetas caseras son congeladas y no saben a nada definible; las hamburguesas de una desnudez alarmante; el alioli, de bote; las patatas, congeladas. Todo resulta insultante, y quizá es por eso que no hablamos mucho, contagiados por el aire triste del lugar. Cada cual atiende a su móvil, wifi gratuita, mientras a un lado el partido evoluciona con la inevitabilidad propia de otros fenómenos meteorológicos.

Senda Estelar 372

Me duermo escuchando el partido del Depor, y sueño, por alguna razón absurda, que renuncio a un trabajo que no tengo.

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Un comentario en “6 de diciembre; LUARCA – A CARIDÁ

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