7 de diciembre; A CARIDÁ – RIBADEO

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Senda Estelar 382

Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómo. F Nietzsche.

 

El despertar es muy largo, y se tiñe con los largos y hondos ronquidos de Jordi, que duerme con la placidez de un Buda. Como Max no hace amago de moverse, María y yo recogemos y salimos al pueblo desierto. Cae una llovizna neblinosa muy gallega, y buscamos sin éxito una cafetería abierta. Es domingo y todos duermen, el silencio sepulcral parece emanar del asfalto húmedo. Terminamos encontrando una panadería minúscula, poco más que un rincón siniestro en donde ni siquiera tienen té, así que me veo obligado a tomar café (todo un hito), además de una galleta y un pastelillo de sabor indescifrable. Salimos rápido de ahí.

Afuera sigue la lluvia. Caminamos un rato por asfalto hasta que llega el primer desvío. La guía habla de un arroyo a vadear, y como ha llovido en los últimos días, decidimos seguir por carretera. Estamos callados un largo rato. El paisaje se torna olvidadizo y ni siquiera lo retengo al caminar. Empiezo a fozar en el móvil, y encuentro un texto, que le leo a María, en el cual se habla del supuesto verdadero origen del Camino de Santiago, también llamado, como el título de este largo diario de peregrino, La Senda Estelar. La senda luce misteriosa y aun así notablemente más realista que lo que hasta ahora sabía del Camino. Culturas celtas, y pre-celtas, indoeuropeas, que avanzaban por todo Eurasia hacia el Oeste, buscando el centro del océano Atlántico, el lugar en donde creían que se encontraba la mítica isla a la cual los muertos vuelan en forma de estrella fugaz. De ahí que siguieran la estela de la Vía Láctea. De ahí que el camino termine realmente en Fisterra, y no en Compostela (y, ya de paso, de que haya otras fisterras en Bretaña o Cornualles). El texto zigzaguea como el Camino por la etimología de términos, diosas y ciudades, mitos y leyendas, símbolos. Y también de cómo el cristianismo se apropió de todos ellos como modo de adueñarse de las gentes que habitaban Europa. La estrategia geopolítica más efectiva de la historia. De pronto, el Camino ha pasado a cobrar en mi mente una dimensión nueva, como una burbuja repentinamente inflada. Recuerdo las palabras de aquel anciano masón en el albergue de Avilés, y de su interlocutor, el de la voz increíblemente grave. La credencial de aquel albergue era, precisamente, un puñado de estrellas fugaces, paralelas y con su estela tras de sí.

La Senda Estelar.

Senda Estelar 381

 

Leer andando me ha dejado sin aliento, y la conversación deriva hacia la historia oculta y la desidia de la gente que nos rodea, tan ensimismados en lo que llaman vida real que no se paran un momento a hacerse preguntas, no cuestionan nada, no piensan más que en ganarse la vida, como si la vida no se hubiese ganado ya de pleno derecho al atravesar la vagina de nuestra madre y nacer. Hay pasos necesarios de dar, hacia el despertar, hacia un nivel de comprensión mayor al que ya habita en cada ser. Y hablamos de ello mientras en el cielo se dibujan dobles arcoíris, de fondo el negro de la tormenta. Las aldeas están dormidas, solamente algún que otro perro muerde la vida, el sonido de los arroyos y de las vieiras escondidas por todas partes.

Nos encontramos con una vinca y empiezo a hablar del Gran Viaje, una travesía iniciática que empezaría en Argentina, con un coche de segunda mano que sería más tarde abandonado, al sur en la frontera que no es frontera con Chile, y luego el ascenso hacia el norte por la costa pacífica, el Perú, Ecuador, un retiro definitivo de la vida convencional. De RUPTURA. Lo digo con toda la intención de los soñadores. Esa misma que, a veces, no es más que una trampa.

 

Hay una larga pared antes de llegar a Tapia de Casariego, hacia donde nos conducimos confundidos de camino a causa de la conversación. Sobre ella se puede leer con grandes letras blancas una vehemente negación a la minería: VACAS SÍ, ORO NO.

Senda Estelar 384

Más adelante nos encontramos con los acantilados ocres, medio desmenuzados, junto a los cuales María habla por teléfono con su madre. Uno de sus comentarios la hará pensar en lo que la espera en casa, y así se le agria el resto del día, contaminando su entrada a Galicia tras casi un año fuera.

Vamos rodeando las playas de Tapia, en un embrollo de callejuelas cruzadas, hasta llegar al campo de fútbol, en donde terminamos por volver a la carretera nacional. Un cartel indica que solamente faltan 229 km para llegar a Santiago, y fugazmente pienso que en realidad no quiero llegar. Que quiero seguir en el camino. Que así se está bien, a pesar de las rutinas tediosas. Siempre en camino, siempre en la carretera.

Senda Estelar 388

Pinos, casas abandonadas, flechas amarillas y coches. Tras un vasto empalago de autovía, atravesamos un pueblo llamado Figueras, el último antes de llegar a Galicia. En su escudo de armas veo una cabeza de lobo cortada y sangrante.

Senda Estelar 391

Estamos cerca del puente, y de pronto llegamos. Sin embargo, mis pasos sobre el Eo no me hacen sentir nada. No hay fronteras, no hay nada que diferencie una orilla de la otra, la tierra es la misma en todas partes, sin dueño, y todo lo que el ser humano ha plasmado sobre los mapas no es más que una ilusión estúpida y absurda de control. Al otro lado, Ribadeo cuelga sobre la ría de una forma que me recuerda a Suances (Cantabria). Como no encontramos el albergue, acabamos entrando en el pueblo. Es mediodía de domingo, y en los bares hay un ambiente de fiesta que, sin embargo, no soy capaz de aprehender para mí. María sigue ensimismada, y la caña es rápida y triste. Volviendo al albergue, enfadado por la actitud de mi compañera de pasos, que creo infantil e injusta, la dejo atrás, un niño enfadado porque las cosas no son como se esperaba.

Senda Estelar 392

Allí ya está Jordi, y poco después llega Max. Sigo enfadado un rato, pero luego hago las paces con María, aceptando la premisa de que soy brusco hablando, algo que no veo como defecto sino como virtud. Luego leo a Nietzsche, jugando a confundirlo con Freud, como en aquel libro que leí tiempo atrás, El día que lloró Nietzsche. Absurdos ejercicios pseudointelectuales.

La tarde se desploma como un acantilado reblandecido por el paso de las mareas.

 

Nos tomamos un café aburrido en una cafetería-lounge con una desquiciante atmósfera musical. Max hace el tonto mientras anda, convertido en poco más que un chiquillo, lo que en el fondo es a sus veintitrés años. Más tarde volvemos al centro, hablando de Chechenia, vemos fútbol, vemos la predicción del tiempo, vemos libros. Hay una feria de artesanía con música de gaiteros, que logra emocionarme aunque a Max lo aburra. Compramos pan con pasas, pero pronto caemos de nuevo en cierto tedio.

De vuelta en el albergue, conocemos a Chris, un inglés de unos cincuenta años con un piercing en la ceja y que vuelve ya de Santiago. Se dirige a Santander, en donde tomará el ferry al sur de Inglaterra.

Muy de noche, llegan cinco ruidosos gallegos.

Senda Estelar 393

Y hasta la noche muere.

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Un comentario en “7 de diciembre; A CARIDÁ – RIBADEO

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